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Introducción

Sobre el autor

Capítulo XXXV


Zaira, te iría a buscar. Sobre todo a esta hora en que me despierto y descubro que todas las luces de la casa están encendidas, y que estoy acostado con toda la ropa que usé ayer, y que me he pasado la noche pensando que nunca tuve la suficiente confianza como para contarte que aquella noche en que me esperaste, muy de deshabillé verde claro, delicadezas desacostumbradas y ganitas falsas para pasar por muy desarrolladas, por muy siglo XXI, sí estuve con Beatriz. Siempre supe que no me lo perdonarías, y me alegré mucho de que te portaras de esa manera, que no armaras una escenita, que hubiera sido falsa también, porque a fin de cuentas, ya estabas muy convencida de que no era para tí el hombre más fiel de La Habana, y no me obligaste a mentirte. Te lo agradezco. Aunque te hubiera agradecido más que tú y yo hubiéramos sido como Bertucha y yo, sin reservas, sin secretos. Pero qué le voy a hacer. La vida de pareja tiene otras leyes. Qué lástima. Te iría a buscar, porque estoy vacío como un zapato abandonado. Te iría a buscar, porque estoy mangriño. La Caraqueña se fue hace más de una semana, y me disparo hasta con el roce de una mosca. Te iría a buscar, porque me doy cuenta de que aunque llene esta casa de muchachas, voy a estar tan solo como ahora, porque no son las muchachas las que matan la soledad, sino la muchacha que uno tenga metida entre ceja y ceja. Te iría a buscar, pero no me da la gana, porque ya decidí que te voy a botar también de la cabeza. Y te voy a botar sin ayuda de nadie. Yo solito. Todos los pensamientos que te dedico los usaré en escribir. Escribiré la novela que siempre he querido. Una novela sin marco histórico. Una novela sin apologías políticas. Una novela sin ubicación geográfica. Una novela sin personajes tradicionales. Una novela con un solo personaje, que sea todos los personajes a la vez. Una novela donde el tiempo apenas cuente. Una novela donde todo ocurra de un tirón, junto, que sea como una explosión de pompas de jabón en manos de un niño travieso. Una novela que no se parezca a ninguna de las que he leído, pero que tenga la herencia de todas las que me han gustado. Una novela como la que te dije que escribiría en el estudio que habíamos soñado para los dos, pero que haré sin tu presencia, aunque esté tan en mí que tenga que matarte en cada letra que trace. No sé todavía cómo lo conseguiré, pero ya las visiones me andan rondando. Ya mi diario no me deja estar en paz. Ya voy a empezar, porque si no trabajo me convertiré en un alcohólico y me quedaré sin tí, sin empleo y sin novela. Ahora apago todas las luces. Recojo los regueros de la casa, ordeno los papeles sobre la mesa de trabajo y redacto la primera línea.

Era un Mesías que llevaba más de 30 años…

Qué clase de porquería. Se parece al inicio de El Viejo y el Mar. Rompo la hoja.

Vive la ilusión, porque me dijeron que aquí encontraría.

¡Ah…! Así empieza Pedro Páramo. Tampoco sirve para empezar como lo hizo Rulfo. Otra página que se jodió. ¿Cómo se empieza una novela? Y entonces es que voy al Diablo. "Como quiera, comemierda. Lo importante es romper el hielo".

"Cállate. Tú no sabes nada".

"El que no sabe un carajo eres tú. Y me voy. Quédate solo a ver si te explota la cabeza".

¡Eso es! Una explosión. Una explosión de pompas, y que dentro de cada burbuja haya una historia. Una historia o lo que sea. No hay que aferrarse.

"¡Eso es! Soltar al loco, dejar que sea él quien la escriba", me dice el Diablo, que prometió irse, pero que no lo hizo.

"Vete a la mierda", le digo.

"Y me voy", me dice. "Pero suelta al loco, comemierda, o no vas a escribir la novela".

Capítulo Treinta y Cuatro

Capítulo Treinta y Seis





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