
Del libro inédito "Corto cuento contra
Castro (memorias de un periodista desterrado)", donde el
autor reúne la mayor cantidad de información recogida
hasta el momento sobre el Movimiento Cubano de Periodismo Independiente,
que él prefiere llamar libre, y desde que se inició
hasta que lo desterraron.
Julio
San Francisco fue cofundador y codirector de Habana Press. Le
tocó el privilegio de ser el periodista que reportó
desde Cuba la caída en La Habana de octavillas lanzadas por
Hermanos Al Rescate, la única reunión clandestina
del Consejo Nacional Coordinador de Concilio Cubano y el juicio
de Leonel Morejón Almagro, entre muchas otras.
Tiene
escritos, además, "Nada y otros cuentos del absurdo",
"De cuando yo fui poeta de versos libres en Madrid" y
"20 mil palabras de viaje substantivo (crónicas del
mismo periodista desterrado)".
Es obligatorio citar la fuente en caso de utilizar o reproducir por
cualquier medio la información contenida en este material.
Otros
textos del autor:
Los
cinco grupos de periodistas oficiales cubanos
|
Julio
San Francisco Martínez García
El sábado
13 de enero de 1996 había sido un sábado fructífero.
Solano y yo, en la oficina de Habana Press habíamos
discutido, durante casi dos horas, con un matrimonio de profesores
de Literatura los términos en que colaborarían con
nuestra agencia. El acuerdo era concreto: entregarían, semanalmente,
un comentario crítico bien documentado acerca de un libro
editado en Cuba que estuviera recibiendo toda la andanada de promoción
por todos los medios del país a la que nos tenía acostumbrados
la política cultural cubana, dirigida siempre a ensalzar
a sus autores incondicionales quienes, a su vez, ensalzan la supuesta
perfección de la realidad cubana. La colaboración
de estos expertos en Literatura consistiría en demostrar
la falsedad intrínseca del llamado realismo socialista que,
consiste, como en las peores películas policíacas,
en dividir a los personajes en la única división posible
pero no en el cine- en el socialismo: en buenos, totalmente
buenos, los comunistas, y en malos, totalmente malos, los anticomunistas.
No hay caracterizaciones psicológicas. No hay contradicciones
internas, no hay dudas recurrentes, no hay momentos de debilidad
en los buenos, por supuesto. Estos atributos están reservados
exclusivamente a los malos. De este encuentro, saldría la
sección cultural de Habana Press. Por ahí empezaríamos.
Por demostrar que la verdaderamente falsa literatura a gran escala
la engendró el lenin-stalinismo y que, en Cuba, el fidelísimo
la convirtió en uno de sus soportes ideológicos, como
es de suponer. Los profesores no cobrarían nada por sus comentarios
semanales, pero establecían una condición: publicar
sus textos bajo seudónimos. Lo aceptamos. Contentos todos,
los despedimos, y Solano y yo nos quedamos conversando sobre el
asunto en la mesa circular de cristal que siempre utilizamos, la
misma mesa donde nos fotografió el colega Roberto Fabricio,
cuando por la Sociedad Interamericana de Prensa, viajó a
La Habana.
- ¡Hermano,
ya tenemos equipo cultural! dijo uno de los dos, y chocamos
las palmas de las manos.
Salimos
a la casa de al lado a reunirnos con Joaquín, que todavía
no era miembro de Habana Press, y a contarle los grandes
logros de aquellas grandes negociaciones. Ya en el portal vimos
que una mujer, la profesora de Literatura, se acercaba a nosotros
gritando "Están cayendo papeles del cielo, están
cayendo papeles del cielo, miren, miren".
Yo pensé
Dios nos habría escrito por lo de esta tarde y, como si fuera
una fiesta, los cuatro nos dirigimos hacia la esquina de la calle
donde dos o tres personas esperaban lo que llegaba cayendo y lo
recogían con entusiasmo. No pasó mucho tiempo - 3
ó 5 minutos para que pudiéramos tener una preciosa
colección de ocho octavillas, como de 15 centímetros
de largo por 5 de ancho, escritas por el anverso con letras rojas
como de 26 puntos con consignas anticastristas, y por el reverso
con letras negras como de 8 puntos con artículos de la Declaración
Universal de los Derechos del Hombre.
Tampoco
tuvo que pasar mucho tiempo para que, creo que todos, nos diéramos
cuenta de que nada de fiesta. Éramos testigos y, probablemente
reporteros, de algo que, según el curso de los acontecimientos
podría ser incluso muy grave para nuestras vidas. Lo sé
por la forma en que Solano y yo nos miramos sin decir ni una palabra.
Después de conversar brevemente con los pocos vecinos, regresamos
a la oficina de Habana Press con las ocho octavillas. Serían
entre las 2 y las 3 de la tarde. Ya en la oficina nos miramos nuevamente.
Miramos el teléfono que ya era como un hermano de lucha o
como de la familia. Precisamente aquel teléfono que tanto
había utilizado me causaba ahora una sensación de
espanto irresistible, me subía el escroto a la garganta y,
encima de todo esto, tenía muy poco tiempo para analizar
y decidir. Creo que supe aprovecharlo.
- Solano
-le dije al Director de Habana Press- no sabemos ni quién
está tirando estos papeles, pero sí sé dos
cosas: si lanzamos esta noticia y esto termina en revuelta popular
nos fusilan esta noche sumariamente, y si no la lanzamos, "recoge
y vamos" que Habana Press perdió su razón
de existir.
- ¡Timba
con trampa! exclamó Solano haciendo uso de una expresión
muy habitual suya en momentos de peligro.
-¡Carajo!
pensé los que lanzaron estos papeles ya tienen
que estar derribados. Yo no soy un héroe. De momento, no
tengo delante el pelotón de fusilamiento y, tal vez, ni pase
nada, así que la lanzo. Si pasa y vienen a fusilarme y me
acobardo y pido perdón, ¿qué coño importa?
si ya no podré borrar la noticia de la historia de Cuba.
El escroto, por un momento, me regresó a entre las piernas.
Con la ayuda de Solano y de Joaquín desplegué sobre
la mesa las ocho octavillas, mientras me comunicaba con una emisora
de Miami. No puedo precisar cuál, pero debe de haber sido
La Cubanísima, Radio Mambí o CMQ, pues, como era sábado
resultaba casi imposible comunicarse con Radio Martí, un
problema que siempre confrontamos con esta excelente emisora los
fines de semana.
