OPINIONES
Enero 4, 2007

Pasándola bien bajo el brillo del poder

Por Miguel Saludes

Todos los años van a Cuba. A veces son convidados a algún evento especial. Otras simplemente porque tienen alguna misión que cumplir, sea esta de carácter espiritual o de trabajo. Otros nada más llegan para disfrutar de las bondades turísticas que la Isla ofrece a los foráneos y a muy pocos de los que la habitan. Al final, de alguna forma, dejarán plasmadas sus impresiones a favor del sistema que rige en el país, criterios que la propaganda oficial utilizará profusamente para su beneficio. Estos visitantes conforman el grupo nada despreciable de los admiradores del poder absoluto. Muchos brillan con luz propia en el mundo de las libertades.

Los ilustres huéspedes coinciden en expresar la gran admiración que sienten por la personalidad del octogenario comandante y la revolución que dirige, pero lo que tal vez se anide en el fondo de ese sentimentalismo es la misteriosa devoción que profesan los hombres hacia el ejercicio de una autoridad desbordada a la que muy pocos tienen posibilidad de acceder. Parafraseando aquella frase aparecida en la prensa perestroikista de la década prodigiosa de los ochenta- todo poder corrompe pero el poder absoluto corrompe absolutamente- se puede agregar que el poder gusta a todos pero el despótico resulta perturbador hasta el deslumbre, incluso para quienes lo padecen. Recientemente se dieron cita el mayor número de estos simpatizantes de las dictaduras de izquierda cuando acudieron a La Habana invitadas por la fundación Guayasamín para estar presentes en los festejos por el cumpleaños ochenta del dictador.

De los visitantes que menudean por la Isla manifestando su apego hacia el régimen cubano a través de la prensa oficial, aunque en algunos casos después lo nieguen, no faltan connotadas figuras internacionales. Una muestra de esa extraña atracción que provoca en determinadas personalidades la dictadura más perseverante del continente americano es el trío compuesto por Gérard Depardieu, actor célebre del cine francés, Ken Livingstone, alcalde de Londres y Gore Vidal un famoso escritor norteamericano, de cuyas obras los cubanos apenas han visto publicada una. Los tres se han destacado en los ámbitos del arte, la escritura y la política, algo que han logrado hacer respectivamente dentro de sociedades donde prevalece la democracia, con todos sus defectos.

Para Gérard Depardieu el gobernante Castro constituye la personificación de una gran idea. Según su opinión ese concepto es mucho más importante que el hombre mismo. Es notorio que el actor galo emitiera tal juicio acompañado por los empresarios franceses Roger Lannier, Michel Reybier y Gérard Bourgoin, quienes según el periódico Granma, mantienen una sostenida relación comercial con Cuba. Es difícil saber donde empalman nociones tan idealistas y el pragmatismo del negocio. Según confesó Depardiu esta es su decimoquinta estancia en la Mayor de las Antillas donde afirma que siempre descubre fuentes nuevas. Habría que preguntarle al protagonista del Jean Valjean de los Miserables cuál de esos surtidores por él descubiertos emana la justicia capaz de aliviar el escarnio que sufren los tienen un pensamiento diferente al que impone el gobierno.

Por su parte el señor Ken Livingstone, alcalde de Londres, después de alabar a la Revolución cubana, calificando a Fidel Castro como uno de los más grandes hombres del siglo veinte, destacó los logros del sistema cubano en materia de educación y de salud pública, a pesar del bloqueo "increíble e ilegal" mantenido por Estados Unidos. Al señor Livingstone le escuece que Cuba, con la quinta parte de la población total de Gran Bretaña, haya obtenido la misma cantidad de medallas doradas que el país europeo en la pasada Olimpiada del 2004. El señor Livingstone quiere saber como hace el gobierno cubano para lograr semejante desempeño, tal vez con el propósito de aplicar la fórmula en los juegos de verano que Londres organizará dentro de seis años. No tiene que indagar mucho el alcalde inglés para saber que todo el secreto se encuentra en el ejercicio arbitrario del poder, siendo preferible que sus compatriotas queden sin medallas antes que a cambio entreguen sus destinos a los designios de un obseso del uso de facultades ilimitadas para mandar en sus vidas.

El último miembro de este triunvirato de incondicionales del régimen de La Habana es Gore Vidal, autor de la novela histórica Burr, quien al referirse al gobierno de su país manifestó que Norteamérica vive bajo una dictadura. Para llegar a esa conclusión, el escritor dijo que en Estados Unidos se ha suprimido el habeas corpus, se atenta contra los derechos de las personas y se echan a un saco roto las bases legales de la Carta Magna. El escritor hizo estas declaraciones acompañado de los sensores del socialismo caribeño, mientras participaba en un homenaje a John Lennon. Frente a la estatua del "asesinado activista por la paz"- título que recibe ahora el ex Beatle en los medios cubanos- Vidal se calificó como el último buen americano, preocupado por defender la ética y la historia de su país, así como por la recuperación de la decencia y el respeto nacional. ¿Ignora acaso que los males de que acusa a su gobierno son los que desde hace cuatro décadas imperan en la isla antillana? Allí la propia Legislación socialista ha sido pisoteada por sus creadores para negarle al pueblo la solicitud de un referéndum constitucional nombrado Proyecto Varela. Centenares de hombres han sido fusilados, perseguidos, acusados en juicios sumarios y encarcelados por el único motivo de disentir. No existe libertad de expresión ni de información. ¿Qué calificativos usaría el señor Vidal, que asevera ser un hombre que llama las cosas por su nombre, para definir esta situación?

Parece que a Gore Vidal las musas no le tienen en cuenta desde hace un tiempo considerable. Esa cuestión parece no incomodarle. En cambio dice tener una gran preocupación por la actitud de los que gobiernan en su nación. Coincidencia de inquietudes tienen los que padecen el control totalitario del gobierno cubano y además tienen que soportar juicios emitidos de manera tan irresponsable sobre el mal que les oprime.

A una pregunta de un periodista sobre el por qué Cuba era centro de su atención en estos precisos momentos, Gore dio una respuesta breve pero bastante esclarecedora sobre las razones que asisten a estos aduladores de los poderes terrenales ajenos y que es válida para buena parte de los amigos del castrismo, huéspedes venidos del mundo capitalista y recibidos con todo tipo de consideraciones por la cúpula gobernante. "La estoy pasando bien." Mimados de la fama, con dinero suficiente y el disfrute de amplias libertades, solo les falta codearse con el poder que deslumbra, el mismo que a otros deja sin vista y sin vida. Eso poco les importa si al final siempre la pasan bien.

 

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