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Introducción

Sobre el autor


Capítulo XXXVII


Cada hombre aspira a la salvación. Pero la salvación es, según la opinión individual, aquello que más se añora, de ahí que las promisiones cobren una incalculable fuerza. Si todas las tareas del hombre quedan inconclusas porque la vida no les alcanza, aspiran a otra vida, y si aparece una promesa de eternidad, el hombre se afilia a ella con la credulidad de todas sus inocencias.

La pompa más vasta, más habitada, de todas las que explotaron la noche de los descubrimientos de Enmanuel, fue la burbuja de los bondadosos. Los que desaparecieron ante su mirada eran hombres píos que habían aprendido la piedad padeciendo y aspirando a una salvación que les proporcionaría su piedad. Como conocían de su indefensión frente a la infinitud del universo se tornaba solidarios entre sí, pero con la intención de que la mirada, atenta siempre a los actos, le tomara en cuenta su cualidad piadosa. Porque "Todo hombre -rezaba en su doctrina- que ha padecido y necesitado, si es bueno se torna compasivo; si malo, indiferente e impío. Los buenos se salvarán".

Pero nunca tuvieron en cuenta los habitantes de la vasta pompa que la verdadera bondad es aquélla que se ejerce sin aspiraciones ulteriores, la que nace como un manantial incontenible que cesa sólo cuando se agota y que fluye a veces a pesar de quien lo lleva en sí. Reclamar un pago por las pequeñas bondades es como no haber sido bondadoso. Y ése fue el error de la gigantesca burbuja. Su piedad estaba destinada a acumular méritos que luego les serían retribuidos.

Como habían recibido la influencia de la pompa de los convenios, vieron en su actitud dadivosa una especie de contrato a largo plazo con la inmensidad del universo y sus misterios. Estudiaron el juego del intercambio y comprobaron que era más útil cobrarse los favores entre ellos que esperar a que el infinito saldara las cuentas de los que una vez necesitaron. Y como todos habían sufrido la necesidad, ya material o espiritual, en el momento desgraciado les era más fácil llorar para convencer que demostrar la necesidad, y todos aprendieron un llanto engañoso que descorazonaba, pero que se diferenciaba mucho del verdadero.

Aprendieron también que detrás de cada llanto venía la petición, y se prepararon para en cada momento brindar la mitad de lo solicitado y no presentarse como impíos ni frente al ojo atento del infinito ni frente al que, una vez salido de su infortunio, podría resalcirle su bondad.

Así vivieron hasta el momento en que Enmanuel, con espanto, los vio desaparecer en la fugacidad de las notas del pifanista, y tuvo la sensación de que las explosiones se le tornaban interminables, que los ladridos de Argos lo instaban a la introspección más aguda para determinar si su llanto por la Troyana de segundos antes, cuando despertara con el sabor bilioso en la boca, había sido verdadero o la burda estratagema de los habitantes de la burbuja gigante. Saber si el Abuelo le suplicaba el asesinato del Niño del Pífano cobrándole el favor de sus enseñanzas y si la Troyana se jugaba la vida sobre un relámpago con el único afán de que él la acompañara en el momento en que el pifanista acallara el instrumento y la ilusión fuera para ellos solamente aquella pompa azul en que nadie creía, porque era como una quimera inventada por un duendecillo para consolar a un hombre desolado que acababa de servirse una copa y salía a la terraza para hundirse en el aire salitroso que el mar empujaba.


Capítulo Treinta y Seis

Capítulo Treinta y Ocho




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