Del libro inédito "Corto cuento contra Castro (memorias de un periodista desterrado)", donde el autor reúne la mayor cantidad de información recogida hasta el momento sobre el Movimiento Cubano de Periodismo Independiente, que él prefiere llamar libre, y desde que se inició hasta que lo desterraron.

Julio San Francisco fue cofundador y codirector de Habana Press. Le tocó el privilegio de ser el periodista que reportó desde Cuba la caída en La Habana de octavillas lanzadas por Hermanos Al Rescate, la única reunión clandestina del Consejo Nacional Coordinador de Concilio Cubano y el juicio de Leonel Morejón Almagro, entre muchas otras.

Tiene escritos, además, "Nada y otros cuentos del absurdo", "De cuando yo fui poeta de versos libres en Madrid" y "20 mil palabras de viaje substantivo (crónicas del mismo periodista desterrado)".

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Otros textos del autor:

Los cinco grupos de periodistas oficiales cubanos

Julio San Francisco Martínez García

El sábado 13 de enero de 1996 había sido un sábado fructífero. Solano y yo, en la oficina de Habana – Press habíamos discutido, durante casi dos horas, con un matrimonio de profesores de Literatura los términos en que colaborarían con nuestra agencia. El acuerdo era concreto: entregarían, semanalmente, un comentario crítico bien documentado acerca de un libro editado en Cuba que estuviera recibiendo toda la andanada de promoción por todos los medios del país a la que nos tenía acostumbrados la política cultural cubana, dirigida siempre a ensalzar a sus autores incondicionales quienes, a su vez, ensalzan la supuesta perfección de la realidad cubana. La colaboración de estos expertos en Literatura consistiría en demostrar la falsedad intrínseca del llamado realismo socialista que, consiste, como en las peores películas policíacas, en dividir a los personajes en la única división posible –pero no en el cine- en el socialismo: en buenos, totalmente buenos, los comunistas, y en malos, totalmente malos, los anticomunistas. No hay caracterizaciones psicológicas. No hay contradicciones internas, no hay dudas recurrentes, no hay momentos de debilidad en los buenos, por supuesto. Estos atributos están reservados exclusivamente a los malos. De este encuentro, saldría la sección cultural de Habana – Press. Por ahí empezaríamos. Por demostrar que la verdaderamente falsa literatura a gran escala la engendró el lenin-stalinismo y que, en Cuba, el fidelísimo la convirtió en uno de sus soportes ideológicos, como es de suponer. Los profesores no cobrarían nada por sus comentarios semanales, pero establecían una condición: publicar sus textos bajo seudónimos. Lo aceptamos. Contentos todos, los despedimos, y Solano y yo nos quedamos conversando sobre el asunto en la mesa circular de cristal que siempre utilizamos, la misma mesa donde nos fotografió el colega Roberto Fabricio, cuando por la Sociedad Interamericana de Prensa, viajó a La Habana.

- ¡Hermano, ya tenemos equipo cultural! –dijo uno de los dos, y chocamos las palmas de las manos.

Salimos a la casa de al lado a reunirnos con Joaquín, que todavía no era miembro de Habana – Press, y a contarle los grandes logros de aquellas grandes negociaciones. Ya en el portal vimos que una mujer, la profesora de Literatura, se acercaba a nosotros gritando "Están cayendo papeles del cielo, están cayendo papeles del cielo, miren, miren".

Yo pensé Dios nos habría escrito por lo de esta tarde y, como si fuera una fiesta, los cuatro nos dirigimos hacia la esquina de la calle donde dos o tres personas esperaban lo que llegaba cayendo y lo recogían con entusiasmo. No pasó mucho tiempo - 3 ó 5 minutos – para que pudiéramos tener una preciosa colección de ocho octavillas, como de 15 centímetros de largo por 5 de ancho, escritas por el anverso con letras rojas como de 26 puntos con consignas anticastristas, y por el reverso con letras negras como de 8 puntos con artículos de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre.

Tampoco tuvo que pasar mucho tiempo para que, creo que todos, nos diéramos cuenta de que nada de fiesta. Éramos testigos y, probablemente reporteros, de algo que, según el curso de los acontecimientos podría ser incluso muy grave para nuestras vidas. Lo sé por la forma en que Solano y yo nos miramos sin decir ni una palabra. Después de conversar brevemente con los pocos vecinos, regresamos a la oficina de Habana – Press con las ocho octavillas. Serían entre las 2 y las 3 de la tarde. Ya en la oficina nos miramos nuevamente. Miramos el teléfono que ya era como un hermano de lucha o como de la familia. Precisamente aquel teléfono que tanto había utilizado me causaba ahora una sensación de espanto irresistible, me subía el escroto a la garganta y, encima de todo esto, tenía muy poco tiempo para analizar y decidir. Creo que supe aprovecharlo.

- Solano -le dije al Director de Habana – Press- no sabemos ni quién está tirando estos papeles, pero sí sé dos cosas: si lanzamos esta noticia y esto termina en revuelta popular nos fusilan esta noche sumariamente, y si no la lanzamos, "recoge y vamos" que Habana – Press perdió su razón de existir.

- ¡Timba con trampa! –exclamó Solano haciendo uso de una expresión muy habitual suya en momentos de peligro.

-¡Carajo! – pensé – los que lanzaron estos papeles ya tienen que estar derribados. Yo no soy un héroe. De momento, no tengo delante el pelotón de fusilamiento y, tal vez, ni pase nada, así que la lanzo. Si pasa y vienen a fusilarme y me acobardo y pido perdón, ¿qué coño importa? si ya no podré borrar la noticia de la historia de Cuba. El escroto, por un momento, me regresó a entre las piernas. Con la ayuda de Solano y de Joaquín desplegué sobre la mesa las ocho octavillas, mientras me comunicaba con una emisora de Miami. No puedo precisar cuál, pero debe de haber sido La Cubanísima, Radio Mambí o CMQ, pues, como era sábado resultaba casi imposible comunicarse con Radio Martí, un problema que siempre confrontamos con esta excelente emisora los fines de semana.