Di la
noticia con todo detalle obtenido hasta ese momento y, sobre todo,
leyendo para los oyentes de Miami los textos que aparecían
en cada una de las octavillas recolectadas como una de las mejores
cosechas de mi vida. Inmediatamente le pasé el teléfono
a Solano, que hizo un comentario sobre el asunto y, sin demora,
el director de Habana Press se lo pasó a Joaquín,
y Joaquín a las dos o tres personas del barrio que se atrevieron
a entrar a aquel lugar "maldito" aquella tarde.
La transmisión
duraría unos 10 ó 15 minutos. Los suficientes para
que Miami entrara en efervescencia patriótica y la parte
de Cuba donde podía oírse sin interferencia la emisora
elegida.
- Ya está
dije para mí, y, sin comprender aún por qué,
salí nuevamente con Solano y los otros para la calle. Miré
al cielo tan azul como mi cielo, no el de ellos, los castristas.
Y todavía estaban cayendo octavillas desde sus alturas. ¡Cojone!
pensé- Todo Mayami se ha enterado de la noticia de
las octavillas antes de que acabaran de caer. Somos los mejores.
Abracé a Solano y a Joaquín, comentamos como durante
una hora lo ocurrido y empezamos a esperar, primero, por el posible
desenlace popular, y, después, por la noche siempre traicionera
para nosotros en Cuba.
HOLLYWOOD CASTRISTA
Una joven
y bella sirvienta vestida de militar, con grados de sargento segundo,
toca a la puerta. La mandan a pasar. Sirve té a los asistentes
que esperan por el general. Nadie se atreve a prepararse su infusión.
Es la oficina del Jefe de la Seguridad del Estado cubana en el Cuartel
General de La Habana conocido por Villa Maristas. En la sencillez
de su decoración y la sofisticación de sus equipos
radica lo macabro de este conocido antro cubano. Un escritorio,
un combinado de teléfonos de distintos colores con innumerables
líneas que no se sabe con quién comunican, un complejo
equipo de informática, un archivo. En la pared, detrás
de la butaca giratoria del general, una foto de Fidel Castro ésa
en la que aparece sobre una montaña con un fusil de mira
telescópica y, portando en sus espaldas, una inmensa mochila-
y, más pequeñas, una foto de Raúl Castro y
otra del Capitán San Luis. El general llega con seis minutos
de retraso acompañado de dos suboficiales. Los asistentes,
el instructor Atencio y el mayor Aramís, se paran súbitamente,
chocan sus talones y saludan militarmente. El general, sin hacer
caso de las reverencias, se dirige a su giratoria, mientras los
dos suboficiales ponen sobre el escritorio sendos dossiers, y se
sientan a ambos lados de los otros. El general, con cara de gravedad,
pero con la ecuanimidad que los caracteriza, mueve lentamente la
butaca hacia un lado, hacia el otro. Intenta encender un puro. Se
le apaga la fosforera. La cambia y lo intenta de nuevo y lo logra.
Se dirige, al fin, a los impacientes asistentes:
- Como
saben, aviones enemigos están violando nuestro espacio aéreo
y están lanzando octavillas subversivas sobre nuestra ciudad.
Ya teníamos información de que esto ocurriría
y las fuerzas competentes tomarán las medidas correspondientes.
Entretanto, ustedes, compañeros oficiales, deberán
cumplir las siguientes órdenes inmediatas: La agencia Habana
Press acaba de reportar que están cayendo octavillas
probablemente dijeron- sobre todos los puntos de la capital,
y que el pueblo las recoge con entusiasmo. De momento, tanto ustedes
como nosotros, permaneceremos acuartelados en espera del desenlace
de los acontecimientos. Primero: Habana Press es un asunto
de interés personal del Comandante. Segundo: Hay que destruir
esa agencia que está causándonos problemas desde el
primero de mayo del 95. Tercero: Aunque todas nuestras fuerzas están
en máxima alerta, en caso de que se produzcan intentos populares
de sublevación, la Junta Directiva de Habana Press
debe ser fusilada sumariamente esta madrugada frente a su oficina
en El Caballo Blanco de San Miguel del Padrón. En caso de
que no se produzcan, deben ser arrestados de inmediato Rafael Esteban
Solano Morales, fundador y director de Habana Press, y Julio
San Francisco Martínez García, cofundador y subdirector.
Martínez García acaba de dar la noticia de las octavillas
y Solano Morales acaba de comentarla. Todo Mayami y parte de Cuba,
principalmente de Pinar del Río, La Habana y Matanzas, sabe
ya, por estos apátridas, lo que está ocurriendo. Martínez
García ha reportado que el pueblo recibía las octavillas
con alegría. Solano Morales ha comentado que la violación
de nuestro sagrado espacio aéreo es un hecho patriótico.
Ahí tienen los dossiers de estos dos sujetos. ¿Algo
que preguntar?
- Nada
respondieron los oficiales- . A sus órdenes, general.
Permiso para retirarnos.
- La operación
ha comenzado. La reunión ha terminado. Pueden retirarse.
Y recuerden. ¡Este es un asunto de interés del Comandante
en Jefe!
La infusión
de té quedó intacta en la tetera.
II
Las tres
o las cuatro de la tarde, con la brisa de los primeros días
de enero, era una buena hora para hablar -después de más
de una hora de conversación sobre especulaciones acerca de
quiénes habrían lanzado las octavillas, de aviones
y noticias- de mujeres y de conquista sentados en el portal de la
oficina de Habana- Press y, tal vez precisamente para soltar tensiones,
de mujeres hablamos, como buenos cubanos al fin, después
de despedir a Joaquín, que tenía la suya.
- Yo no
sé tú, pero dar una noticia como la de hoy y no poder
acostarse esta noche a contárselo a una mujer de la que estés
enamorado le ronca los cojones- dije a Solano.
- A mí
me pasa lo mismo, Julio- dijo Solano.
- Por
cierto, ¡qué buena está esa Marilyn! Como tantas,
se me fue de debajo de las piernas por comemierda. ¡Que papayazo
debe de tener! La llamé ayer y nada, me dio el bate. Y pensar
en la mata de pendejos negros y alambrados y en los pezones de seda
china que debe de tener. Le ronca los cojones dije frustrado.
