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![]() Capítulo L (Epílogo) De niño, vine muchas veces. El me recogía cada domingo, y yo era el rey de ese día. Luego, la semana entera sin volver a verlo. Pero ese día, yo era el rey. Lástima que hoy no esté, ni tenga para mí ninguna de sus sorpresas. La costa sigue rugiendo, ahí, detrás de la casa. Pero no iré con él a recoger caracoles, ni escucharé su explicación sobre las algas que recalan por aquí. Hoy no simulará que se ahoga para que yo me asuste e intente rescatarlo. No nos tiraremos agua a las caras ni nadaremos fuertemente para ver quién llega primero a los arrecifes. Hoy no se gastará ni un centavo en el carrusel ni escogerá a la niña más linda del parque de diversiones para que me acompañe en las vueltas de un avión que no piloteo, sino que me agiganta los ojos de miedo y me revuelve el pelo con su velocidad. Hoy no se quedará conversando con la mamá de la niña linda que me buscó de compañera de vuelo, y no la hará reír con unos chistes que me sé de memoria, pero que él recompone cada vez con nueva gracia. Tengo la llave. El me la dio cuando cumplí 12 años. Entro, y me da en el rostro un cartel que él mismo diseñó, y en el cual se ve un perro pegando otro cartel que dice: "Cuidado, hay gente". Me abofetea el estante donde desencuaderné una edición de la poesía de Pablo Neruda. "¿Me pusiste Pablo porque admirabas al poeta?" "No". "¿Por el Apóstol Pablo?" "No". "¿Por Pablo Picasso?" "No". "¿Por quién?" "Por mi abuelo, que nadie lo conocía, ni era tan importante, pero que yo quería mucho". "¿No te importa que haya roto el libro?" "Me costó menos de lo que me costaría romperte la cabeza". "Mamá pelea cuando rompo un libro, aunque sea mío". "Los libros no deben romperse". "Después que uno los lee, ¿para qué sirven los libros?" "Para acumularlos y que su pudran empolvados". "Mamá dice que tienes sangre de sapo, muy fría". "Mamá dice tantas cosas". "¿Por qué no viven juntos?" "Hoy te enseñaré a disparar. Iremos a cazar". "¿Por qué no viven juntos?" "Cuando se dispara al vuelo, hay que apuntar dos pájaros más adelante para hacer blanco". "¿De qué color son las noches cuando estás solo?" "No tienen color. Negras, hondas": "¿Te gusta estar solo?" "A veces lo necesito". "Yo duermo con la luz encendida para que la soledad sea brillante". "Por el baño y la cocina se le notaba su manía de pulcritud. Abrillantaba las ollas con el esmero de un orfebre. Las losetas del baño las bruñía con más obediencia que una mucama resignada. Cuando supo que yo le tenía miedo a enjabonarme la cabeza no hubo responsos ni imposiciones. Se metió conmigo en el baño, como si fuéramos dos hermanos, y en el retozo del agua se empapó el pelo, y el jabón fue una montaña de espuma en su cabeza. Cantaba y se restregaba. Se restregaba y me miraba por entre la cortina de burbujas que le bajaba por el rostro. Yo hice lo mismo y nos echamos a reír. Mamá no me peleó más por la cabeza sucia. La cocina empolvada denuncia su ausencia. Unas arañas diminutas han implantado su reino de trapecios y filigranas grises. Las hormigas se están llevando un recuerdo de azúcar por una hendija de la pared. Por el baño y la cocina se le notaba su manía de pulcritud. Abrillantaba las ollas con el esmero de un orfebre. Las losetas del baño las bruñía con más obediencia que una mucama resignada. Cuando supo que yo le tenía miedo a enjabonarme la cabeza no hubo responsos ni imposiciones. Se metió conmigo en el baño, como si fuéramos dos hermanos, y en el retozo del agua se empapó el pelo, y el jabón fue una montaña de espuma en su cabeza. Cantaba y se restregaba. Se restregaba y me miraba por entre la cortina de burbujas que le bajaba por el rostro. Yo hice lo mismo y nos echamos a reír. Mamá no me peleó más por la cabeza sucia. La cocina empolvada denuncia su ausencia. Unas arañas diminutas han implantado su reino de trapecios y filigranas grises. Las hormigas se están llevando un recuerdo de azúcar por una hendija de la pared. "¿Quieres que hoy vayamos a un restaurant?" Me gustaba que cocinara él. Se ponía un delantal y cantaba canciones de cuando era joven. Eran unas melodías nostálgicas. Cantaba mal, no afinaba, pero el encanto lo ponía su contentura. "La felicidad, Pablucho, consiste en tener la tripa llena y la mollera vacía". "¿Con qué sazonaste los frijoles". Sus frijoles tenían un sabor dulzón que sólo él lograba. Decía que lo había heredado de su madre, mi abuela, a quien no conocí. La enterraron el mismo día que él y mi madre habían elegido para su boda. Parece que la Abuela no quería que ese matrimonio se celebrara. Pero mi padre, -¿para qué decir que tozudo?