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Introducción

Sobre el autor

Capítulo XXXII


Se fue la flaca. Se fue Vania. Volvió con mi amigo. Se fue la caraqueña.

Se fue la luz, ¡recoño! ¿hasta qué hora será el apagón? Todo se une para que la vida me cobre el caro precio de vivirla. No sólo está faltando la jama en los mercados y las guaguas en las calles y la bondad en la gente, sino que para colmo está faltando la electricidad en las noches, que es cuando a mi diablo le da por soplarme sus disparates al oído.

¿Qué haré con mi pensamiento en la oscuridad? Me acuesto. Eso. Me tiro a ver las sombras chinescas que se proyectan en el techo y las paredes cuando entren luces ajenas por las persianas. Sombras chinescas. Qué lindas eran en la infancia. Nos reuníamos en casa de Bertucha cuando faltaba la electricidad y nos colocábamos de manera que el farol nos quedara a las espaldas y con las manos hacíamos figuras que aparecían en la pared. Ocas, chivos, gaviotas.

Si nos aburríamos de las sombras chinescas Bertucha y yo nos escondíamos en algún rincón para descubrirnos cosquillitas por el cuerpo. Ella siempre terminaba manoseándome el mismo lugar. Pero cuando yo me ponía pedigüeño y le decía: "Chica, nada más que un pedacito", ella se arreglaba la falda y se iba. "Qué va, eso se rompe una sola vez y después no puedo casarme". Y yo me quedaba alacrán tirando rabazos para todas partes.

Bertucha era mi mejor amiga. Aprendimos a masturbarnos juntos. Ella me sonsacaba. Nos escondíamos en un cuarto de desahogo que había en su casa y allí nos revisábamos cada adelanto de la adolescencia. "¡Echa eso pa'llá!", chillaba, después que me había contemplado a sus anchas. Con ella no me daba pena, a ella sí. Por eso cuando lo iba a hacer se colocaba boca abajo sobre una colchoneta vieja que había en el cuarto de desahogo, metía su mano derecha debajo del cuerpo y las nalgas se le erizaban como un guayo y tenía que morderse la mano izquierda para que los suspirones que se le escapaban no llegaran al resto de la casa. Y cuando los suspirones y la mordida en la mano era cuando yo agitaba más duro la mano mía y ella con los ojos aguaditos chillaba "¡Echa eso pa'llá, que eso es lo que preña!", pero yo casi no la oía, pero la entendía porque era lo que siempre decía.

Bertucha. Pajera mía. Cuánto te he echado de menos desde que te dio esa idea de morirte. ¿Por qué lo hiciste? Si yo te quería mucho. Cuando me enteré fui a ver si te encontraba en el cuarto de desahogo de tu casa, pero no te encontré. Creo que tú fuiste la primera en dejarme solo. Estas que se han ido ahora no me hacen tanto daño, pero contigo tenía una historia más larga. Eramos amigos, aprendimos a masturbarnos juntos. Nos queríamos de a porque sí. Tú no querías ser mi dueña ni yo el tuyo. Hablábamos de todo sin que mediaran intereses, nada nos hería. Tú me contabas de tus novios y yo de las mías y no nos enfadábamos. En verdad los novios envidiables éramos tu y yo.

Nunca dejaste que te penetrara, porque cuando eso ser virgen era todavía una garantía de decencia, era un atributo casi indispensable para asegurar el matrimonio. y a ti te interesaba tanto como a tus padres salir de casa bien casada. Después te cagaste en eso, llegó Mario, y sin insistir tanto, ripió la santa y tan resguardada telita. Te dio más dolor que placer, me contaste, y cuando con el paso de las veces le fuiste encontrando el encanto, Mario no volvió. Lloraste hasta la sequedad de los ojos. Hiciste del sexo un deporte. Ya te importaba un comino el matrimonio, la virginidad y la decencia. Inventaste toda una filosofía sobre el himen. Lo veías como un estorbo, como una limitación. El primer paso, según tú, de la liberación de la mujer, estribaba en liberarse de esa mebranita de mierda.

Ahora habrían de quererte por ti misma y no por la conservación de algo que en realidad no probaba nada. Porque, a fin de cuentas, lo que hacíamos tú, me decías al final, y te proponías sonsacarme como antes de Mario, pero ya yo no podía. Ya no eras la Bertucha temerosa y alerta contra mis excesos. Eramos cómplices, o más que eso, éramos novios del alma, y eso no deja que la carne se propase.

Nunca más me permití pensar en ti con ganas. No sé si eran prejuicios míos, pero como yo me creía en el derecho de ser el primero, después ya no podía. "Mira que eres comemierda", me dijiste. "Lo importante no es ser el primero o el último, lo importante es ser". Y no sé, Bertucha, creo que tenías razón. Nunca lo hicimos y sin embargo, tú eres. Eres una parte de mí que me llega de la distancia y se me torna imprescindible para no ahogarme en esta noche en que las sombras chinescas me hacen cerrar los ojos para no ver en ellas todo lo grotesco que me sugieren mis imaginaciones enfermas de angustia.

Pero sería mejor que estuvieras vivas y yo pudiera contarte lo que me está sucediendo, porque me atraganto cada vez que se me ocurre contárselo a alguien, y me doy cuenta de que no confío en nadie como en ti, y que no debiste morirte, coño, porque ya no tengo novia del alma a quien decirle todo lo que me pasa sin que eso la hiera.

Bertucha, pajera mía, ¿a dónde van los muertos que uno no los puede ver, aunque hable con ellos?

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