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![]() Capítulo XXVIII Bluefields. ¿Dónde rayos quedará eso? Si hubiera sido París o Londres, iría el director o el vicedirector. Estarían por una semana y luego se pasarían un año entero contando las maravillas de la gran ciudad. Así somos de provincianos. Bluefields es para cualquiera de los otros. Me lo saqué en la rifa de las catástrofes. Pues bien, arreglo el maletín, leo sobre el lugar. Mañana estaré en tierra ajena. Llegué un mediodía de sol reverberante. El aeropuerto no es más que un terraplén rocoso donde el avión se zarandea al aterrizar. Una piara de chiquillos panzudos, descalzos, requemados de tanto asolearse, nos aguardaban para pedirnos caramelos y chicles, como si fuéramos turistas de otra parte del mundo. En un jeep ruso nos llevaron hasta el campamento. Cuatrocientos constructores cubanos habían venido para construir mil casas que donara el gobierno cubano. La zona autónoma de la costa atlántica de Nicaragua había sido arrasada por un ciclón. Fuimos enviados para reportar "la heroicidad de nuestros aguerridos hombres de los cascos blancos". El periódico necesitaba un reportaje donde se reflejara la desinteresada solidaridad del pueblo cubano con sus hermanos nicaragüenses. Yo me había informado sobre mizquitos, sumos y ramas, había repasado mi torpe inglés, pero no vi un cabrón indio por todo aquello, ni tuve que usar la lengua que aún no domino. Hombres macilentos y recelosos que se apiñaban en ventorrillos particulares con mercancías traídas de contrabando desde Honduras y Colombia era lo que pululaba en el centro del pueblo. Un muelle apestoso a pescado y marisma, un prostíbulo clandestino y una biblioteca mal iluminada y casi sin libros eran el mejor atractivo. Las obras no adelantaban, porque cuando había cabillas faltaba la madera y cuando había madera no habían llegado las puntillas. El despilfarro de materiales daba grima y no faltaba nunca un aguacero que detuviera el trabajo por tres días. Escribí una crónica dulzona y vacía. Lo que me dijeron los constructores era imposible de publicar. Conocí a Pablo Ernesto, hubiera querido escribir un cuento sobre su verdadera heroicidad. Pero, ¿quién se atrevería a publicármelo? Lo que se deseaba era que se llenara media plana de cifras alentadoras, fotos que atestiguaran los adelantos de la obra, entrevistas a los abnegados constructores cubanos que estaban dispuestos a dejar en Nicaragua su sudor y su sangre. Nada de que cambiaban dos latas de carne rusa por los favores de una divorciada con dos chavalitos que alimentar. Nada de que el litro de ron mensual se cambiaba por un pulovito de colorines para enviárselo al niño que esperaba en Cuba por su padre internacionalista. Nada de que el plan marchaba con meses de retraso. La apología rosada, el periodismo combatiente. De todos modos, anoté la historia de Pablo Ernesto para no sentirme tan asqueado. Ya Zaira no estaba para leerlo y lo escribí para mí. Un día, si lo publico, Pablo Ernesto, que no se llama Pablo Ernesto, y Lidia, que no se llama Lidia, sabrán que lo escribí realmente para ellos, para gentes como ellos y el cuento dice así: Esto hay que terminarlo Pablo Ernesto dio el último brochazo antes de que el aguacero repentino lo llevara mucho más allá de donde el mar se pierde en lontananza y deja en la mirada una sensación de lejanía inalcanzable. Depositó la brocha sobre la boca de la lata de pintura y se quedó contemplando la casa recién terminada donde trabajaba. Las molduras de las puertas y ventanas culminaban en arcos de medio punto donde un rojo rabioso parecía quemar los ojos. El techo, más por capricho de los nativos que por funcionalidad arquitectónica, y que retrasó la obra hasta el extremo del incumplimiento de los primeros compromisos, estaba fabricado a dos aguas, con tejas de fibrocemento. Las paredes eran todo un descubrimiento para los habitantes del barrio. Compuestas por losas prefabricadas, cerradas por columnas, que le propiciaban cierta gracia al diseño. El largo portalón embaldosado con mosaicos de un gris desganado, armonizaba con la baranda que corría de columna a columna, buscando una similitud con la vieja costumbre inglesa del siglo 18. La sala, amplia y bien concebida, daba por medio de un pasillo central a los tres