Di la noticia con todo detalle obtenido hasta ese momento y, sobre todo, leyendo para los oyentes de Miami los textos que aparecían en cada una de las octavillas recolectadas como una de las mejores cosechas de mi vida. Inmediatamente le pasé el teléfono a Solano, que hizo un comentario sobre el asunto y, sin demora, el director de Habana – Press se lo pasó a Joaquín, y Joaquín a las dos o tres personas del barrio que se atrevieron a entrar a aquel lugar "maldito" aquella tarde.

La transmisión duraría unos 10 ó 15 minutos. Los suficientes para que Miami entrara en efervescencia patriótica y la parte de Cuba donde podía oírse sin interferencia la emisora elegida.

- Ya está –dije para mí, y, sin comprender aún por qué, salí nuevamente con Solano y los otros para la calle. Miré al cielo tan azul como mi cielo, no el de ellos, los castristas. Y todavía estaban cayendo octavillas desde sus alturas. ¡Cojone! –pensé- Todo Mayami se ha enterado de la noticia de las octavillas antes de que acabaran de caer. Somos los mejores. Abracé a Solano y a Joaquín, comentamos como durante una hora lo ocurrido y empezamos a esperar, primero, por el posible desenlace popular, y, después, por la noche siempre traicionera para nosotros en Cuba.

HOLLYWOOD CASTRISTA

Una joven y bella sirvienta vestida de militar, con grados de sargento segundo, toca a la puerta. La mandan a pasar. Sirve té a los asistentes que esperan por el general. Nadie se atreve a prepararse su infusión. Es la oficina del Jefe de la Seguridad del Estado cubana en el Cuartel General de La Habana conocido por Villa Maristas. En la sencillez de su decoración y la sofisticación de sus equipos radica lo macabro de este conocido antro cubano. Un escritorio, un combinado de teléfonos de distintos colores con innumerables líneas que no se sabe con quién comunican, un complejo equipo de informática, un archivo. En la pared, detrás de la butaca giratoria del general, una foto de Fidel Castro –ésa en la que aparece sobre una montaña con un fusil de mira telescópica y, portando en sus espaldas, una inmensa mochila- y, más pequeñas, una foto de Raúl Castro y otra del Capitán San Luis. El general llega con seis minutos de retraso acompañado de dos suboficiales. Los asistentes, el instructor Atencio y el mayor Aramís, se paran súbitamente, chocan sus talones y saludan militarmente. El general, sin hacer caso de las reverencias, se dirige a su giratoria, mientras los dos suboficiales ponen sobre el escritorio sendos dossiers, y se sientan a ambos lados de los otros. El general, con cara de gravedad, pero con la ecuanimidad que los caracteriza, mueve lentamente la butaca hacia un lado, hacia el otro. Intenta encender un puro. Se le apaga la fosforera. La cambia y lo intenta de nuevo y lo logra. Se dirige, al fin, a los impacientes asistentes:

- Como saben, aviones enemigos están violando nuestro espacio aéreo y están lanzando octavillas subversivas sobre nuestra ciudad. Ya teníamos información de que esto ocurriría y las fuerzas competentes tomarán las medidas correspondientes. Entretanto, ustedes, compañeros oficiales, deberán cumplir las siguientes órdenes inmediatas: La agencia Habana – Press acaba de reportar que están cayendo octavillas probablemente –dijeron- sobre todos los puntos de la capital, y que el pueblo las recoge con entusiasmo. De momento, tanto ustedes como nosotros, permaneceremos acuartelados en espera del desenlace de los acontecimientos. Primero: Habana – Press es un asunto de interés personal del Comandante. Segundo: Hay que destruir esa agencia que está causándonos problemas desde el primero de mayo del 95. Tercero: Aunque todas nuestras fuerzas están en máxima alerta, en caso de que se produzcan intentos populares de sublevación, la Junta Directiva de Habana – Press debe ser fusilada sumariamente esta madrugada frente a su oficina en El Caballo Blanco de San Miguel del Padrón. En caso de que no se produzcan, deben ser arrestados de inmediato Rafael Esteban Solano Morales, fundador y director de Habana – Press, y Julio San Francisco Martínez García, cofundador y subdirector. Martínez García acaba de dar la noticia de las octavillas y Solano Morales acaba de comentarla. Todo Mayami y parte de Cuba, principalmente de Pinar del Río, La Habana y Matanzas, sabe ya, por estos apátridas, lo que está ocurriendo. Martínez García ha reportado que el pueblo recibía las octavillas con alegría. Solano Morales ha comentado que la violación de nuestro sagrado espacio aéreo es un hecho patriótico. Ahí tienen los dossiers de estos dos sujetos. ¿Algo que preguntar?

- Nada –respondieron los oficiales- . A sus órdenes, general. Permiso para retirarnos.

- La operación ha comenzado. La reunión ha terminado. Pueden retirarse. Y recuerden. ¡Este es un asunto de interés del Comandante en Jefe!

La infusión de té quedó intacta en la tetera.

II

Las tres o las cuatro de la tarde, con la brisa de los primeros días de enero, era una buena hora para hablar -después de más de una hora de conversación sobre especulaciones acerca de quiénes habrían lanzado las octavillas, de aviones y noticias- de mujeres y de conquista sentados en el portal de la oficina de Habana- Press y, tal vez precisamente para soltar tensiones, de mujeres hablamos, como buenos cubanos al fin, después de despedir a Joaquín, que tenía la suya.

- Yo no sé tú, pero dar una noticia como la de hoy y no poder acostarse esta noche a contárselo a una mujer de la que estés enamorado le ronca los cojones- dije a Solano.

- A mí me pasa lo mismo, Julio- dijo Solano.

- Por cierto, ¡qué buena está esa Marilyn! Como tantas, se me fue de debajo de las piernas por comemierda. ¡Que papayazo debe de tener! La llamé ayer y nada, me dio el bate. Y pensar en la mata de pendejos negros y alambrados y en los pezones de seda china que debe de tener. Le ronca los cojones –dije frustrado.

- ¿No jodas que te planchó? – pregunto Solano incrédulo.