- ¿No
jodas que te planchó? pregunto Solano incrédulo.
- Pues
sí... El que se incorpore a la oposición y no tenga
mujer de ley, que se olvide del batido de papaya, que nadie se arriesga
a compartir esta suerte contigo si desde antes no existía
un fuerte amor y, por cierto, si alguna se te acerca, ojo, que puede
ser echada. Así que, hermano, paja, mucha paja... No es fácil.
¿y la china?- le pregunté.
- Le pasé
la cuenta, le pase un cuentazo me contestó, y dirigiéndose
a la madre, dijo "Nila, manda a buscar una botella de ron que
esto hay que celebrarlo".
- Nila
dije yo- no mandes a buscar ninguna botella de ron que es
muy pronto para celebraciones.
- Que
sí insistió Solano.
- Que
no, Solano, que no, te digo que no. Que te hagas una paja mental
con el palo de la china, coño. Si vienen a buscarnos por
lo menos que no pasen trabajo cargándonos como sacos.
- ¡Está
bien, está bien! aceptó Solano- . No me jodas
más, y calló y se puso triste.
- Tampoco
es para tanto. No tienes que ponerte así le dije.
- Es por
el perro, por Nazareno, se me fue Nazareno dijo.
- Se hizo
lo que se pudo dije . El golpe fue muy fuerte.
- Maldito
tractor dijo.
Así,
de forma tan rutinaria, pasamos toda la tarde esperando en el fondo
de nuestras conciencias, como el protagonista del cuento Asesinos,
que vinieran a buscarnos, que se cumpliera lo ineluctable.
- Oye,
voy a acostarme, me siento muy agotado dije.
- Yo también
me respondió Solano, y nos acostamos, el director
de Habana-Press en su cama del primer cuarto de su casa, y el subdirector
en el pinpanpun que noche a noche extendía sobre la sala.
Transcurrió
toda la tarde. Por la noche entro una llamada de José Basulto,
el jefe de Hermanos Al Rescate. Solano la recibió
y, confirmamos entonces nuestra sospecha inicial: que los héroes
habían sido los pilotos de esta organización pacifista
radicada en Miami que se dedica a salvar balseros en el Estrecho
de La Florida. Basulto, en su nombre y en nombre de Hermanos
Al Rescate, nos felicitó. Supimos que los intrépidos
estaban vivos y, desde luego, esto nos permitió terminar
el día más satisfechos.
No pasó
nada más. De todos modos, no sé los otros, pero yo
me acosté sobresaltado, casi no pude dormir, aunque, increíblemente,
no tuve pesadillas. El sábado 13 de enero de 1996 había
sido un sábado fructífero.
III
La mañana
del domingo 14 fue apacible. La Habana entregaba lo único
que materialmente tiene, su clima y su brisa, entre casas apuntaladas,
calles llenas de baches, comercios sin carteles lumínicos
y empolvadas vidrieras vacías. Los habaneros, en medio de
la lucha por la sobrevivencia desde el fondo de la miseria, se darían
ese día un gran lujo, comentar un día siguiente, lo
que ocurrió un día anterior. Ese lujo eran las octavillas
que, aunque la policía y sus adeptos se esforzaron en acaparar,
muchos las habían cogido y las habían guardado. Como
en todos los desayunos habaneros, no había mantequilla, pero
había octavillas para aderezar el duro pan, o pancito, que
oferta el gobierno por la tarjeta de racionamiento o la "libreta",
con una conversación en la cual se pudiera decir que había
pasado algo. Aquella mañana ninguno de los habitantes de
La Habana, que descorchada y destartalada, da aunque sea permiso
para que veamos detrás de sus 40 años de maltrato
el encanto de quien debió de ser una bella dama cuando joven,
elegante y con buena clase, pronunció la cotidianísima
frase "No pasa nada" ni la no menos cotidianísima
"No es fácil". Las octavillas eran pan caliente
y sabroso para los citadinos. El paladar de la Seguridad del Estado,
contrariamente, estaba quemado y amargado por esa ración
de novedad espectacular anticastrista y los perros husmeaban en
las calles.
- ¡Qué
nochecita hemos pasado por esos hijos de puta dijo el instructor
Atencio al mayor Aramís mientras se desplazaban en uno de
sus ladas blancos de chapa amarilla de Villa Maristas a la
Unidad de Policía de San Miguel del Padrón, muy cerca
de la oficina de Habana Press.
- Sí,
pero la van a pagar respondió el acanelado y joven
Aramís.
- Todo
está listo, ¿no? preguntó Atencio confirmando.
- Todo
respondió Aramís.
- Entonces,
a esperar hasta las 12 horas dijo Atencio.
- Sí
dijo Aramís. A esperar.
IV
Solano
y yo nos habíamos levantado como a las 8 o las 9 con el sonido
de la primera llamada que entró de Belkis Rodríguez,
nuestra representante en Puerto Rico, preguntándonos que
repercusión estaba teniendo en La Habana la noticia de las
octavillas y como estábamos Solano y yo y "los muchachos
de Habana Press". También hablamos con su esposo,
el también amigo abogado Sergio Ramos, y con Luis Alberto
Ramírez. Desde esa hora, de Miami también empezamos
a recibir llamadas de casi todas las emisoras. Tanto el Director
de la agencia como yo, hicimos siempre el mismo comentario. "La
repercusión ha sido increíble, la gente saltaba a
cazarlas en el aire, excepto la policía, el resto las recogía
con entusiasmo".
Sólo
hubo algo curioso. Ese domingo nadie nos visitó. Y los comentarios,
caracterizados por el característico gracejo cubano "si
llegan a tirar un millón de dólares en billetes de
a uno, tumban a Fidel. ¡Hasta la policía le hubiera
'vendido'!"
Aunque
esto entraría ya en el género de la ficción
y lo fantástico, yo personalmente hubiera tirado ese millón
de dólares. Habrían resaltado dos cosas: la triste
miseria en que vivimos los cubanos y la podrida moral de los que,
a nivel de calle, apoyan al sistema. Pero, digo, esto lo permite
la Literatura, no la Historia.
