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Introducción

Sobre el autor


Capítulo XXXIII


"Hola. ¿Por qué has venido?"

"Tenía ganas. Necesidad. Simple añoranza".

"¿De qué?"

"De la infancia".

"Y, ¿qué infancia?"

"Por lo menos nos queríamos".

"¿Quererse? ¿Estábamos unidos? Vivíamos juntos, querrás decir".

"Teníamos sueños, no sé. No se nos había extraviado el Niño".

"Siempre has tenido sueños. Te gusta despegarte de la tierra. Creo que eso nos aleja".

"No son mis sueños lo que nos separa. Más bien tu exceso de objetividad".

"El tiempo me ha dado la razón".

"¿Qué quieres? Debes haber venido buscando algo".

"Sí".

"¿De qué se trata? Si está en mis manos…"

"No. Está en mi corazón".

"Bla".

"No es necesario que lo entiendas. Conque existas, basta".

"¿Vives de mi existencia?"

"No. Recuerdo la mía".

"¿De qué te sirve?"

"Me hallo de otra manera. Menos cansado, más amoroso".

"Siguen siendo las mismas verracadas de siempre".

"Es bello".

"La belleza no soluciona los problemas".

"La falta de belleza es lo que crea problemas".

"Eso es filosofía de ociosos".

"No vine a discutir. Si te hace feliz creer que tienes la razón, la tienes. Sólo quería recordarnos".

"Te complace perder el tiempo. Yo no me muevo si no es para resolver algo".

"Yo tampoco".

"¿Qué resuelves?"

"Algo".

"Me da risa".

"No es por tí. No es para tí. Es para mí".

"Pero, ¿el egoísta no soy yo?"

"Egoístas somos todos. Es de otra cosa de lo que alguna vez, tontamente, te he acusado".

"¿De qué?"

"Ya no tiene importancia".

"¿De qué?"

"Olvídalo".

"¿De qué?"

"No vale la pena".

"¿De qué?"

"De lejanía. De olvido. De vacío".

"Has tratado de llenar tu vida con todo lo que nos faltó de niños. No te has preguntado nunca si eres feliz porque crees serlo. Sin embargo, eres un hombre sin niño. No te has preguntado nunca por las necesidades del corazón. Las añoranzas matan más que la falta de pan. La gente viene a verte porque te añora, porque te quiere, no por tu pan. El pan puede brindarlo cualquiera que sienta necesidad de ser bondadoso. Pero un recuerdo, sólo quien lo vivió contigo".

"¿Fue para ofenderme que viniste?"

"Vine para recordar que te quería. Disculpa, ya me voy".

"De verdad, ¿no necesitas nada?"

"Ya lo tomé. Hasta la próxima".

Enmanuel lloró recordando la conversación. Tenía la sensación de haberlo vivido antes. Era como si Caín volviera a levantar el arma. En su soledad, también requería un regreso. Pero sabía que lo tenía prohibido desde la mañana lluviosa en que partiera y empezara a ser olvido hasta el bocado que su madre puso entre sus prendas personales. Necesitaba alguien con quien consultar, a quien pedirle consejos, ayuda. Pero estaba irremediablemente solo. La puerta de la terraza abierta, el aire del mar cruzando la noche, el sabor bilioso que dejara en su boca la fiesta de los cagúpidos, y el Niño del Pífano entonando la sinfonía exótica.

- La vida de la familia es finita -dijo el Niño del Pífano. Se desgaja como un árbol. Cada rama busca la porción de sol que le corresponde, y el tronco, allá abajo, queda solo. Se regresa a él sólo para recomponer paisajes que ya nunca responderán fielmente a lo vivido. Según sea quien regrese, un triunfador o un vencido, así será lo que veas en el espejo del recuerdo. Y donde hubo un infortunio, podrás ver una aventura o viceversa.

Ya, sobre el relámpago, hacía equilibrios la Troyana. Ya el abuelo le imploraba a Enmanuel que asesinara al Niño del Pífano. Ya Penélope y las pastoras ascendían. Ya Rebelia deambulaba, con las ninfas violadas por Príapo en la Laguna de la Leche. Ya el salto era un ardor bajo los pies de Enmanuel cuando estalló la pompa de la familia.


Capítulo Treinta y Dos

Capítulo Treinta y Cuatro




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