- Pues sí... El que se incorpore a la oposición y no tenga mujer de ley, que se olvide del batido de papaya, que nadie se arriesga a compartir esta suerte contigo si desde antes no existía un fuerte amor y, por cierto, si alguna se te acerca, ojo, que puede ser echada. Así que, hermano, paja, mucha paja... No es fácil. ¿y la china?- le pregunté.

- Le pasé la cuenta, le pase un cuentazo – me contestó, y dirigiéndose a la madre, dijo "Nila, manda a buscar una botella de ron que esto hay que celebrarlo".

- Nila –dije yo- no mandes a buscar ninguna botella de ron que es muy pronto para celebraciones.

- Que sí –insistió Solano.

- Que no, Solano, que no, te digo que no. Que te hagas una paja mental con el palo de la china, coño. Si vienen a buscarnos por lo menos que no pasen trabajo cargándonos como sacos.

- ¡Está bien, está bien! –aceptó Solano- . No me jodas más, y calló y se puso triste.

- Tampoco es para tanto. No tienes que ponerte así –le dije.

- Es por el perro, por Nazareno, se me fue Nazareno –dijo.

- Se hizo lo que se pudo –dije –. El golpe fue muy fuerte.

- Maldito tractor –dijo.

Así, de forma tan rutinaria, pasamos toda la tarde esperando en el fondo de nuestras conciencias, como el protagonista del cuento Asesinos, que vinieran a buscarnos, que se cumpliera lo ineluctable.

- Oye, voy a acostarme, me siento muy agotado – dije.

- Yo también – me respondió Solano, y nos acostamos, el director de Habana-Press en su cama del primer cuarto de su casa, y el subdirector en el pinpanpun que noche a noche extendía sobre la sala.

Transcurrió toda la tarde. Por la noche entro una llamada de José Basulto, el jefe de Hermanos Al Rescate. Solano la recibió y, confirmamos entonces nuestra sospecha inicial: que los héroes habían sido los pilotos de esta organización pacifista radicada en Miami que se dedica a salvar balseros en el Estrecho de La Florida. Basulto, en su nombre y en nombre de Hermanos Al Rescate, nos felicitó. Supimos que los intrépidos estaban vivos y, desde luego, esto nos permitió terminar el día más satisfechos.

No pasó nada más. De todos modos, no sé los otros, pero yo me acosté sobresaltado, casi no pude dormir, aunque, increíblemente, no tuve pesadillas. El sábado 13 de enero de 1996 había sido un sábado fructífero.

III

La mañana del domingo 14 fue apacible. La Habana entregaba lo único que materialmente tiene, su clima y su brisa, entre casas apuntaladas, calles llenas de baches, comercios sin carteles lumínicos y empolvadas vidrieras vacías. Los habaneros, en medio de la lucha por la sobrevivencia desde el fondo de la miseria, se darían ese día un gran lujo, comentar un día siguiente, lo que ocurrió un día anterior. Ese lujo eran las octavillas que, aunque la policía y sus adeptos se esforzaron en acaparar, muchos las habían cogido y las habían guardado. Como en todos los desayunos habaneros, no había mantequilla, pero había octavillas para aderezar el duro pan, o pancito, que oferta el gobierno por la tarjeta de racionamiento o la "libreta", con una conversación en la cual se pudiera decir que había pasado algo. Aquella mañana ninguno de los habitantes de La Habana, que descorchada y destartalada, da aunque sea permiso para que veamos detrás de sus 40 años de maltrato el encanto de quien debió de ser una bella dama cuando joven, elegante y con buena clase, pronunció la cotidianísima frase "No pasa nada" ni la no menos cotidianísima "No es fácil". Las octavillas eran pan caliente y sabroso para los citadinos. El paladar de la Seguridad del Estado, contrariamente, estaba quemado y amargado por esa ración de novedad espectacular anticastrista y los perros husmeaban en las calles.

- ¡Qué nochecita hemos pasado por esos hijos de puta –dijo el instructor Atencio al mayor Aramís mientras se desplazaban en uno de sus ladas blancos de chapa amarilla de Villa Maristas a la Unidad de Policía de San Miguel del Padrón, muy cerca de la oficina de Habana – Press.

- Sí, pero la van a pagar –respondió el acanelado y joven Aramís.

- Todo está listo, ¿no? –preguntó Atencio confirmando.

- Todo –respondió Aramís.

- Entonces, a esperar hasta las 12 horas – dijo Atencio.

- Sí –dijo Aramís. A esperar.

IV

Solano y yo nos habíamos levantado como a las 8 o las 9 con el sonido de la primera llamada que entró de Belkis Rodríguez, nuestra representante en Puerto Rico, preguntándonos que repercusión estaba teniendo en La Habana la noticia de las octavillas y como estábamos Solano y yo y "los muchachos de Habana –Press". También hablamos con su esposo, el también amigo abogado Sergio Ramos, y con Luis Alberto Ramírez. Desde esa hora, de Miami también empezamos a recibir llamadas de casi todas las emisoras. Tanto el Director de la agencia como yo, hicimos siempre el mismo comentario. "La repercusión ha sido increíble, la gente saltaba a cazarlas en el aire, excepto la policía, el resto las recogía con entusiasmo".

Sólo hubo algo curioso. Ese domingo nadie nos visitó. Y los comentarios, caracterizados por el característico gracejo cubano "si llegan a tirar un millón de dólares en billetes de a uno, tumban a Fidel. ¡Hasta la policía le hubiera 'vendido'!"

Aunque esto entraría ya en el género de la ficción y lo fantástico, yo personalmente hubiera tirado ese millón de dólares. Habrían resaltado dos cosas: la triste miseria en que vivimos los cubanos y la podrida moral de los que, a nivel de calle, apoyan al sistema. Pero, digo, esto lo permite la Literatura, no la Historia.

