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Introducción

Sobre el autor


Capítulo XLVII


Segundos antes de despertar, con el sabor bilioso que dejara en su boca la fiesta de los Cangúpidos, Enmanuel alargó la mano tentando el espacio blanquísimo de su sábana y sintió la mordida del invierno. La gelidez de lo vacío clavó sus dientes en la mano, el brazo, el hombro, y le desgarró el pecho. No quiso abrir los ojos. El espanto de ver la cama alargándose como un desierto interminable le apretó los párpados. Ya había experimentado antes la sensación de ver la caída de la escarcha sobre la impolutez del lecho. Ya había visto antes cómo la albura de sus sábanas se expandía más allá del largo de su brazo, cómo repletaba la habitación, cómo rompía las paredes y cómo desaparecía en lo inextricable de los caminos que conducían hacia la nada. Ya conocía la soledad del despertar y quiso ignorarlo, hacer como con esas verdades que no nos sirven para vivir y que aún después de descubiertas las olvidamos para poder seguir viviendo.

Fue cuando sintió la corcomilla en el ombligo y escuchó la rapsodia de la vanidad. El Niño del Pífano se le había escapado sin su consentimiento por el aliento dormido y, acomodado en el cuenco diminuto, hacía sonar su instrumento. Enmanuel pensó en salir nuevamente y rescatar sus amantes olvidadas, pero ya sabía del encono que le producían al encontrarlas ocupando un lugar que de todos modos permanecía vacío. Era mentira la sustitución, cada historia es ella misma, y nada llena el espacio supuestamente abandonado, sino que lo acentúa. El espacio de una historia es irrepetible y único, y por demás indeleble. Nada lo borra, sólo el tiempo en su fluir callado atempera sus contornos o los reafirma.

Intentó poner en manos del tiempo el olvido. Pero la música del pifanista le posaba estremecimientos en cada vello. Padecía una especie de remordimiento. La inconformidad consigo mismo le puñeteaba la almohada bajo la cabeza, e instalaba en su pensamiento el galope de una yeguada cerril. Prefirió pensar que se trataba de su conocimiento y su terror por la soledad, y que su estado sería pasajero. Pero repasando todas las soledades, la del hombre frente al infinito, la del hombre frente a sí mismo, la del hombre en la búsqueda de Dios, la del hombre ante su destino, entendió que la soledad más terrible de todas era la cotidiana, porque las otras apenas si nos damos cuenta en el fragor de vencer la diaria de su existencia, y eso precisamente constituyó el dispositivo para convocar definitivamente a su conciencia.

Se incorporó trastabillando. Vio a la flor desmayada, a los versos huyendo, tragó el amargo sabor de la fiesta de los Cangúpidos, se sirvió una copa, abrió la puerta de la terraza y permitió que la noche inundara la casa.

Salió, brindó por el infinito y descorrió todos los cerrojos de su alma. El rodo de su corazón saltó a la noche cruzada por el viento del mar.


Capítulo Cuarenta y Seis

Capítulo Cuarenta y Ocho




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