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Introducción

Sobre el autor

Capítulo XIII


Papeles, recortes de periódico, libros empolvados, lápices sin punta. Un abrecartas, lengua afilada y metálica. Una nota de Pablo "Papá ¿es verdad que las lombrices se comen a los niños del tercer mundo?". Apuntes para artículos que nunca he terminado, poemas inconclusos, tanta palabra huera. Tinta infeliz, mierda florida. ¿Dónde estará el comentario sobre la opinión que me pidió el director? Qué pendejo, no lo publicó. Se lo daré al Benny Marqués para "El dragoncito lampiño". Le gustó la idea, me dijo que lo incluiría en el próximo número. Se lo daré, nunca vienen mal los cuarenta pesos que pagan por las colaboraciones. No es mucho, pero me servirá por lo menos para invitar a la bruja a almorzar.

La bruja es linda. La bruja es ligera. La bruja alegra la mirada y alivia las desventuras. A la bruja la hicieron de risas y de tisanas. Pone los nervios en fila y ordena las pasiones. Cuando hablo con la bruja me baño en el Jordán, salgo limpio como de las aguas de un bautismo. La bruja es medicinal y loca. Tiene ojos que disparan ensueños, tiene palabras mágicas para los desconsuelos, receta contra las melancolías, mapas para los laberintos, danzas para la tristeza. La bruja anda por mi cabeza como por su casa.

"Cuando termines la pataleta me avisas para cambiarte los pañales", me dice y me aprisiona por la cintura.

Yo voy orondo, colegial caprichoso, caminando por la calle. A la bruja le encantó el comentario.

"Cualquier pedante hubiera citado desde Sócrates hasta Marx. Menos mal que todavía hay alguien con criterios personales", afirmó cuando terminó de leerlo.

Pero ahora no lo encuentro, dónde se habrá metido. Pablo le registró hasta el culo a las polillas.

"¿Y esto qué es? ¿Pero qué es esto?"

"Le puse Vinagrito por estar feo y flaquito".

Un gato escuálido de trazos infantiles llena todo el reverso de la página.

"Este es mi papá", garabateó con letra torpe. No sé si enfurecerme o echarme a reír. Me río.

Es uno de los folios del comentario, qué suerte, aquí están los otros. No los voy a mecanografiar otra vez, se van así mismo, con ilustración y todo.


La trampa de la opinión*

Opinar es atreverse, revelarse, rebelarse (¿por qué no?) y ejercer el pensamiento. Pensar es riesgoso. Los que lo hacen conocen el sobresalto interior que los amenaza y los atenaza. Indagar la verdad requiere de una valentía inusual. Llegar a ella asusta y hasta dan ganas de renunciar después de descubierta, pero ya no queda tiempo para pataletas. Se asume o se inventa una nueva mentira para seguir viviendo, lo cual prueba la impotencia y es entonces que se le echa mano a verdades conciliables para contemporizar dentro de una armonía las más de las veces falaz.

Derecho a opinar tiene todo el que sea capaz de pensar. Defender la opinión deviene deber, después de expresada. ¿Armas? Sagacidad, coherencia, cortesía, sabiduría. Una opinión puede ser necia y defenderse con tal sagacidad como para que se tenga en cuenta por lo menos hasta que otro demuestre lo contrario. Puede resultar acertadísima y defenderse con incoherencia tal que se volatilice. Puede tener en sí la salvación y, por carencia de argumentos sabios, esfumarse. Puede ser caótica y por medio de la imposición, palpable o encubierta, hacerse verdad.

La opinión en muchas ocasiones es una trampa. Ser consecuente con ella: una prueba de valor o de locura o de sensatez. Pretender acallar una opinión es reaccionario. Pretender imponer la propia como única lo es de igual modo. Hacerla valer por mayoría de prosélitos frisa la justicia, pero sólo la roza. Cientos de lucidísimas opiniones a lo largo de la historia han sido relegadas por razones múltiples. Las hay que han de dejarse añejar, otras que son impostergables. El tiempo tórnase juez inapelable siempre. Mas sucede que el hombre tiene apremios y ha comprendido que los procesos históricos sobrepasan en tiempo su plazo vital, de ahí que quiera hacer prevalecer sus opiniones con la mayor brevedad, necesita tanto realizarse. Luego tiene derecho a opinar y a defender sus opiniones con las armas que cuente.

Por otra parte, la opinión depende del escaño que ocupe quien la vierta. Desde un escalón bajo puede resultar desoída. Desde un peldaño elevado siempre se escucha, aunque se disienta de ella. Las opiniones, como los hombres ya que son su expresión, están jerarquizadas. No importa contexto, circunstancia, tiempo. La opinión puede tornarse oportuna o inoportuna, según la tendencia a favor o en contra de la autoridad. La opinión de la autoridad está respaldada por el poder, de donde es fácil plegarse a ella, lo letal puede ser contradecirla. La opinión de la autoridad cae en descrédito cuando no es representativa, portadora de la opinión generalizada. La opinión generalizada es comúnmente una opinión individual que ha ido ganando acólitos según el desenvolvimiento de las circunstancias concretas del hombre común, que la va haciendo suya y olvida el primero que la emitió y es cuando gana en recurrencia y fuerza.

Amurallarse en una opinión conlleva a parcialidad, unipersonalidad, tiranía. Hay que brindar la posibilidad de riposta para conseguir una verdad más abarcadora. Es muy fácil tener razón en las opiniones que vertemos, lo verdaderamente terrible, necesario, difícil, es hacer coincidir las razones de nuestra opinión con la realidad ajena y común. La libertad para opinar nadie la otorga o prohibe, el hombre la trae en sí. Entonces lo que resta es arriesgarse. El hombre, más que defender su opinión, pública o privada, lo que defiende es la posibilidad de ofrecerla cuando se le haga menester. Detrás de la movilidad dialéctica de la opinión están las manos del cazador de oportunidades. Como la opinión depende de las circunstancias del hombre, hay quienes varían de opinión con la celeridad del corredor de corta distancia, y en cada momento tienen disímiles opiniones. Con ésos la alerta nunca está de más.

La opinión, en suma, no es más que la ventisca que aviva fuegos mínimos y hasta fatuos. Los actos del hombre son su verdadera opinión. La palabra puede ser engullida por otra palabra, pero el brazo del hombre en su acción consciente, sólo deja de serlo cuando se le corta de cuajo. El pensamiento ayuda al brazo, pero no lo es. El brazo, sin el pensamiento, suele convertirse en muñón.

*Este comentario fue textualmente publicado en la edición 257 del Caimán Barbudo de abril de 1989.


"Mira que eres irresponsable con tu trabajo", me dice el Benny Marqués, mientras mira la obra maestra de mi hijo.

"Si preguntan por mí, diles que he muerto, diles que voy del azafrán al lirio", cito a Ballaga como respuesta. Sé que el comentario levantará ronchas, pero no le brindaré explicaciones a nadie. Si me andan jodiendo los remitiré al Martín Fierro. Nadie ha dejado más clara su posición, y a Che Guevara le encantaba la gauchada de José Hernández. Allá va eso.

Yo he conocido cantores
que era un gusto el escuchar,
Mas no quieren opinar
y se divierten cantando,
Pero yo canto opinando
Que es mi modo de cantar.

Estoy hasta la coronilla de corear. El cubano no tiene tres partes en el cuerpo. Nada de cabeza, tronco y extremidades. Sólo cerviz para asentir y manos para aplaudir. Alguien tiene que ser la nota discordante y ya yo tengo fama de atravesado. Así que ¡al carajo! Queda escrito.

Capítulo Doce

Capítulo Catorce





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