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Introducción

Sobre el autor


Capítulo XLVIII


Los predicadores se hundieron, ya taciturnos, en la noche. Iban hacia la nada, con su cargamento de palabras vacías. Enmanuel, aliviado, asistió al nacimiento de su Dios. Un dios sin nombre, sin estampas. Un dios que traía consigo desde la infancia. Un dios tiránico que le había acerado la voluntad. Un dios caprichoso, que lo había enrumbado por todos los laberintos. Un dios benévolo, que le otorgara cuanto de satisfactorio concurriera en su vida. Un dios, en fin, a la medida de su existencia.

Sumergido en su soledad, saboreándola ya sin ansiedades, dueño para siempre de la tranquilidad del hombre que ha alcanzado todas las respuestas, supo que estaba al borde de la sabiduría. Las explosiones de las pompas brotadas de las últimas notas de la sinfonía de la equilibrista eran la simplificación del andamiaje con que el hombre complica el tránsito por los días que le son asignados. Eran la recapitulación de más de 30 años de vida, en la que habían ocurrido todos los sucesos que de manera fugaz, vertiginosa, como una novela contada a saltos, ahora fluían por las burbujas. Pero Enmanuel, en el fárrago de vivirlos sin explicaciones que los estropearan, nada había sometido al juicio definitorio y último.

Nunca había sentido la necesidad de saber más allá de lo que naturalmente percibía. Pero ahora su vida arribaba a un punto en el que estaba obligado a replanteárselo todo. Nada podía escapar al más honrado y descarnado de los análisis. El análisis que el hombre realiza consigo mismo y con el cual se responsabiliza para el resto de sus pálpitos.

Por eso, sentía que el Niño del Pífano no hacía más que despojarlo de su concepción bucólica del universo y ponerlo, una vez más, frente a lo que ya había transcurrido y que él, en su realización interior, no había advertido.

Nada era nuevo en aquellos hechos que se sucedían en el interior de las burbujas. La verdadera novedad estribaba en la necesidad de Enmanuel de enfocarlos de un modo realista, sin fisuras, por donde su viejo afán idílico pudiera penetrar.

La hora era definitiva. La hora de todas las asunciones. La hora de todas las renuncias, de todas las elecciones. La hora de adquirir el rostro que lo acompañaría hasta el latido último. Los únicos dos posibles estaban frente a él. El de la cobardía para el salto, que frunce el ceño para siempre y prohibe la sonrisa, y el del riesgo perenne que pone en la mirada la lumbre de las acometidas, por la felicidad posible de la ilusión. Con uno de esos rostros anda el hombre después que el universo le ha permitido escoger y desechar. El es el único responsable de la miel o el acíbar de su frente. La inconciencia acaba cuando las posibilidades son develadas, y el hombre elige.


Capítulo Cuarenta y Siete

Capítulo Cuarenta y Nueve




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