Ya, como
a la una de la tarde, alguien pensó, no sé si Solano
o yo, en hablar con Raúl Rivero. Uno de los dos lo llamó,
le preguntó si estaría en su casa, dijo que sí
y le comunicamos que iríamos a verlo para intercambiar impresiones
sobre las octavillas. Raúl aseguró que nos esperaría.
Igual hicimos con José Rivero, quien también nos esperaría,
pero éste en su apartamento de Alamar.
Empezamos
a prepararnos para salir inmediatamente. Solano, con su habitual
descuido en asuntos de indumentaria que yo siempre tanto le he criticado,
y yo con lo poco que me quedaba, con lo que no había tenido
que vender para comer, una camisa de mezclilla, de mangas largas,
con tapas en los bolsillos y tiras en forma de charretera (mi mejor
camisa), un vaquero y unos botines de piel y punta redonda, tacón
bajito y cremallera. Me perfumé, cogí las 8 octavillas
y me las metí en el bolsillo de la camisa.
Bien duchados
y mal vestidos, subimos al lada combi verde claro de Solano que
estaba, como siempre, parqueado dentro del portal de su casa, el
carro que el director de Habana-Press había comprado con
parte del dinero del Premio Rey de España de Periodismo y
que cuando ocurriera algo dejaría a su sobrino.
Llegamos
al apartamento de Raúl Rivero. El poeta nos recibió
con entusiasmo y yo, casi inmediatamente, le dije: "Traje las
octavillas que recolectamos, mira" y empecé a desplegarlas
sobre la circular mesa de cristal de la sala. Los tres las leímos
con el mismo interés del buen estudiante empecinado en aprender
una lección de tiempos verbales. Los tres coincidimos en
que el lanzamiento de las octavillas había sido una operación
casi suicida, en que habían caído en casi todos los
puntos de La Habana, en que la población las recogía
con interés y entusiasmo y en que la policía política
tenía que estar comiéndose las uñas.
Vistas
las octavillas, Raúl me dijo que esperaba una llamada de
Radio Martí. No jodas, le dije, y me senté en la mesa
a redactar una crónica sobre los hechos. En cuestión
de minutos estaba terminada, se trataba de una simple página
escrita con mi elegante caligrafía. En cuestión de
minutos entraba la llamada, y entró. Raúl habló
de asuntos de su interés con su interlocutor, creo que podría
ser un tal Iván, y rápidamente me pasó el teléfono.
Yo pedí al periodista que preparara las condiciones para
grabar una crónica de una cuartilla sobre las octavillas
en La Habana. Enseguida estaba grabando y, grabado, me despedí
de la emisora y guardé el papel en el bolsillo derecho de
mi camisa.
- Completamos
la misión, dije a Solano.
Nos despedimos,
ahora más contentos, de Raúl y, sin demora, nos dirigimos
hacia Alamar, hacia el apartamento de José Rivero. En el
camino me di cuenta de que las ocho octavillas se me habían
quedado sobre la mesa del poeta junto a su libro Escribo de Memoria.
V
En dos
bien montadas oficinas operativas de Villa Maristas no estaban tan
contentos.
En una
se daba parte de que Julio Martínezzz-Garciaaa acababa de
grabar otro despacho noticioso sobre las octavillas, esta vez para
Radio Martí, desde el teléfono de Raúl Rivero,
al tiempo que se le pasaba al jefe la transcripción de la
crónica que iría a engrosar mi dossier de contrarrevolucionario.
En la
otra, el trabajo era menos intelectual, el lenguaje más inteligible:
- Atención,
atención unidad K, atención, atención unidad
K.
- Aquí,
unidad K. Cambio.
- El objetivo
acaba de pasar la rotonda de Alamar. Se trata de un lada combi verde,
con matricula H M 49-09, repito, H M 49-09, conducido
por un ciudadano nombrado Rafael Esteban Solano Morales, dicho ciudadano
está acompañado del ciudadano Julio San Francisco
Martínez García. Son sujetos altamente peligrosos.
En ningún caso, utilizar armas de fuego, ni propinar golpes.
Si hacen resistencia al arresto, reducirlos técnicamente
y esposarlos. En breve estarán en el punto 3. Cambio.
- Aquí,
unidad K. Recibido. Cambio.
- Oka.
Esperen órdenes. Cambio.
- Aquí,
unidad K. Recibido.
VI
La visita
a José Rivero fue igual que a Raúl Rivero. Hablamos
de lo mismo y coincidimos en todo, pero salimos preocupados de su
apartamento, no por la realidad que estábamos viviendo, sino
porque encontramos a José muy delgado, y nos contó
que afrontaba problemas de salud, que padecía diabetes y
que tenía que mantenerse sometido a un riguroso tratamiento.
- Yo no
sé, Solano le dije pero no creo que José
pueda soportar el rigor de esta lucha. Cuando trabajaba en Trabajadores
era un hombre casi obeso y, ahora, está más flaco
que yo, que ya es mucho decir.
- De momento,
no te preocupes me respondió Solano vive con
su familia y se cuida bien. Lo malo sería que cayera en la
cárcel, pero no creas que tú estás mejor, pelandrujo.
Tú no resistes ni fuera de la cárcel. Tienes los días
contados, cuatro o cinco si no vas hoy mismo a un palero o te haces
una buena limpieza con una buena espiritista.
- El palero
no me interesa le dije -. Si conoces a una espiritista que
esté buena, que tenga de 24 a 28 años, que sea espiritual
y que se le pueda echar un buen palo, voy esta misma noche a que
me cure.
- La conozco
me dijo Solano.
- Pues
me curo esta noche con un palo, o dos, para empezar le dije.
- A ti
ya no se te para ni si resucitara especialmente para ti Marilyn
Monroo.
- Coño,
dale suave, Maestro, que estás rayando las velocidades y
no me estás enseñando nada al volante.
- No te
preocupes, que llegamos, no digo yo si llegamos aunque sea sin caja
de velocidades. Esto es un Dragón. No necesita más
que un tipo que le de látigo y llega a la luna echando fuego;
pa' eso lo compré con el dinero del Rey.
- A la
mierda es adonde vamos a llegar, si sigues conduciendo sí.
VII
- Atención
unidad K. Atención unidad K.
- Aquí,
unidad K. Cambio.
- El objetivo
se encuentra en el punto 3. Cambio.
- Aquí,
unidad K. Recibido. Todo el dispositivo listo. Cambio.
