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Introducción

Sobre el autor

Capítulo XLII


La bruja me está tirando las cartas. El Tarot es de una poesía parabólica. No dice nada por lo claro, hay que reinterpretarlo todo. La Rueda de la Fortuna es una carta muy veleidosa. Las Estrellas, en la casa del Arte, parece garantizar el triunfo. El Eremita me sale siempre en la casa de la Personalidad. El Carro dice que es mi carta, que así es mi carácter, fuerte, inflexible. La bruja me está tirando las cartas. Cualquiera enloquece con esta bruja. No tiene escoba ni es una vieja escrufulosa. No vive en un viejo castillo, y raras veces está sola. Esta bruja tiene pelo de sol, piernas de corista, risa de música y talento de genio. Es una bruja alegre. Hoy la encontré en El Conejito, un restaurante-bar de la calle 17. Nos tomamos un ronazo y nos fuimos a La Carreta, otro bar del Vedado, pero en la calle 21. Nos tomamos unos ronazos más y a la bruja se le subió la brujería. Empezó a decirme cosas tan lindas que no supe si eran arte de adivinación o bellezas de su pródiga imaginación. Pero me sacaron del gorrión que traía cuando la encontré. Qué linda es la bruja. Muchas veces nos hemos acercado, con intenciones un poco más que amistosas, pero nunca ha pasado nada. Siempre sucede algo que no nos permite ir más allá de esta relación poético-descargosa que siempre hemos tenido.

¿Dónde hallé a la bruja por primera vez? Fue en la casa que ocupaba una revista cultural para los jóvenes, El Caimán Barbudo. Ella conversaba con el Beni Marqués y yo llegué, creo que a interrumpir. Asumí el papel de sapo, de chaperón. Me avergonzaba, pero es que la bruja estaba ejerciendo sobre mí un hipnotismo como el que narra Tolstoi que ejercía la princesa Elena en La Guerra y la Paz. Subyugante, paralizante, sin que ella misma se diera cuenta. Tenía el pelo rizado rubio desbordándosele por debajo de una boina negra, cayéndole sobre la redondez despeñante de los hombros, un pulóver bastante indiscreto como único resguardo de los incitantes pechos. De pie, inclinada sobre un buró donde se acodaba, las caderas salerosas expresaban su potencia. Al Beni no le quedó más remedio que presentármela. Creo que no le caí mal. Ella me despertó al loco. No se lo dije porque por entonces yo estaba muy enamorado de Estrella y lo primero que aprendí de la bruja es que no soporta los engaños.

"¿Así que eres casado? Menos mal, porque ninguno lo dice".

Desde entonces traté de verla con más frecuencia. Inventamos millones de trucos para encontrarnos como al azar, ingenuamente. Pero nada ocurría. Nos reíamos, hablábamos de todo. Nada más. Y yo, loco porque sucediera. La bruja es de esas mujeres que después que uno las conoce se le quedan por dentro.

Cuando Zaira se fue, porpoquitico nos empatamos. Hasta nos citamos, con el firme propósito de que ocurriera lo que parece que desde siempre hemos estado esperando. Pero La Rueda de la Fortuna es una carta muy veleidosa, y volvió a girar sin avisarnos. No pasó nada. Ni siquiera la cita ocurrió. Nada de bravezas. Seguimos tan amigos como antes. Ni nos preocupamos sobre quién había tenido la culpa. "No es nuestro camino", dijo, y yo pensé lo mismo.

"Vas a escribir una cosa muy rara", me dice ahora. "Para lograrlo tienes que estar solo. Es el precio. Lo tomas o lo dejas. Tú eliges", y se calló.

No le hago mucho caso. La bruja es linda. Tiene puesta una bata de casa muy tierna. Telita de niña, muñequitos rosados y verde claro. No sé si ositos o perros. Qué bien le queda. Nunca la había visto en bata de casa. Es niña y madre a la vez. Su expresión es infantil, pero su mirada maternal. Qué raro encanto tiene la bruja. ¿Será bruja de verdad y lo embobecerá a uno? Bueno, que me embobezca. Ella lo merece. Me siento tan bien cerca de la bruja. Si todas las brujas del mundo son así, que se me llene el alma de brujería.

"No bebas", me dice ya en la puerta. "El ron lo único que hará es dejarte sin ganas de nada".

Y qué caso le hice. No más salí y doblé por San Lázaro, cuando fui a parar a la Taberna Checa. No hay nada. Por Infanta hacia 23. Sólo Las Vegas. Hay que entrar por parejas. Las mujeres se han vuelto una especie de ticket para entrar a los bares de la ciudad. Ya no se puede ir solo a ningún lugar. En el lobby del St. John's, al fin, puedo darme un stright doble. Me baja encendido por la garganta. Recuerdo a la bruja. Si estuviera aquí conmigo me sabría mejor. Recuerdo "no bebas". Resuena como en un eco la voz de la bruja. Yo creo que amo a la bruja, pero no podría vivir con ella. La bruja es de tranca. Hay que asumirla como es: libre, inteligente, valerosa. Eso es demasiado para la mujer de un machista. Qué va, yo no puedo. Prefiero amarla de lejos, saber que pudo ser. Es más hermoso. Y no se ensucia con broncas. Para asumirla, yo tendría que ser otro. Y sé que no cambiaré. Nada. Ella no me tocó en la rifa universal. Y tratar de cambiarla a ella sería una locura. Ella es así o no sería la bruja. Bruja loca y linda. Bruja mía y de todo el que la sepa amar de esta manera o de la otra, pero asumiéndola en toda su complejidad y grandeza. Es hasta buena poeta la muy bruja. Yo no puedo.

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