- se casó a los pocos días. La juntura no salió bien, y yo tuve que acostumbrarme a un padre de domingos y muchos tíos que no duraban ni el tiempo necesario para cogerles odio. "Con amor, que es lo único que tengo para ponerle a esos frijoles". Y yo se lo preguntaba en verdad para oírlo decir eso. Papá era dulce como una paloma, pero sacarle al tigre que llevaba dentro resultaba muy peligroso. Se encolerizaba pocas veces, y cuando lo hacía se inflamaba como un relámpago, y como un relámpago se disipaba. Pero en ese instante era de una ferocidad ciega, arrasadora. Después solía pedir disculpas, aunque hubiera tenido razón. A mí me dolía más ese momento de las excusas que el de la furia. Lo tornaba a uno tan pequeño. "¿Cómo se llama ese cuadro?" "La Dama del Armiño". "¿Quién lo pintó? ¿Tu mujer?" "Leonardo da Vinci", dice riendo. "¿Qué es el armiño?" "El animal que tiene la mujer entre los brazos". "Yo pensaba que entre las piernas", le digo imitando su manera rápida de asociar. "Entonces no sería un armiño. Sería un Pablo". Y noto que sigue siendo más rápido que yo, que todavía no logro joderlo. Su máquina de escribir tiene una hoja puesta. Es como si no le hubiera dado tiempo a terminar el poema. Soplo sobre la pátina de polvo. Entre yo y las caretas se interpone el peligro de ser el lenguaraz por cuenta propia. Siempre creyó que la gente tenía más máscaras que camisas. Vivió tratando de llegar al verdadero rostro de los demás, y andaba con el suyo al descubierto. A lo peor por eso lo atropellaron tanto. Era de una rara bondad. De ésas que no esperan nada. Capaz de darlo todo. Pero si descubría que lo creían tonto, se tornaba implacable. Si necesitabas sus favores, lo mejor era ir al grano. No soportaba que le adornaran la petición. Poseía una intuición de detective. "¿Qué necesitas?", cortaba tajante. Con dos o tres encuentros, le bastaba para descubrir el interior de las personas que iba conociendo. Miraba, y guardaba silencio. En su mirada había algo de adivinador inquisitivo y piadoso a la vez. Con él, uno se sentía admirado y despreciado al mismo tiempo que se sentía perdonado por su superioridad. "Ten cuidado como me tratas delante del niño", le dijo mi madre un día. "Ayer me dijo imbécil". "Vaya, precoz que nos ha salido Pablito", fue su respuesta. La que no entendí, como tampoco entendí por qué se reían entonces. Papá era una especie de sabelotodo rampante. Odiaba las preguntas. Todo le parecía obvio. Suponía que todo el mundo debía saber lo que él sabía. Quizás se debía a su independencia. Nunca vi a nadie tan suficiente. Cuando cambiaba de pareja, hecho que ocurría con más frecuencia que los cambios de luces de un semáforo, el único detalle que se le escapaba era cierto desasosiego por la soledad. Pero resolvía todas sus necesidades con la desenvoltura de un lobo solitario. Sabía cocinar, lavar, planchar, limpiar la casa, y nunca aceptaba que estaba deprimido. Nunca supe por qué se guardaba tanto de mostrar la dependencia afectiva que padecía. Era como una pretensión de ser invulnerable, y las mujeres que lo transitaron creo que tampoco lograron explicárselo. El amaba demasiado como para tenerle que explicar a alguien que lo amaba. Esa era su máxima secreta, su consigna irrevelable. Y uno se veía obligado a saberlo o perderlo, porque él jamás lo explicaría. "Las explicaciones enredan el amor", me dijo en cierta ocasión. Cuanto más amaba a alguien más severo era con ese alguien. Nunca lo vi tratar de enmendarle la plana a quien no amara. Su rigor lo guardaba precisamente para sus afectos. Por eso, a veces, los perdía, y con quien más violento podía resultar era con ellos. Muchas veces temblé frente a su amor. Cojones, cajones, fotos, mierdas, papeles. Esta ha de ser La Bola, una trigueñita de piernas espectaculares que fue con él a recogerme dos o tres domingos. Mi madre la odiaba, porque entre La Bola y mi padre había existido cierta historia antes de que ellos -mis padres- se separaran definitivamente. Pero no la recuerdo bien. Era muy pequeño entonces. Ya mi padre tenía canas en la barba. Era fotogénico este cabrón. En persona era más feo, y La Bola, si es que es ella no estaba tan mal como decía mi madre. A ésta sí la conozco bien, es Zaira. La primera vez que la vi estaba dormida sobre una cama personal, completamente desnuda, rubia y potente. Me quedé mirándola como espantado de tanta abundancia de caderas, nalgas, largura de las piernas. Mi padre no tenía casa. Vino de su pueblito con un bolso y unas botas andariegas. Cuando se acabó el amor de mi madre terminó el hospedaje. Un poeta amigo de mi padre les había prestado su casa, mientras él andaba por