VIII
- ¿Y
no me dirás que no estoy elegante? digo a Solano
- No me
jodas más con lo de la elegancia me dice Solano
- Que
hay que ser elegante, cojones, que hay que ser elegante. Es un asunto,
en primer lugar de deber con uno mismo y en segundo lugar de deber
con los demás. Acaba de entender esta mariconada o como quieras
llamarlo, digo a Solano.
- Cuando
Cuba sea libre seré elegante, para que te calles, ¿bien?
me dice Solano.
IX
- Atención,
unidad K. El objetivo está en el punto 1 y entra en el punto
0. Procedan. Cambio.
- Aquí,
unidad K. Positivo. Cambio.
X
- ...y
a pesar de toda tu filosofía, yo voy ensayándolo ya
para cuando Cuba sea libre. Seré el tipo más elegante
de la prensa cubana. Ya te veré copiando el ¡estilo
inigualable, el estilo Julio Martínez, el estilo del buen
vestir, del buen portar, del buen estar. El estilo Julio Martínez,
su estilo!
- Tienes
buena voz para publicidad, pelandrujo, pero tengo que educártela.
Ya en
la Rotonda de Cojímar, Solano y yo, a dúo, detectamos
las dos perseguidoras. No recuerdo quién pronunció
la primera frase, pero recuerdo que pensé "debe de ser
una cuestión de rutina".
- Mira
dijo Solano.
- Vamos
a ver si detienen al carro que va delante dije.
No lo
detuvieron.
- Bien.
Pues es de rutina o es para nosotros dijo Solano.
No tuvimos
que esperar nada. A menos de 50 metros salían tres policías
hacia el medio de la calle y nos daban órdenes, no señales,
de que nos detuviéramos.
- Pues,
es para nosotros comentamos a dúo, y nos detuvimos.
Dentro
del carro aún, nos pidieron los carnes de identidad. Apenas
los miraron.
- ¡Bájense!
gritó un negro flaco y alto -¡Bájense con
las manos en alto!, ¡Rápido, rápido!
Nos bajamos.
Nos empujaron y nos tiraron contra las perseguidoras. A Solano por
un lado, a mí por el otro. Apoyados contra los vehículos
y de espaldas a los policías, nos abrieron las piernas a
golpes de botas militares (yo creía que me rajaría
por la mitad) y nos cachearon.
El que
parecía de los tres ser el jefe dijo "Aquí, unidad
K. Objetivo cumplido. Cambio" y, alejándose de nosotros,
continuó hablando por esa porquería de aparato. Regresó
casi inmediatamente.
- Espósenlos
y métanlos en los carros.
Nos esposaron,
con una sola esposa, uno de cuyos extremos acerrojaba la mano izquierda
de Solano y, el otro, la derecha mía. Otro empujoncito y
caímos en el asiento trasero de una de las dos perseguidoras.
Cerraron las puertas. Volvieron a hablar por el aparato de mierda
e hicieron algunas anotaciones en una carpeta de mierda.
- Parece
que vamos pal' tanque dijo Solano lacónicamente.
Yo no
fui menos escueto.
- Eso
parece, Solano le respondí y me percaté de que
llevaba en el bolsillo derecho de mi camisa de mezclilla la crónica
de mi puño y letra que había grabado, tal vez una
hora antes, para Radio Martí desde el apartamento de Raúl
Rivero. Esa crónica no constituiría una prueba más
contundente contra mí que todo lo que ya tenía la
Seguridad del Estado, pero me jodía profundamente que se
dieran el gusto de ocupármela arriba. Miré al policía,
que ya estaba al volante, miré el espejo retrovisor, miré
hacia los dos que afuera continuaban con sus anotaciones y su cuchicheo.
Todos parecían entretenidos. Consagrados a su infamia. Con
el codo izquierdo empujé suavemente la puerta de mi costado
esperanzado en que cediera aunque fuera un milímetro para
situar el papel de modo que, al abrirse dicha puerta, la crónica
pudiera caer al suelo y, con buena suerte para ella y para mí,
no ser vista. La puerta no cedió. ¡Qué imbécil!
pensé pensar que la puerta de un carro patrullero
puede ceder ante el débil codo de un periodista cuya única
fuerza podría estar únicamente en la cabeza. Miré
nuevamente al chofer, al espejo y a los de afuera. Seguían
entretenidos. Saqué la crónica del bolsillo con la
intención de metérmela en los huevos y, ya pasada
la mano izquierda del cinturón hacia abajo con la cuartilla
caligrafiada, se oyó la voz de uno de los policías.
- ¿Qué
escondes, gusano de mierda? ¡Sácalo, sácalo¡
Tuve que
sacar mi papel y entregárselo a los esbirros. Fue éste
el peor momento de esta historia porque carecía de cualquier
posibilidad de encanto. El chofer se levantó y salió.
Los tres, con el mismo interés que un adolescente lee un
cuento de terror, se encimaron sobre el blanco papel y devoraron
su breve contenido. Como si aquellas 20 ó 25 líneas
estuvieran cargadas de dinamita, el que parecía el jefe gritó:
- ¿Así
que esos papeles planeaban como golondrinas plateadas sobre el cielo
de La Habana, gusano de mierda? ¡Bájense!
Inmediatamente
uno de los subalternos nos arrancaba del asiento de la perseguidora
y zafaba las esposas, mientras el otro sacaba otro par. En poco
tiempo Solano y yo quedábamos nuevamente esposados, pero
esta vez con las manos a las espaldas y separados. Cambiado el guión
cuando descubrieron el papel, actuaron con tanta urgencia como si
hubieran encontrado a un asesino. Se comunicaron nuevamente. Seguramente
recibieron nuevas órdenes. Llegó una tercera perseguidora
con dos hombres más. A Solano lo metieron en la primera,
a mí en la segunda, y la tercera, que estaba al final, pasó
al principio, conducida por el que parecía el jefe. La caravana
se puso en marcha.
