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Introducción

Sobre el autor


Capítulo XIV


Después de la explosión de la pompa guerrera, Enmanuel no pudo sobreponerse. La cabeza le quedó llena de recuerdos. Hombres apostólicos que habían ascendido hasta la piedra y eran hitos que parecían intocables por la erosión, habían volado en un desmigajamiento de estatuas.

No sabía en qué creer, su vida había transcurrido en una adoración total por los mármoles. Estaba desbordada de bellas historias contadas siempre por los vencederos, que las adornaban y cotejaban de tal modo con lo que debió ser, que más bien simulaban un ideal de perfección que una verdad histórica, sólo para que los demás la abrazaran e hicieran suyas en el noble propósito del mejoramiento humano; desbordada por el pensamiento romántico y crédulo de los que son adoctrinados para mansos.

Pero ahora que los mitos se le habían venido abajo, se encontraba en la disyuntiva de crearse unos nuevos o desmitificar su vida para siempre. Y Enmanuel era de los que no pueden vivir sin un credo. Quiso él mismo ser uno de los hombres de piedra y el horizonte se le antojó lejano y turbio. La voluntad le dio un retortijón en el estómago y el Niño del Pífano sonrió por primera vez con toda la picardía con que pudiera hacerlo un arcángel disfrazado de diablo.

"Puedo contártelo", le dijo el Niño del Pífano a Enmanuel. "Primero irás por el mundo siendo un Mesías, un predicador. Explicarás tu verdad y nadie te creerá. Nada es más difícil que creer una nueva verdad, la gente prefiere seguir viviendo con las que ya tienen. Te descorazonarás frente a la sordera humana y padecerás. Tu padecimiento provocará compasión, luego admiración y más tarde se te acercarán algunos que querrán compartirlo. Serán tus discípulos y al igual que tú sufrirán, pero continuarán porque ya les será imposible vaciarse de ideales. Los padeceres y la tenacidad los hará distinguidos, y si saben interpretar las calamidades de todos (calamidades que en el fondo no son más que pretensiones insatisfechas, ambiciones irrealizadas), los seguidores surgirán por todas partes. Serán ustedes un nuevo mito. Los investirán de un aura sobrenatural. Les acreditarán leyendas, los nombrarán con hipérboles y los convertirán en sus nuevos dioses. Puede ser que triunfen, y como no son realmente dioses (y aunque lo fueran, los dioses también son tentados) en los albores del triunfo intentarán cumplir el programa que prometieron bellamente en sus discursos de predicadores. Después, pretenderán demostrar que lo han cumplido y más tarde impondrán que lo han cumplido. Se alejarán de quienes peor viven, de quienes más necesitan el cumplimiento del programa, y la larga cadena de intermediarios les traerá noticias desvirtuadas y apacibles, y ustedes aceptarán que todo marcha bien. Nacerá entonces otro tenaz padecedor y vosotros, los antiguos benefactores del nimbo angélico, se tornarán represivos perseguidores de quienes, al igual que ustedes antes, proponen nuevas verdades, sólo que ahora contra ustedes y que del mismo modo líderes carismáticos del principio devendrán tiranos en la decadencia. Y así hasta el segundo final, si es que existe el segundo final".

Enmanuel quedó sin razones, vacío. Su mirada era una ingenua interrogación. La puerta de la terraza abierta de par en par. El aire cargado de mar traspasando la noche. El Niño del Pífano, al rente de bajar el instrumento. Por el camino de Santiago pasó, al trote lento de una mula cansina, un coronel que disfrazado de anciana, gritando de recuerdos y soledad, bajo una manta encartonada por sudores, frustraciones, derrotas y victorias, iba camino de un pueblo perdido tras las ciénagas, a morirse fabricando pececitos de oro, en una rutina tan empecinada como la de promover más de treinta guerras, cuyos resultados le dejaron el corazón tan estrujado como la muerte de una niña en un parto de mellizos.

"Adiós, Aureliano", voceó el Niño del Pífano hacia la constelación.

"Adiós, Simón Bolívar", saludó tímidamente también Enmanuel.


Capítulo Trece

Capítulo Quince




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