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![]() Capítulo XI Llueve. Está lloviendo sin consuelo. Es una mordida de brillos lo que nos envuelve. El agua baja fría por el espinazo. Ella recuerda a Gene Kelly y comienza a cantar "Singing in the rain". Imita que lleva un paraguas, y baja y sube de la acera cambiando de pie. Yo la aplaudo. Me salta a la espalda y sigo con ella a cuestas. El fondo del litro de aguardiente me golpea el pecho. Se baja de mí, rocín quebrado bajo su peso y me brinda un trago. Siento cómo baja trifulquero por el esófago. ¿Adónde vamos cantando bajo la lluvia? A casa del Poeta. Allí nos esperan nuestras dos amantes cucarachas, las manchas de humedad en la pared como grotescos caprichos de Goya. No sé si Saturno devorando a sus hijos o Mayo tragándonos a nosotros. Los quejidos de la barbacoa bajo el torrente. El fogón de kerosene que al fin aprendimos a manipular sin que nos ahume todo lo que cocinamos. La oportunidad de dar alaridos de amor sin que los vecinos del solar los perciban bajo el aluvión sonoro que nos regala el cielo. "¿Adónde vamos?", le pregunto. "A la gloria", me responde. "¿Dónde queda la gloria sino en tu vientre?" "A mi vientre, a mi vientre, a mi vientre", va gritando entre las coronas que pone el aguacero sobre el asfalto. Por la calle Humbold llegamos a Malecón. Las olas son un furor contra el acantilado. Saltan espumosas sobre el muro, bañan la avenida, esparcen sal por todas las fachadas de los edificios ruinosos. "A mi vientre, a mi vientre, a mi vientre, a mi vientre". Abre los brazos y gira, gira y la lluvia despega la etiqueta verde del litro de aguardiente. La etiqueta se contorsiona en el aire como una paloma gravemente herida. Abatida cae en el torrente del contén y es arrastrada hasta el tragante del alcantarillado, junto a toda la podredumbre de la ciudad. Gira y girando sorbe otro trago. "La Coronilla endiabla la sangre", me grita y me alarga la botella. Bebo. Bebo. El aguardiente sabe a sus labios lamidos por la lluvia. "No te subas -la alerto- las olas pueden tumbarte". No me hace caso. "Este aguacero es mío, me lo habías prometido", me dice riendo. La espuma de una ola inmensa me la escamotea de la mirada, reaparece con el pelo chorreándole sobre la frente luminosa. Corro junto al muro. Ella danza. Hay un frenesí en sus movimientos. Se me abalanza imitando el rugido de una pantera. Cae sobre mi pecho y tengo que esforzarme para no descalabrarnos contra el cemento de la acera. La llevo a horcajadas sobre el estómago. Sus brazos envolviéndome el cuello, apenas si puedo avanzar. Echa la cabeza hacia atrás y abriendo la boca deja que se le llene de agua. Luego la esparce sobre mi rostro. "En nombre de los amantes, yo te santiguo", dice. "Diabla", le digo. Estamos llegando al Parque Maceo. Se descabalga de mí. "La fuente", convoca. La sigo en su carrera atravesando la avenida. No hay un alma. La fuente es nuestra. El fantasma de Estrella está sentado en uno de los bancos. Yo a su lado, y le digo no sé qué discurso seductor y estoy al borde de besarla, pero Zaira no deja un instante ni para el recuerdo. Ya con las manos en cuencos recoge agua de los chorros que caen en abanico traspasado por la luz amarillenta del alumbrado público. Entro en la fuente. Su blusa de motivos caribeños, cocoteritos verdes y barquitos de velas lilas, se le ha pegado a la piel con más ansiedad que mis labios. Los pezones rosa viejo se transparentan puntiagudos por la frialdad. "Sátiro", me dice cuando me sorprende mirándola, devorándola. Sabor a tela y lluvia, sabor a cielo tienen tus pechos. "Es como besar una frazada de trapear el piso", me dice, y me aparta la cabeza, y comienza a desabotonarse. La blusa traza círculos en su mano derecha. Se ha desprendido de mí y corre alrededor del pilar central de la fuente. Yo, el viento, hombrón, la persigo con una espada caliente. Súbito, sus pechos toman una coloración azul, luego roja, otra vez azul, roja de nuevo, los marcianos pienso, un portazo de automóvil, una