cuartos, el baño, la cocina, y culminaba en un pequeño cubículo en el cual se había instalado un lavadero bajo techo. La lluvia le trajo la idea de que aquella casa, con una buena limpieza que la despojara de los residuos de la fabricación, era perfectamente habitable. Sólo le faltaba la conexión con la red de drenaje, la acometida de agua potable y gentes con ganas de llenarla de algarabías infantiles, vida familiar, sueños y esperanzas. Miró una vez más la lluvia, que en esta parte del mundo parece eterna, y recordó otro aguacero. Fue una remota tarde del otoño cubano. Observaba por la ventana cómo el agua les impedía regresar a tiempo a casa de Lidia. Ella, con los brazos cruzados sobre los pechos desnudos, el pelo revuelto y ladeada ligeramente sobre sus piernas esculturales, tenía una expresión de satisfacción y contrariedad a la vez. El, con el dedo índice, revolvía un cubito de hielo dentro del vaso donde el ron se amansaba a medida que se mezclaba con el agua. No podían resolver nada, la decisión fue obligatoria. Cuando sonó el teléfono Pablo Ernesto no tuvo otra opción. La voz del posadero resultó grosera y la pregunta punzante. "Sí, nos quedamos", respondió y colgó el auricular. "¿Estás loco?", gritó Lidia. "Nos quedamos. Y que sea lo que sea. No nos vamos a empapar, ¿no?" "Mi madre me mata mañana." "Ella también fue joven". "Es distinto." "No es distinto nada. Además, nos vamos a casar." Lidia calló. El escanció despacioso el trago que contenía el recipiente. Le levantó la barbilla con suavidad invitadora y la recorrió palmo a palmo sin el menor recato. "Te quiero mucho. Que llueva hasta mañana." Ahora también tenía ganas de que siguiera lloviendo hasta mañana. Habían sido meses de trabajo intenso, arduo, antes de que las primeras casas alzaran su estampa contrastante con el resto del barrio. Santa Rosa, enclavada sobre un pequeño cerro, desde donde un valle plagado de techos brumosos muestra su melancolía y solamente sobresale el colosal edificio del Seminario Pío X, no era más que una fabela de casuchas improvisadas, en las que pululaban niños retintos de sol, mujeres ancianizadas a los 20 años por más de tres partos precocísimos y hombres recelosos, que las más de las ocasiones vagaban sin faenas especificas. El fango rojo, como una constante, servía de escenario en el que actuaban la leña húmeda y los pequeños anafes. Gentes de ropa mugrosa cocinaban tras las covachas unos condumios de penetrantes olores a grasa de coco, que luego servían en hojas de plátano y devoraban sin más cubiertos que sus manos sin asear. La única pieza de aquellos cuchitriles estaba amueblada con la pompa de la humildad más desoladora. Un balance sin brazos y con la rejilla del respaldo desguazada, una hamaca de saco de yute colgaba amenazantemente de las endebles vigas que sostenían una techumbre de zinc oxidado, donde un sol sin caminos balanceaba su abulia y un rústico banco de madera tosca, recostado contra la pared, sin más decorado que las grotescas manchas de humedad perenne. "¡Esto es una casa decente!", vociferó la madre de Lidia. "No escandalices, mamá." "¡Aquí la única que tiene que callarse eres tú!" Pablo Ernesto reprimía sus deseos de estallar. Con gran esfuerzo contenía sus ímpetus. La discusión se avivaba, se encendía a cada instante, tomaba matices peligrosos. La madre de Lidia se histerizaba a cada palabra, la muchacha enrojecía y no atinaba a respuestas. La madre en cada arremetida subía el tono de sus ofensas. "Señora, por favor", profirió él. "Tú eres un buen descarado también." Fue más de lo que pudo soportar Pablo Ernesto. Rebotó como una pelota lanzada con fuerza descomunal. Tomó a Lidia de la mano, y como quien huye del fuego o la tormenta, la arrastró calle arriba sin temor a ninguna consecuencia posterior. Rabia en el pecho, chispas en la mirada, violencia reprimida en la mano que se crispaba sobre la muñeca de la joven, que apenas si podía seguirlo en sus largas zancadas. "Vamos a vivir aquí", le dijo a su padre Pablo Ernesto. "Si no hay más remedio", contestó el viejo rascándose la cabeza. Pero ahora era distinto, Lidia estaba muy lejos. El la añoraba desde un portalón envuelto por la bruma de la lluvia. Repasaba su cuerpo en la memoria. Reconstruía sus gemidos de amor, sus entrañas insaciables, sus