Ya, como a la una de la tarde, alguien pensó, no sé si Solano o yo, en hablar con Raúl Rivero. Uno de los dos lo llamó, le preguntó si estaría en su casa, dijo que sí y le comunicamos que iríamos a verlo para intercambiar impresiones sobre las octavillas. Raúl aseguró que nos esperaría. Igual hicimos con José Rivero, quien también nos esperaría, pero éste en su apartamento de Alamar.

Empezamos a prepararnos para salir inmediatamente. Solano, con su habitual descuido en asuntos de indumentaria que yo siempre tanto le he criticado, y yo con lo poco que me quedaba, con lo que no había tenido que vender para comer, una camisa de mezclilla, de mangas largas, con tapas en los bolsillos y tiras en forma de charretera (mi mejor camisa), un vaquero y unos botines de piel y punta redonda, tacón bajito y cremallera. Me perfumé, cogí las 8 octavillas y me las metí en el bolsillo de la camisa.

Bien duchados y mal vestidos, subimos al lada combi verde claro de Solano que estaba, como siempre, parqueado dentro del portal de su casa, el carro que el director de Habana-Press había comprado con parte del dinero del Premio Rey de España de Periodismo y que cuando ocurriera algo dejaría a su sobrino.

Llegamos al apartamento de Raúl Rivero. El poeta nos recibió con entusiasmo y yo, casi inmediatamente, le dije: "Traje las octavillas que recolectamos, mira" y empecé a desplegarlas sobre la circular mesa de cristal de la sala. Los tres las leímos con el mismo interés del buen estudiante empecinado en aprender una lección de tiempos verbales. Los tres coincidimos en que el lanzamiento de las octavillas había sido una operación casi suicida, en que habían caído en casi todos los puntos de La Habana, en que la población las recogía con interés y entusiasmo y en que la policía política tenía que estar comiéndose las uñas.

Vistas las octavillas, Raúl me dijo que esperaba una llamada de Radio Martí. No jodas, le dije, y me senté en la mesa a redactar una crónica sobre los hechos. En cuestión de minutos estaba terminada, se trataba de una simple página escrita con mi elegante caligrafía. En cuestión de minutos entraba la llamada, y entró. Raúl habló de asuntos de su interés con su interlocutor, creo que podría ser un tal Iván, y rápidamente me pasó el teléfono. Yo pedí al periodista que preparara las condiciones para grabar una crónica de una cuartilla sobre las octavillas en La Habana. Enseguida estaba grabando y, grabado, me despedí de la emisora y guardé el papel en el bolsillo derecho de mi camisa.

- Completamos la misión, dije a Solano.

Nos despedimos, ahora más contentos, de Raúl y, sin demora, nos dirigimos hacia Alamar, hacia el apartamento de José Rivero. En el camino me di cuenta de que las ocho octavillas se me habían quedado sobre la mesa del poeta junto a su libro Escribo de Memoria.

V

En dos bien montadas oficinas operativas de Villa Maristas no estaban tan contentos.

En una se daba parte de que Julio Martínezzz-Garciaaa acababa de grabar otro despacho noticioso sobre las octavillas, esta vez para Radio Martí, desde el teléfono de Raúl Rivero, al tiempo que se le pasaba al jefe la transcripción de la crónica que iría a engrosar mi dossier de contrarrevolucionario.

En la otra, el trabajo era menos intelectual, el lenguaje más inteligible:

- Atención, atención unidad K, atención, atención unidad K.

- Aquí, unidad K. Cambio.

- El objetivo acaba de pasar la rotonda de Alamar. Se trata de un lada combi verde, con matricula H M – 49-09, repito, H M – 49-09, conducido por un ciudadano nombrado Rafael Esteban Solano Morales, dicho ciudadano está acompañado del ciudadano Julio San Francisco Martínez García. Son sujetos altamente peligrosos. En ningún caso, utilizar armas de fuego, ni propinar golpes. Si hacen resistencia al arresto, reducirlos técnicamente y esposarlos. En breve estarán en el punto 3. Cambio.

- Aquí, unidad K. Recibido. Cambio.

- Oka. Esperen órdenes. Cambio.

- Aquí, unidad K. Recibido.

VI

La visita a José Rivero fue igual que a Raúl Rivero. Hablamos de lo mismo y coincidimos en todo, pero salimos preocupados de su apartamento, no por la realidad que estábamos viviendo, sino porque encontramos a José muy delgado, y nos contó que afrontaba problemas de salud, que padecía diabetes y que tenía que mantenerse sometido a un riguroso tratamiento.

- Yo no sé, Solano –le dije –pero no creo que José pueda soportar el rigor de esta lucha. Cuando trabajaba en Trabajadores era un hombre casi obeso y, ahora, está más flaco que yo, que ya es mucho decir.

- De momento, no te preocupes –me respondió Solano –vive con su familia y se cuida bien. Lo malo sería que cayera en la cárcel, pero no creas que tú estás mejor, pelandrujo. Tú no resistes ni fuera de la cárcel. Tienes los días contados, cuatro o cinco si no vas hoy mismo a un palero o te haces una buena limpieza con una buena espiritista.

- El palero no me interesa –le dije -. Si conoces a una espiritista que esté buena, que tenga de 24 a 28 años, que sea espiritual y que se le pueda echar un buen palo, voy esta misma noche a que me cure.

- La conozco –me dijo Solano.

- Pues me curo esta noche con un palo, o dos, para empezar –le dije.

- A ti ya no se te para ni si resucitara especialmente para ti Marilyn Monroo.

- Coño, dale suave, Maestro, que estás rayando las velocidades y no me estás enseñando nada al volante.

- No te preocupes, que llegamos, no digo yo si llegamos aunque sea sin caja de velocidades. Esto es un Dragón. No necesita más que un tipo que le de látigo y llega a la luna echando fuego; pa' eso lo compré con el dinero del Rey.

- A la mierda es adonde vamos a llegar, si sigues conduciendo sí.

VII

- Atención unidad K. Atención unidad K.

- Aquí, unidad K. Cambio.

- El objetivo se encuentra en el punto 3. Cambio.

- Aquí, unidad K. Recibido. Todo el dispositivo listo. Cambio.