- ¿A
dónde coño nos llevarán? pensé,
y durante todo el viaje mantuve la cabeza pegada al cristal de la
ventanilla con la esperanza de que algún conocido me viera,
me reconociera, notara que habíamos sido arrestados y se
decidiera a informarlo a alguien, -tenían que darse muchas
coincidencias para nuestra buena suerte en una tarde que no parecía
ofrecer otra que mala-, pues en la Rotonda de Cojímar era
poco probable que algún ser no supusiera que se trataba de
un común arresto de comunes delincuentes. En poco tiempo
identifiqué a La Virgen del Camino y, de ahí, entramos
en la Calzada de Güines, por donde llegamos a la Unidad de
Policía de San Miguel del Padrón, en cuyo lobby gris
fuimos depositados como perros callejeros que recoge un carromataperros
para internarlos donde no valen nada.
- Aquí
tendrán que esperar porque lleguen los oficiales de Villa
Maristas que se encargarán de ustedes dijo el que parecía
el jefe, y, sin nadie que nos despidiera ni nos recibiera, los tres
policías se marcharon.
El carro
de Solano, que había sido conducido hasta allí por
uno de los dos policías que llegaron en la última
perseguidora, corrió mejor suerte porque, aunque sea, no
tuvo que entrar en la unidad de policía. Serían las
3 y media de la tarde. Me dolían un poco los hombros y, sobre
todo, las manos. No creo que mis padres, con la ayuda de Dios, las
hayan hecho para llevar una prenda tan dura, poco pulida y tan brutal.
Solano y yo, que fuimos puestos en bancos que quedaban frente a
frente, separados por tres metros que demostraban la Teoría
de la relatividad porque parecían 300, teníamos la
orden de no hablar y no fumar. Sólo podíamos mirarnos
y esperar a que llegaran los pastines del Cuartel General de la
Policía Política. Un policía de la unidad,
que por la mirada que le vi no nació para policía,
nos pasó las esposas para adelante. Ahora, a esperar lo peor
que es lo que siempre tiene que esperar la oposición en nuestra
patria.
XI
La mejor
representación de la peor Villa Maristas no tardó
en llegar. Entraron con la baja estofa de un capataz bananero y
pasaron por el pasillo, entre nosotros, sin mirarnos, con zancudo
caminar dos oficiales, cada uno con su portafolio como si se tratara
de apéndices de sus respectivos brazos y se dirigieron hacia
el fondo, hacia la oficina del jefe de la unidad, del jefe de la
"fiana" en nuestro municipio de sede social de la agencia
Habana Press. Regresaron inmediatamente.
- ¡Sube
con nosotros! le dijeron a Solano, quien los acompañó
a un segundo piso, mientras yo pensaba qué le harán,
cuánto demorará, qué ocurrirá y, finalmente,
fantaseaba con la idea de que aunque sea, como en la Edad Media,
han tenido en cuenta de que el jefe debe ser el primero en ser castigado.
Como a la media hora, bajaron con Solano y repitieron la orden,
esta vez espetada a mí: "Sube con nosotros". Me
levanté. Cuidaron, como con Solano, que uno, el jefe, quedara
delante, yo en el medio y el otro detrás. Iniciamos el ascenso
de una escalera por la que se me ocurría que yo descendía
hacia el infierno. Desembocamos en un amplio y oscuro pasillo de
un oscuro y amplio piso que parecía una encrucijada por las
vueltas que hubimos de dar y en el cual habría sólo
una bombilla encendida a juzgar por un leve rayo de luz incandescente
que se percibía. Llegamos a una puerta que abrió el
jefe.
- ¡Entra!
gritó, y entré.
En la
entrada había una alta butaca donde, ingenuamente, hice el
ademán de sentarme. Un fuerte golpe seco entre los omóplatos
me lanzó contra la pared sin que tuviera tiempo para poner
a salvo aunque sea mi pálida cara. Ya en la realidad de la
crueldad, me viré. El jefe esperaba el encuentro con mi mirada
con su mano derecha extendida indicándome donde me correspondía
sentarme. Era un pequeño pupitre de preescolar. No soy un
hombre ni alto ni gordo, pero sentarme en aquel juguete macabro
de la circunstancia, con las manos esposadas, me requirió
todo el esfuerzo de quien empieza a practicar una asana yoga y como
un reto zen lo asumí para reducirles al máximo el
placer que esperarían sentir de semejante y pretendida humillación.
La cabeza del que tenía al frente, el jefe, quedaba a mucha
más altura que la mía. De momento, él parecía
un gigante delante de mí. Vencer esta sensación fue
lo más difícil, pero, aunque me sacaba como un metro
de altura, hice el ejercicio mental de convertirlo paulatinamente
en un enano inservible. Pensé "cada vez que hable una
palabra se reduce una pulgada". El, que estaba al frente, y
el otro, que estaba a un costado mío, me observaban con sádico
placer sin imaginarse que el placer era mío. Que ellos tenían
la fuerza de sentarme en un pupitre y yo la de convertirlos en liliputienses.
Cuando hablaran, yo pensaría en las musarañas. Y el
jefe no empezó a hablar, sino a gruñir:
- ¿Así
que el enemigo viola nuestro espacio aéreo y tira papeluchos
contrarrevolucionarios y tú dices que el pueblo los recibía
con entusiasmo, gusano vendepatria? ¿Tú sabes cuántos
niños hubieran podido morir en La Habana si hubiéramos
tenido que dar la orden de disparar, contrarrevolucionario de mierda?
¿Cómo cojones sabías tú que esos papeles
estaban cayendo sobre todos los puntos de la ciudad, escoria de
prensa? ¿Tenían esto coordinado con tus hermanitos del
rescate?
- Si me
permite, le respondo todas esas preguntas.
- Tú
no tienes nada que decir, gusano de mierda, vendepatria, contrarrevolucionario,
escoria de mierda.
- Yo sí
tengo que decir, sólo que Usted grita más que yo,
tiene una makarov y no está esposado.
- Tú
eres un gusano de mierda, un vendepatria de porquería, cuando
hay todo un pueblo aquí que esta sacrificándose por
esta revolución. ¡Y fíjate, de haber peligrado
anoche la Seguridad del Estado, hubieras sido fusilado junto a tu
amigote frente al muro de tu agencita, ¿sabes?! ¡Y fíjate,
destruiremos Habana Press aunque tengamos que desaparecerlos
del mapa a todos, porque éste es un asunto del comandante
en jefe, ¿sabes?! ¡Y fíjate, éste es tu
expediente, aquí tenemos toda la mierda que has hablado,
por ella podemos meterte de 8 a 10 años en el Combinado del
Este! Has traspasado el límite, Julio Martínezzz-Garcíaaa.