manos escalofriándole la espalda, su voz dándole aliento para que no desfalleciera, para que el amor no se enturbiara por causas ajenas al propio amor. Y sus ojos, sobre todo sus ojos. Brasas explicadoras del misterio que lo llenaba de brío en las noches. La Habana era un consuelo y una amenaza a la vez. Allá estaba ella esperándolo trémula. Allá estaba ella batallando con la incomodidad de un hijo nacido sin casa propia donde crecer. Allá estaba el catre, armado en la sala después que todo el mundo se acostaba, para lanzar el cansancio de todo el día. Allá estaba su hermana, que después de un matrimonio frustrado había regresado a casa a compartir el único cuarto posible. Lidia, su hijo y ella lo habitaban. A él le quedó el consuelo del catre en la sala. Allá estaba la esperanza de un apartamento que la ansiedad hacía más tardío. Allá estaba la amenaza de regresar y encontrarse de nuevo en la misma situación. "Brother, ¿es verdad que La Habana es bien linda?" Lo sacó de su ensoñación un negro corpulento de piel brillante que hablaba con ese raro acento del inglés costeño de Bluefields. Pablo Ernesto lo miró como a un extraño, como a un intruso que rompiera bruscamente su paisaje interior, a pesar de que llevaba varios meses enseñándole las mañas de un oficio que él mismo había aprendido en la contienda, sin más maestro que la obra. "Sí, es muy linda. Y más linda se vuelve cuando está lejos. Desde Casablanca se ve casi completa. El Malecón bordea el mar hasta donde te da la vista. Primero se alza un hotel que es del tamaño de cien casas de éstas, una sobre la otra. Después ves el hospital, que es como tres veces más grande que el hotel. Y más atrás está el Habana Libre y El Capri y El Nacional y El Foxa, todos rodeados de otros edificios que te hacen mirar muy para arriba para verles el techo. Y mucha gente caminando de allá para acá y de aquí para allá. De noche se llena de colores. Se encienden muchas luces, las luces te dan mareo y brilla, relampaguea, canta. La Habana es brillante como una luna nueva. Escandalosa como un carnaval." "You are crazy. What are you doing here?" "Mira, negro, habla claro." "Que qué carajo estas haciendo aquí, compadre." "Eso es lo que alguna vez tendremos que entender." Y emprendió otro viaje hacia La Habana, La Habana de la cual no tenía por qué contarle a nadie. Su Habana metida en una ruta 61 con personas enracimadas en las puertas y un recorrido interminable hasta La Lisa. Su Habana de otro color. El Río Quibú deslizando su pestilencia a ras del patio de su casa. Sonrió con algo de ironía. Su casa. La de sus padres, que apretándose a más no poder le permitían, mal que bien, vivir en ella. Su Habana de burócratas de mejillas rosadas y barrigas tirantes bajo la guayabera impoluta, que en autos flamantes llevaban sus niños al mismo círculo infantil adonde Lidia llegaba sudorosa y apresurada antes de que el último ómnibus le provocara una raya roja en el libro de entradas de su trabajo. Su Habana íntima e inconfesable frente a extraños que pudieran agredirla. Para ésos tenía la otra, la de escuelas, hospitales, obras sociales, microbrigadas. Su Habana de colas y escaseces, de decenas de personas viviendo en una barbacoa, de gentes cargando agua desde un grifo instalado en la acera hasta el último piso de un edificio hambriento de reparación urgente. Su Habana, a la que le falta mucho todavía para que sea el sueño que desea, pero que a pesar de ello añora cada noche. Tarareó una canción que no recordaba ni siquiera su autor. No vivo en una sociedad perfecta, no quiero que le den ese nombre. Alzó la cabeza cielo, cuajado de cúmulos oscuramente grises, y notó que había escampado tan repentinamente como había comenzado a llover. El aprendiz jugaba con una tablita, poniéndola de barrera frente a una hilera de hormigas que se dislocaban al tropezar con el valladar, y regresaban rompiendo la formación. El negro sonreía con una expresión mitad ingenuidad, mitad sadismo. Los obreros habían recomenzado sus tareas. Ni el fango, donde las botas se quedaban atascadas, podía detenerlos. Pablo Ernesto levantó la brocha, alzó con cuidado la lata de pintura, sacudió la cabeza como despojándola de toda idea. "Vamos, Jenifer, que esto hay que terminarlo".
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