VIII

- ¿Y no me dirás que no estoy elegante? –digo a Solano

- No me jodas más con lo de la elegancia –me dice Solano

- Que hay que ser elegante, cojones, que hay que ser elegante. Es un asunto, en primer lugar de deber con uno mismo y en segundo lugar de deber con los demás. Acaba de entender esta mariconada o como quieras llamarlo, –digo a Solano.

- Cuando Cuba sea libre seré elegante, para que te calles, ¿bien? –me dice Solano.

IX

- Atención, unidad K. El objetivo está en el punto 1 y entra en el punto 0. Procedan. Cambio.

- Aquí, unidad K. Positivo. Cambio.

X

- ...y a pesar de toda tu filosofía, yo voy ensayándolo ya para cuando Cuba sea libre. Seré el tipo más elegante de la prensa cubana. Ya te veré copiando el ¡estilo inigualable, el estilo Julio Martínez, el estilo del buen vestir, del buen portar, del buen estar. El estilo Julio Martínez, su estilo!

- Tienes buena voz para publicidad, pelandrujo, pero tengo que educártela.

Ya en la Rotonda de Cojímar, Solano y yo, a dúo, detectamos las dos perseguidoras. No recuerdo quién pronunció la primera frase, pero recuerdo que pensé "debe de ser una cuestión de rutina".

- Mira –dijo Solano.

- Vamos a ver si detienen al carro que va delante –dije.

No lo detuvieron.

- Bien. Pues es de rutina o es para nosotros –dijo Solano.

No tuvimos que esperar nada. A menos de 50 metros salían tres policías hacia el medio de la calle y nos daban órdenes, no señales, de que nos detuviéramos.

- Pues, es para nosotros –comentamos a dúo, y nos detuvimos.

Dentro del carro aún, nos pidieron los carnes de identidad. Apenas los miraron.

- ¡Bájense! –gritó un negro flaco y alto -¡Bájense con las manos en alto!, ¡Rápido, rápido!

Nos bajamos. Nos empujaron y nos tiraron contra las perseguidoras. A Solano por un lado, a mí por el otro. Apoyados contra los vehículos y de espaldas a los policías, nos abrieron las piernas a golpes de botas militares (yo creía que me rajaría por la mitad) y nos cachearon.

El que parecía de los tres ser el jefe dijo "Aquí, unidad K. Objetivo cumplido. Cambio" y, alejándose de nosotros, continuó hablando por esa porquería de aparato. Regresó casi inmediatamente.

- Espósenlos y métanlos en los carros.

Nos esposaron, con una sola esposa, uno de cuyos extremos acerrojaba la mano izquierda de Solano y, el otro, la derecha mía. Otro empujoncito y caímos en el asiento trasero de una de las dos perseguidoras. Cerraron las puertas. Volvieron a hablar por el aparato de mierda e hicieron algunas anotaciones en una carpeta de mierda.

- Parece que vamos pal' tanque –dijo Solano lacónicamente.

Yo no fui menos escueto.

- Eso parece, Solano –le respondí y me percaté de que llevaba en el bolsillo derecho de mi camisa de mezclilla la crónica de mi puño y letra que había grabado, tal vez una hora antes, para Radio Martí desde el apartamento de Raúl Rivero. Esa crónica no constituiría una prueba más contundente contra mí que todo lo que ya tenía la Seguridad del Estado, pero me jodía profundamente que se dieran el gusto de ocupármela arriba. Miré al policía, que ya estaba al volante, miré el espejo retrovisor, miré hacia los dos que afuera continuaban con sus anotaciones y su cuchicheo. Todos parecían entretenidos. Consagrados a su infamia. Con el codo izquierdo empujé suavemente la puerta de mi costado esperanzado en que cediera aunque fuera un milímetro para situar el papel de modo que, al abrirse dicha puerta, la crónica pudiera caer al suelo y, con buena suerte para ella y para mí, no ser vista. La puerta no cedió. ¡Qué imbécil! –pensé –pensar que la puerta de un carro patrullero puede ceder ante el débil codo de un periodista cuya única fuerza podría estar únicamente en la cabeza. Miré nuevamente al chofer, al espejo y a los de afuera. Seguían entretenidos. Saqué la crónica del bolsillo con la intención de metérmela en los huevos y, ya pasada la mano izquierda del cinturón hacia abajo con la cuartilla caligrafiada, se oyó la voz de uno de los policías.

- ¿Qué escondes, gusano de mierda? ¡Sácalo, sácalo¡

Tuve que sacar mi papel y entregárselo a los esbirros. Fue éste el peor momento de esta historia porque carecía de cualquier posibilidad de encanto. El chofer se levantó y salió. Los tres, con el mismo interés que un adolescente lee un cuento de terror, se encimaron sobre el blanco papel y devoraron su breve contenido. Como si aquellas 20 ó 25 líneas estuvieran cargadas de dinamita, el que parecía el jefe gritó:

- ¿Así que esos papeles planeaban como golondrinas plateadas sobre el cielo de La Habana, gusano de mierda? ¡Bájense!

Inmediatamente uno de los subalternos nos arrancaba del asiento de la perseguidora y zafaba las esposas, mientras el otro sacaba otro par. En poco tiempo Solano y yo quedábamos nuevamente esposados, pero esta vez con las manos a las espaldas y separados. Cambiado el guión cuando descubrieron el papel, actuaron con tanta urgencia como si hubieran encontrado a un asesino. Se comunicaron nuevamente. Seguramente recibieron nuevas órdenes. Llegó una tercera perseguidora con dos hombres más. A Solano lo metieron en la primera, a mí en la segunda, y la tercera, que estaba al final, pasó al principio, conducida por el que parecía el jefe. La caravana se puso en marcha.

- ¿A dónde coño nos llevarán? –pensé, y durante todo el viaje mantuve la cabeza pegada al cristal de la ventanilla con la esperanza de que algún conocido me viera, me reconociera, notara que habíamos sido arrestados y se decidiera a informarlo a alguien, -tenían que darse muchas coincidencias para nuestra buena suerte en una tarde que no parecía ofrecer otra que mala-, pues en la Rotonda de Cojímar era poco probable que algún ser no supusiera que se trataba de un común arresto de comunes delincuentes. En poco tiempo identifiqué a La Virgen del Camino y, de ahí, entramos en la Calzada de Güines, por donde llegamos a la Unidad de Policía de San Miguel del Padrón, en cuyo lobby gris fuimos depositados como perros callejeros que recoge un carromataperros para internarlos donde no valen nada.