Tú no tienes nada que hacer en este pueblo de revolucionarios.
Vete de este país, que te vas a pudrir en la cárcel
si no te fusilamos antes. ¡Y fíjate, no quiero denuncitas
por Radio Martí!
- Sobre
eso, no les prometo nada.
- ¡Fuera!
Aramís,
ocúpate de lo del carro dijo el que rugía al
otro que había permanecido callado todo el tiempo.
- Si,
Luis Alberto respondió Aramís, mientras yo,
menos asustado ya, me consagraba al arte de salir del pupitre de
preescolar.
- Una
única cosa que quiero preguntarle, Luis Alberto, ¿por
qué me ha hablado con tanto odio si es la primera vez que
me ve?
- ¡Fuera!,
y mañana a las cuatro te quiero aquí.
Violando
ellos mismos el protocolo que ellos mismos habían establecido,
salí yo primero, después Aramís y, por último,
Luis Alberto, quien tiró un portazo que me indicaba claramente
que su misión había sido un fracaso. Dejaba detrás
un cubículo pintado de gris claro, de dos metros por dos
metros cuadrados, con un altísimo techo del que pendía
una bombilla incandescente de muy poco voltaje y llena de telaraña.
Llegamos nuevamente al pasillo de entrada de la unidad donde permanecía
Solano.
- ¡Esperen
ahí! gritó Luis Alberto, y me senté otra
vez frente al Director de Habana Press. El Luis Alberto y
el Aramís, siguieron, como al principio, hacia el fondo del
pasillo, regresaron inmediatamente y se fueron sin tener la amabilidad
de dar, aunque sea, las "malas noches".
En mi
cabeza le daba vueltas a tres preguntas ¿por qué nos
cogieron en la Rotonda de Cojímar y no fueron a buscarnos
a la oficina de Habana Press? , ¿por qué utilizaron
patrulleros de la policía en lugar de los habituales ladas
de chapa amarilla o los carmelitosos del D.S.E.? y ¿qué
coño ocurrirá mañana? En medio de estas disquisiciones,
andaba pasando el tiempo y, como a las 12 de la noche, le dije a
Solano "Oye, vamos a la carpeta a pedir que queremos hablar
con el jefe de la unidad, a ver qué pasa". "Vamos"
me respondió Solano, y nos levantamos.
- Mire
le dije al oficial de guardia -, nosotros no somos delincuentes,
somos luchadores por los Derechos Humanos. Los que nos han traído
aquí se han ido y no sabemos qué van a hacer con nosotros.
Queremos hablar con el jefe de la unidad.
- Un momento
me respondió el oficial, y llamó por un intercomunicador.
En poco
tiempo llegaba el jefe de la unidad que tenía grados de mayor.
- Pedimos
hablar con Usted porque los que nos han traído se han ido
y no sabemos qué van a hacer con nosotros.
El jefe
de la unidad dio la orden de que nos quitaran las esposas.
- Como
Usted sabe le dije nosotros no somos delincuentes. Somos
luchadores por los Derechos Humanos y no entendemos por qué
nos han traído aquí, ni hasta cuándo ni en
qué condiciones nos van a tener. Así que...
- Este
no es un asunto de la Policía me interrumpió
el mayor Este es un asunto de la Seguridad del Estado y,
dirigiéndose a uno del coro de policías que se había
estado formando junto a nosotros, dijo "Tráiganles sus
pertenencias" y, otra vez a nosotros "Pueden irse".
Nos devolvieron
los carnés de identidad y 10 ó 15 dólares que
sumaba el dinero que nos habían ocupado a los dos. Yo me
dirigí por última vez, ya no sólo al jefe de
la unidad, sino a todo el grupo que se había acercado a nosotros.
- Mañana,
a primera hora, denunciaremos por Radio Martí todo lo que
nos han hecho. De esta unidad no tenemos quejas, pero la Seguridad
del Estado nos ha maltratado de palabra, nos ha ofendido y nos ha
torturado psicológicamente. Todo eso lo denunciaremos. Hasta
mañana.
- Hasta
mañana dijeron el jefe de la unidad y algunos policías.
- Hasta
mañana, dijo Solano, salimos.
Ya en
la calle, Solano y yo intercambiamos acerca de lo que nos habían
dicho a cada uno. Lo mismo, en el caso suyo le habían advertido
que tenía que dejar el carro para ser sometido a una inspección
técnica y, sobre todo, que no se imaginara que porque era
Premio Rey de España de Periodismo podría hacer lo
que le diera la gana, que ellos no creían ni en figuras,
ni en personalidades, ni en premios, ni en reconocimiento internacional,
ni en un carajo, que en Cuba los que traspasaran el límite
tenían solamente 5 opciones: fusilamiento, cárcel,
destierro, manicomio o retractarse y que, si no lo creía,
se acordara del Heberto Padilla o de Tania Díaz Castro o
de María Elena Cruz Varela o del general Ochoa o del Bofill.
"Aquí se va o se queda el que nosotros decidimos le
dijeron-, y tú eres un fuerte candidato a irte, así
que mejor para ti si lo haces ya, pero ya".
- Perdiste
el carro le dije. Adáptate a la idea de que lo perdiste.
Fuimos
caminando hasta El Caballo Blanco y, con la fortuna que teníamos,
nos metimos en una paladar, pedimos dos buenos bisteques, nos tomamos
3 ó 4 cervezas y regresamos a su casa a hacer el cuento y
a dormir, que teníamos que levantarnos temprano.
XII
Nos levantamos
temprano. Llamamos a Radio Martí y a emisoras de Miami y
denunciamos todo lo ocurrido que, ese mismo día, se oyó
varias veces en toda Cuba. Empezaron a entrar llamadas de todos
los puntos cardinales a la oficina de Habana Press de amigos
interesados en nuestra suerte.
Esperamos
ansiosos hasta las 4 de la tarde. A las tres y media salimos para
la unidad de policía. A las cuatro llegamos a la unidad de
policía. Entramos hasta la carpeta y preguntamos si ya había
llegado algún oficial de la Seguridad del Estado. Nos dijeron
que no, pero salió un inspector de tránsito que, vestido
de militar con grado de teniente y con una tablilla en mano, nos
pidió que lo acompañáramos. Llegamos al carro.