el Africa involucrado en una guerra que no recuerdo bien. "Aquí vivo ahora". Abrió una puerta de pintura verde cuarteada y la casa entera me cupo en una ojeada. Los puntales de pino endeble sostenían milagrosamente una rústica barbacoa. Las paredes, dibujadas caprichosamente por la humedad, los pocos muebles deteriorados, Zaira desnuda y dormida como un susto para mi poco tamaño. "Pablín". Haló sin aspavientos y sin prisa una sábana. ¿Estará tan buena todavía? Zaira, por poco llega a ser el gran amor de mi padre. Pero parece que ella tampoco pudo zambullirse en la turbulencia del interior de un hombre que a los 16 años se fue de la casa paterna y no volvió nunca más que de visita. Yo sé que padeció la separación de Zaira como un perro rabioso, pero sé también que hubiera preferido mil veces morirse antes que rendirse frente a lo que no aceptaba como su ideal de pareja. Su mujer, según él, tenía que ser una fundadora de mundos, saber de la ruina y la pompa, y desdeñar ambas para poder recomenzar siempre. Y en algún momento, él descubrió que Zaira no era su yunta, y sin explicárselo mucho a ella ni a nadie zajó en él mismo como puede zajarse en un miembro infectado para extirparlo de raíz. En esa época lo vi con los ojos vacíos, sin el brillo que portaba cuando la plenitud lo invadía. Le costaba mucho trabajo ser simpático, se irritaba con más facilidad, andaba como inconforme, y nadie podía meterse en la bronca que tenía consigo mismo. No culpo a Zaira. Creo que hizo lo que pudo, pero estoy seguro de que en algún momento se rezagó en grandeza, y ahí mismo firmó su acta para el olvido. Mi padre advertía, pero no daba segundas oportunidades. "El camino andado ya no tiene sorpresas", afirmaba en esos casos. Fotos, papeles, mierda, fotos. Qué mierda son las fotos. Un papel que vuelve intemporal lo que el corazón no puede intemporalizar. Cuánto diera mi padre por poderse virar, ahora mismo, sonriendo junto a esta otra muchacha que no sé quién es, pero que debió hacerlo feliz aunque fuera por una semana. O junto a este hombre de rostro bonachón y barriga bien complacida. Sí, éste debe ser el poeta que le prestara la casa cuando él y mi madre rompieron un amor que según sé también fue ardoroso y pendenciero. Y ahora, ¿ahora me río o lloro? Este soy yo. No tengo más que cuatro años. Estoy con el rabo afuera y me empino un biberón. Las manchitas que se me ve en la cara deben ser la varicela. Tengo cara de enfermo, y mi padre me mira enternecido. El está flaco como un rayo de bicicleta. "No, no puedes ir", parece que me dice desde la lejanía de la cartulina, "pero el domingo que viene, vamos al Zoológico y te enseñaré a jinetear un cocodrilo". La Cocodrila. Así le decía él a Zaira al principio. Yo sé que la veía como una putica divertida, alguien con quien llenar los atardeceres que le habían quedado sin techo, sin plato y sin mí, pero cuando le clavó dos veces esa mirada que tenía, de admirador inquisitivo, y descubrió que estaba equivocado, que Zaira era un ser humano bueno para apreciar y para amar con todos los enredos con que llegamos a la vida, y que a lo mejor servía para reinventar la dicha, empezó a decirle La Coco, y la gente empezó a darse cuenta que él empezaba a amarla. El criterio general cambió, la gente elogiaba la relación, y entonces, mi padre permitió que ella entrara en mi vida. Las otras fueron fogonazos. No las dejó ni rozarme. "El cariño duele, vale más no encariñarse", decía con algo de protección en los ojos. Zaira se prestó para el peregrinaje. No sé cuántos lugares visité en ese tiempo con ella y mi padre. Andaban de saltimbanquis. La casa apuntalada del poeta, donde había más goteras que techo, pero más amor que intemperie; el apartamento del Vedado, en el que el salario de mi padre se fugaba como un suspiro sólo en el alquiler; la casa de la madre de Zaira cuando al fin los aceptó a regañadientes, y por último, este apartamento que ahora estoy revolcando para ver si encuentro aunque sea un pedazo de la voz que cada domingo me preguntaba "Pablo, ¿tú crees que podamos llegar a ser amigos?" Abro el balcón. Se murieron los cactus. La begonia está muerta. Las macetas son un desierto en miniatura. No lo imagino cayendo. Dicen que la cabeza le explotó en un reguero de burbujas que también explotaron una tras otra, y que sólo una, de un azul transparente, se elevó hasta perderse en el cielo. Demoré mucho en venir. Una casa es el hombre que la habita. Y aquí no está el hombre que pedía ser mi amigo. ¿De qué me valen fotos, papeles y recuerdos si él no estará más y yo no volveré a ser su Rey de los domingos?
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