- Aquí tendrán que esperar porque lleguen los oficiales de Villa Maristas que se encargarán de ustedes –dijo el que parecía el jefe, y, sin nadie que nos despidiera ni nos recibiera, los tres policías se marcharon.

El carro de Solano, que había sido conducido hasta allí por uno de los dos policías que llegaron en la última perseguidora, corrió mejor suerte porque, aunque sea, no tuvo que entrar en la unidad de policía. Serían las 3 y media de la tarde. Me dolían un poco los hombros y, sobre todo, las manos. No creo que mis padres, con la ayuda de Dios, las hayan hecho para llevar una prenda tan dura, poco pulida y tan brutal. Solano y yo, que fuimos puestos en bancos que quedaban frente a frente, separados por tres metros que demostraban la Teoría de la relatividad porque parecían 300, teníamos la orden de no hablar y no fumar. Sólo podíamos mirarnos y esperar a que llegaran los pastines del Cuartel General de la Policía Política. Un policía de la unidad, que por la mirada que le vi no nació para policía, nos pasó las esposas para adelante. Ahora, a esperar lo peor que es lo que siempre tiene que esperar la oposición en nuestra patria.

XI

La mejor representación de la peor Villa Maristas no tardó en llegar. Entraron con la baja estofa de un capataz bananero y pasaron por el pasillo, entre nosotros, sin mirarnos, con zancudo caminar dos oficiales, cada uno con su portafolio como si se tratara de apéndices de sus respectivos brazos y se dirigieron hacia el fondo, hacia la oficina del jefe de la unidad, del jefe de la "fiana" en nuestro municipio de sede social de la agencia Habana – Press. Regresaron inmediatamente.

- ¡Sube con nosotros! –le dijeron a Solano, quien los acompañó a un segundo piso, mientras yo pensaba qué le harán, cuánto demorará, qué ocurrirá y, finalmente, fantaseaba con la idea de que aunque sea, como en la Edad Media, han tenido en cuenta de que el jefe debe ser el primero en ser castigado. Como a la media hora, bajaron con Solano y repitieron la orden, esta vez espetada a mí: "Sube con nosotros". Me levanté. Cuidaron, como con Solano, que uno, el jefe, quedara delante, yo en el medio y el otro detrás. Iniciamos el ascenso de una escalera por la que se me ocurría que yo descendía hacia el infierno. Desembocamos en un amplio y oscuro pasillo de un oscuro y amplio piso que parecía una encrucijada por las vueltas que hubimos de dar y en el cual habría sólo una bombilla encendida a juzgar por un leve rayo de luz incandescente que se percibía. Llegamos a una puerta que abrió el jefe.

- ¡Entra! –gritó, y entré.

En la entrada había una alta butaca donde, ingenuamente, hice el ademán de sentarme. Un fuerte golpe seco entre los omóplatos me lanzó contra la pared sin que tuviera tiempo para poner a salvo aunque sea mi pálida cara. Ya en la realidad de la crueldad, me viré. El jefe esperaba el encuentro con mi mirada con su mano derecha extendida indicándome donde me correspondía sentarme. Era un pequeño pupitre de preescolar. No soy un hombre ni alto ni gordo, pero sentarme en aquel juguete macabro de la circunstancia, con las manos esposadas, me requirió todo el esfuerzo de quien empieza a practicar una asana yoga y como un reto zen lo asumí para reducirles al máximo el placer que esperarían sentir de semejante y pretendida humillación. La cabeza del que tenía al frente, el jefe, quedaba a mucha más altura que la mía. De momento, él parecía un gigante delante de mí. Vencer esta sensación fue lo más difícil, pero, aunque me sacaba como un metro de altura, hice el ejercicio mental de convertirlo paulatinamente en un enano inservible. Pensé "cada vez que hable una palabra se reduce una pulgada". El, que estaba al frente, y el otro, que estaba a un costado mío, me observaban con sádico placer sin imaginarse que el placer era mío. Que ellos tenían la fuerza de sentarme en un pupitre y yo la de convertirlos en liliputienses. Cuando hablaran, yo pensaría en las musarañas. Y el jefe no empezó a hablar, sino a gruñir:

- ¿Así que el enemigo viola nuestro espacio aéreo y tira papeluchos contrarrevolucionarios y tú dices que el pueblo los recibía con entusiasmo, gusano vendepatria? ¿Tú sabes cuántos niños hubieran podido morir en La Habana si hubiéramos tenido que dar la orden de disparar, contrarrevolucionario de mierda? ¿Cómo cojones sabías tú que esos papeles estaban cayendo sobre todos los puntos de la ciudad, escoria de prensa? ¿Tenían esto coordinado con tus hermanitos del rescate?

- Si me permite, le respondo todas esas preguntas.

- Tú no tienes nada que decir, gusano de mierda, vendepatria, contrarrevolucionario, escoria de mierda.

- Yo sí tengo que decir, sólo que Usted grita más que yo, tiene una makarov y no está esposado.

- Tú eres un gusano de mierda, un vendepatria de porquería, cuando hay todo un pueblo aquí que esta sacrificándose por esta revolución. ¡Y fíjate, de haber peligrado anoche la Seguridad del Estado, hubieras sido fusilado junto a tu amigote frente al muro de tu agencita, ¿sabes?! ¡Y fíjate, destruiremos Habana – Press aunque tengamos que desaparecerlos del mapa a todos, porque éste es un asunto del comandante en jefe, ¿sabes?! ¡Y fíjate, éste es tu expediente, aquí tenemos toda la mierda que has hablado, por ella podemos meterte de 8 a 10 años en el Combinado del Este! Has traspasado el límite, Julio Martínezzz-Garcíaaa. Tú no tienes nada que hacer en este pueblo de revolucionarios. Vete de este país, que te vas a pudrir en la cárcel si no te fusilamos antes. ¡Y fíjate, no quiero denuncitas por Radio Martí!