- Mire
dijo a Solano -, su carro está inhabilitado para circular,
y empezó a leer, ante los ojos tristes del Director de Habana
Press, una larga lista de requisitos técnicos que
se incumplían en el pobre lada combi verde claro. Tiene que
mantenerlo en garaje hasta que lo repare todo y someterlo, cuando
nos avise, a una nueva inspección técnica. Le habían
dado las llaves, pero le habían quitado la chapa. Solano
acababa de perder su querido carro. No tenía dinero para
hacerle todo lo que le exigían.
Esperamos
una hora más por la llegada de la Seguridad del Estado y,
visto y comprobado el hecho de que no habían sido puntuales
esta vez, decidimos marcharnos. Subimos al carro. Arrancó,
como en quinta, rumbo al garaje de una vecina, donde el verde de
aquel carro prisionero se convertiría en el símbolo,
o al menos en nuestro símbolo, de la esperanza.
- ¡Hijos
de puta me dijo Solano en el camino -,con la cantidad de carros
que circulan en La Habana mucho más graves que el mío,
hasta sin parabrisas.
- Sí,
hermano, pero justamente por eso circulan y circularán, porque
no son el tuyo.
El arriesgadísimo
y trascendente hecho que reportamos, la violencia con que fuimos
tratados por primera vez unos periodistas eran esposados en
Cuba en plena vía publica y en medio de un operativo militar
montado especialmente para cazarlos-, las acusaciones con que nos
increparon, las advertencias que nos hicieron y el aviso de que
habíamos traspasado el límite nos dejaban muy claro
que nuestra Habana Press estaba clavando su lanza de palabras
en el mismísimo hígado del gobierno cubano, que nuestra
Habana Press no podría coexistir por mucho tiempo
más con la represiva realidad cubana y que nuestro destino,
el de Solano, el de Peraza y el mío, estaba signado por el
paredón, la cárcel o el destierro porque, a pesar
de los pesares y no por falta de olfato periodístico, seguiríamos
traspasando el límite que a la Seguridad del Estado le ha
venido en gana decretar.
PUNTO Y SEGUIDO
En "INFORME
1997 -EXTRACTO- REPORTEROS SIN
FRONTERAS" Aubin Imprimeur, LIGUGE, POITIERS,
Acheve d'imprimer en juin 1997, France", en la pagina 46, de
las 10 dedicadas a la falta absoluta de libertad de prensa en Cuba,
en la sección Las Américas, aparecen estos
hechos así denunciados ante la opinión publica internacional
por una organización de incuestionable objetividad y de toda
credibilidad:
PERIODISTAS
INTERPELADOS
Rafael
Solano y Julio Martínez, director y periodista de la agencia
Habana Press respectivamente, fueron interpelados el 14 de enero
de 1996 en La Habana por agentes de la policía nacional.
Después de haberles puesto las esposas, la policía
los condujo a la comisaría del barrio de San Miguel del Padrón.
Ambos fueron sometidos a largos interrogatorios antes de ser puestos
en libertad. Habían difundido al extranjero el contenido
de hojas volantes lanzadas desde el cielo de La Habana por un avión
de turismo venido de La Florida el 13 de enero. Estos volantes,
llamando a la desobediencia civil, habían sido lanzados por
la organización Hermanos al Rescate de Miami, que ayuda a
los 'balseros' (Cubanos que abandonan la isla en embarcaciones improvisadas
para dirigirse a las costas estadounidenses).
El 14
de enero, la policía también interpeló en su
domicilio a Raúl Rivero, poeta y director de Cuba Press,
y a Juan Antonio Sánchez, periodista de la misma agencia
que se encontraba en casa de Raúl Rivero. Conducidos al puesto
de policía, fueron liberados poco después.
El 15
de enero, Rafael Solano y Julio Martínez, de la agencia Habana
Press, recibieron de nuevo la orden de presentarse al puesto de
policía".
MI CHARLA CON JOSE BASULTO EN MADRID
Años
después en mi destierro, coincidiría en Madrid con
José Basulto, jefe de Hermanos Al Rescate,
durante una visita que él hizo a España. Yo siempre
había tenido mucho interés en conocerlo, desde antes
de lo de las octavillas, por la singular labor humanitaria que él
y sus pilotos hacen en el Estrecho de la Florida y la cantidad de
vidas de seres desesperados en busca de la libertad que han salvado.
Basulto
es un hombre alto, de rostro grave, de andar garbo. Parece un militar
de honor salido de una insigne academia. Estaba vestido con un traje
azul prusia y se apoyaba en un bastón por alguna dolencia
que le molestaba y que no recuerdo. Su presencia me hizo rememorar
antológicas escenas de Gary Cooper y precisamente su bastón
aquellas de Burt Lancaster. Encontrarme en la capital española
con esa leyenda heroica llamada José Basulto, fue como si
los propios Gary Cooper y Burt Lancaster se sentaran a hablar conmigo
y me firmaran en la adolescencia un autógrafo que nunca tuve.
Me acerqué
a él. Con la mano extendida en espera de estrechar la suya,
le dije "José Basulto, gracias por todo lo que Usted
y Hermanos Al Rescate han hecho por Cuba y los cubanos.
Yo soy Julio Martínez García, el subdirector de Habana
Press, el que dio la noticia de..."
"¿Cómo
está, Julio? me respondió extendiéndome
su mano".
"Bien
le respondí-, tenía mucho interés en
conocerlo y en hablar con Usted sobre todo lo de aquellos días".
Miramos alrededor para buscar asientos. Como yo había notado
su dolencia, le acomodé la silla y, mientras empezaba el
acto al que asistíamos, le conté, con los detalles
que la espera permitió, todo lo que he escrito en este subcapítulo,
le prometí que cuando pudiera ir a Miami lo primero que tenía
pensado hacer era ponerles una rosa roja a los cuatro pilotos de
Hermanos Al Rescate asesinados por Fidel Castro. El
me habló de las cajas de octavillas, de la tensión
que vivieron todos los que participaron en estos hechos y, desde
luego, de lo conveniente que había sido que nosotros lo reportáramos
desde Cuba. El acto ya estaba a punto de comenzar. Nos dimos un
abrazo y le deseé que mejorara.
Las cuatro
rosas rojas están entre mis cosas pendientes.
|