- Sobre eso, no les prometo nada.

- ¡Fuera!

Aramís, ocúpate de lo del carro –dijo el que rugía al otro que había permanecido callado todo el tiempo.

- Si, Luis Alberto –respondió Aramís, mientras yo, menos asustado ya, me consagraba al arte de salir del pupitre de preescolar.

- Una única cosa que quiero preguntarle, Luis Alberto, ¿por qué me ha hablado con tanto odio si es la primera vez que me ve?

- ¡Fuera!, y mañana a las cuatro te quiero aquí.

Violando ellos mismos el protocolo que ellos mismos habían establecido, salí yo primero, después Aramís y, por último, Luis Alberto, quien tiró un portazo que me indicaba claramente que su misión había sido un fracaso. Dejaba detrás un cubículo pintado de gris claro, de dos metros por dos metros cuadrados, con un altísimo techo del que pendía una bombilla incandescente de muy poco voltaje y llena de telaraña. Llegamos nuevamente al pasillo de entrada de la unidad donde permanecía Solano.

- ¡Esperen ahí! –gritó Luis Alberto, y me senté otra vez frente al Director de Habana – Press. El Luis Alberto y el Aramís, siguieron, como al principio, hacia el fondo del pasillo, regresaron inmediatamente y se fueron sin tener la amabilidad de dar, aunque sea, las "malas noches".

En mi cabeza le daba vueltas a tres preguntas ¿por qué nos cogieron en la Rotonda de Cojímar y no fueron a buscarnos a la oficina de Habana – Press? , ¿por qué utilizaron patrulleros de la policía en lugar de los habituales ladas de chapa amarilla o los carmelitosos del D.S.E.? y ¿qué coño ocurrirá mañana? En medio de estas disquisiciones, andaba pasando el tiempo y, como a las 12 de la noche, le dije a Solano "Oye, vamos a la carpeta a pedir que queremos hablar con el jefe de la unidad, a ver qué pasa". "Vamos" me respondió Solano, y nos levantamos.

- Mire –le dije al oficial de guardia -, nosotros no somos delincuentes, somos luchadores por los Derechos Humanos. Los que nos han traído aquí se han ido y no sabemos qué van a hacer con nosotros. Queremos hablar con el jefe de la unidad.

- Un momento –me respondió el oficial, y llamó por un intercomunicador.

En poco tiempo llegaba el jefe de la unidad que tenía grados de mayor.

- Pedimos hablar con Usted porque los que nos han traído se han ido y no sabemos qué van a hacer con nosotros.

El jefe de la unidad dio la orden de que nos quitaran las esposas.

- Como Usted sabe –le dije –nosotros no somos delincuentes. Somos luchadores por los Derechos Humanos y no entendemos por qué nos han traído aquí, ni hasta cuándo ni en qué condiciones nos van a tener. Así que...

- Este no es un asunto de la Policía –me interrumpió el mayor –Este es un asunto de la Seguridad del Estado –y, dirigiéndose a uno del coro de policías que se había estado formando junto a nosotros, dijo "Tráiganles sus pertenencias" y, otra vez a nosotros "Pueden irse".

Nos devolvieron los carnés de identidad y 10 ó 15 dólares que sumaba el dinero que nos habían ocupado a los dos. Yo me dirigí por última vez, ya no sólo al jefe de la unidad, sino a todo el grupo que se había acercado a nosotros.

- Mañana, a primera hora, denunciaremos por Radio Martí todo lo que nos han hecho. De esta unidad no tenemos quejas, pero la Seguridad del Estado nos ha maltratado de palabra, nos ha ofendido y nos ha torturado psicológicamente. Todo eso lo denunciaremos. Hasta mañana.

- Hasta mañana dijeron el jefe de la unidad y algunos policías.

- Hasta mañana, dijo Solano, salimos.

Ya en la calle, Solano y yo intercambiamos acerca de lo que nos habían dicho a cada uno. Lo mismo, en el caso suyo le habían advertido que tenía que dejar el carro para ser sometido a una inspección técnica y, sobre todo, que no se imaginara que porque era Premio Rey de España de Periodismo podría hacer lo que le diera la gana, que ellos no creían ni en figuras, ni en personalidades, ni en premios, ni en reconocimiento internacional, ni en un carajo, que en Cuba los que traspasaran el límite tenían solamente 5 opciones: fusilamiento, cárcel, destierro, manicomio o retractarse y que, si no lo creía, se acordara del Heberto Padilla o de Tania Díaz Castro o de María Elena Cruz Varela o del general Ochoa o del Bofill. "Aquí se va o se queda el que nosotros decidimos –le dijeron-, y tú eres un fuerte candidato a irte, así que mejor para ti si lo haces ya, pero ya".

- Perdiste el carro –le dije. Adáptate a la idea de que lo perdiste.

Fuimos caminando hasta El Caballo Blanco y, con la fortuna que teníamos, nos metimos en una paladar, pedimos dos buenos bisteques, nos tomamos 3 ó 4 cervezas y regresamos a su casa a hacer el cuento y a dormir, que teníamos que levantarnos temprano.

XII

Nos levantamos temprano. Llamamos a Radio Martí y a emisoras de Miami y denunciamos todo lo ocurrido que, ese mismo día, se oyó varias veces en toda Cuba. Empezaron a entrar llamadas de todos los puntos cardinales a la oficina de Habana – Press de amigos interesados en nuestra suerte.

Esperamos ansiosos hasta las 4 de la tarde. A las tres y media salimos para la unidad de policía. A las cuatro llegamos a la unidad de policía. Entramos hasta la carpeta y preguntamos si ya había llegado algún oficial de la Seguridad del Estado. Nos dijeron que no, pero salió un inspector de tránsito que, vestido de militar con grado de teniente y con una tablilla en mano, nos pidió que lo acompañáramos. Llegamos al carro.

- Mire –dijo a Solano -, su carro está inhabilitado para circular, y empezó a leer, ante los ojos tristes del Director de Habana – Press, una larga lista de requisitos técnicos que se incumplían en el pobre lada combi verde claro. Tiene que mantenerlo en garaje hasta que lo repare todo y someterlo, cuando nos avise, a una nueva inspección técnica. Le habían dado las llaves, pero le habían quitado la chapa. Solano acababa de perder su querido carro. No tenía dinero para hacerle todo lo que le exigían.

Esperamos una hora más por la llegada de la Seguridad del Estado y, visto y comprobado el hecho de que no habían sido puntuales esta vez, decidimos marcharnos. Subimos al carro. Arrancó, como en quinta, rumbo al garaje de una vecina, donde el verde de aquel carro prisionero se convertiría en el símbolo, o al menos en nuestro símbolo, de la esperanza.

- ¡Hijos de puta –me dijo Solano en el camino -,con la cantidad de carros que circulan en La Habana mucho más graves que el mío, hasta sin parabrisas.

- Sí, hermano, pero justamente por eso circulan y circularán, porque no son el tuyo.

El arriesgadísimo y trascendente hecho que reportamos, la violencia con que fuimos tratados –por primera vez unos periodistas eran esposados en Cuba en plena vía publica y en medio de un operativo militar montado especialmente para cazarlos-, las acusaciones con que nos increparon, las advertencias que nos hicieron y el aviso de que habíamos traspasado el límite nos dejaban muy claro que nuestra Habana – Press estaba clavando su lanza de palabras en el mismísimo hígado del gobierno cubano, que nuestra Habana – Press no podría coexistir por mucho tiempo más con la represiva realidad cubana y que nuestro destino, el de Solano, el de Peraza y el mío, estaba signado por el paredón, la cárcel o el destierro porque, a pesar de los pesares y no por falta de olfato periodístico, seguiríamos traspasando el límite que a la Seguridad del Estado le ha venido en gana decretar.

PUNTO Y SEGUIDO

En "INFORME 1997 -EXTRACTO- REPORTEROS SIN FRONTERAS" – Aubin Imprimeur, LIGUGE, POITIERS, Acheve d'imprimer en juin 1997, France", en la pagina 46, de las 10 dedicadas a la falta absoluta de libertad de prensa en Cuba, en la sección Las Américas, aparecen estos hechos así denunciados ante la opinión publica internacional por una organización de incuestionable objetividad y de toda credibilidad:

PERIODISTAS INTERPELADOS

Rafael Solano y Julio Martínez, director y periodista de la agencia Habana Press respectivamente, fueron interpelados el 14 de enero de 1996 en La Habana por agentes de la policía nacional. Después de haberles puesto las esposas, la policía los condujo a la comisaría del barrio de San Miguel del Padrón. Ambos fueron sometidos a largos interrogatorios antes de ser puestos en libertad. Habían difundido al extranjero el contenido de hojas volantes lanzadas desde el cielo de La Habana por un avión de turismo venido de La Florida el 13 de enero. Estos volantes, llamando a la desobediencia civil, habían sido lanzados por la organización Hermanos al Rescate de Miami, que ayuda a los 'balseros' (Cubanos que abandonan la isla en embarcaciones improvisadas para dirigirse a las costas estadounidenses).

El 14 de enero, la policía también interpeló en su domicilio a Raúl Rivero, poeta y director de Cuba Press, y a Juan Antonio Sánchez, periodista de la misma agencia que se encontraba en casa de Raúl Rivero. Conducidos al puesto de policía, fueron liberados poco después.

El 15 de enero, Rafael Solano y Julio Martínez, de la agencia Habana Press, recibieron de nuevo la orden de presentarse al puesto de policía".

MI CHARLA CON JOSE BASULTO EN MADRID

Años después en mi destierro, coincidiría en Madrid con José Basulto, jefe de Hermanos Al Rescate, durante una visita que él hizo a España. Yo siempre había tenido mucho interés en conocerlo, desde antes de lo de las octavillas, por la singular labor humanitaria que él y sus pilotos hacen en el Estrecho de la Florida y la cantidad de vidas de seres desesperados en busca de la libertad que han salvado.

Basulto es un hombre alto, de rostro grave, de andar garbo. Parece un militar de honor salido de una insigne academia. Estaba vestido con un traje azul prusia y se apoyaba en un bastón por alguna dolencia que le molestaba y que no recuerdo. Su presencia me hizo rememorar antológicas escenas de Gary Cooper y precisamente su bastón aquellas de Burt Lancaster. Encontrarme en la capital española con esa leyenda heroica llamada José Basulto, fue como si los propios Gary Cooper y Burt Lancaster se sentaran a hablar conmigo y me firmaran en la adolescencia un autógrafo que nunca tuve.

Me acerqué a él. Con la mano extendida en espera de estrechar la suya, le dije "José Basulto, gracias por todo lo que Usted y Hermanos Al Rescate han hecho por Cuba y los cubanos. Yo soy Julio Martínez García, el subdirector de Habana – Press, el que dio la noticia de..."

"¿Cómo está, Julio? –me respondió extendiéndome su mano".

"Bien –le respondí-, tenía mucho interés en conocerlo y en hablar con Usted sobre todo lo de aquellos días". Miramos alrededor para buscar asientos. Como yo había notado su dolencia, le acomodé la silla y, mientras empezaba el acto al que asistíamos, le conté, con los detalles que la espera permitió, todo lo que he escrito en este subcapítulo, le prometí que cuando pudiera ir a Miami lo primero que tenía pensado hacer era ponerles una rosa roja a los cuatro pilotos de Hermanos Al Rescate asesinados por Fidel Castro. El me habló de las cajas de octavillas, de la tensión que vivieron todos los que participaron en estos hechos y, desde luego, de lo conveniente que había sido que nosotros lo reportáramos desde Cuba. El acto ya estaba a punto de comenzar. Nos dimos un abrazo y le deseé que mejorara.

Las cuatro rosas rojas están entre mis cosas pendientes.



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