voz. "Eh, muchachos, se van a resfriar". Nos volvemos. La policía. No se le ve el uniforme. Cubierto por una capa impermeable, el hombre habla con cara de nobleza. "La han cogido en grande". "Celebramos el encuentro", responde ella, sin inmutarse. "¿Por qué no se van a casa?" "A casa, a casa, todos nos mandan a casa. ¿A qué casa?". Habla sin ponerse la blusa. El agente trata de no mirarla. "¿Dónde viven?" "En la lluvia, en las olas, en un barquito de papel." "¿Adónde quieren que los llevemos?" "Estamos en la gloria, llévenos a la felicidad." "¿Y dónde queda la felicidad?" "Su auto no sabe ir hasta allá". "Por la calle Oquendo. Gracias, vamos solos", digo al fin. "Muchacha, ponte la blusa, que Cayo Hueso no es precisamente el paraíso", oímos a nuestras espaldas. Pero sí es el paraíso. Aquí el Poeta ha escrito sus mejores versos. Aquí el Poeta se ha escondido para olvidar a una muchacha que de repente lo ha dejado sin previo aviso, sin habla y sin amor. Aquí el Poeta recibió a su primera hija, sin más alternativas que cambiar sus metáforas por una cuchara de albañil e inventarle un apartamento para que ella viviera de otro modo. Aquí estamos nosotros, y oigo cuando Zaira me dice mientras se restriega el pelo con una toalla: "No todos los policías son unos singa'os, ¿verdad?" "En mayo, cuando llueve, y los policías están lejos de sus mujeres, se ponen nostálgicos, añoran la tibieza de sus sábanas y por eso son más humanos." "¡Hurra! El paraíso te saca al poeta" y se arroja sobre mí. La cama se queja con un traquetear de madera. Tiene el aliento feroz, me siento agredido en mi prodigalidad, siempre intento ser quien más entrega. Pero no me da tiempo. Está como repleta de ardores, la boca, las manos, las caderas, no les bastan para darse. Es una especie de torbellino tierno. Percibo su humedad tibia yendo de mi vientre a mi muslo, de mi muslo a mi rodilla, refocilarse allí y saltar, saltar a mi rostro con efluvios de fiera en celo. Cualquier cosa que diga sería una torpeza. Tengo la boca llena de su humedad. El rumor de la lluvia asordina su risa, que se adueña de los puntales que sostienen la barbacoa de la casa del Poeta. La risa que se enrosca en los puntales y asciende hasta el techo y se descuaja y cae sobre mí y se vuelve mordida y se vuelve beso y se vuelve sonido asmático y se queda vibrando en el estómago que apenas espera un respiro para recomenzar y hay como una somnolencia en los músculos y de repente unas contracciones en lo profundo de su intimidad y como un vals de suavidad indecible retorna la vivacidad a sus carnes y la cama se trueca hoja de victoria gigante bamboleando su verdor sobre un lago apenas movido por el viento y es una góndola también la cama y estamos llegando al Puente de los Suspiros y la lluvia se cuela por debajo de la puerta en ríos diminutos que empequeñecen los canales de Venecia y nos hemos caído de la cama. Pero es mentira, realmente nos deslizamos por una de las aristas de las pirámides de Keops y sobre la aridez del piso sentimos el calor abrasador del Africa. El Africa, donde el Poeta debe estar recordando a una rubia desvaída, casi menor de edad y desconocida por la prensa extranjera y estamos sudando, sudando, sudando alcohol, sudando cansancio, sudando dicha, sudando y el día nos acusa de dormilones y los papeles de su tesis de grado yacen desperdigados y olvidados por toda la habitación y yo en vez de ayudarla a teorizar sobre el cine cubano me pongo a dibujar a lápiz y logro sus caderas de potranca cerril y logro su cabello corto y revuelto y logro el escorzo de sus piernas y no sé si lo firmo y fecho, pero se lo entrego y me voy a la cocina para preparar un desayuno con más amor que proteínas. "¿Te acuerdas? Lo dibujaste en casa del Poeta", me dice. "Sí", le digo. Y continúo aferrado al taladro eléctrico que aun con barrera de tungsteno y todo no quiere penetrar estas paredes que parecen fabricadas con lava volcánica. Llevo dos días en la faena y apenas he logrado perforar en cuatro de las marcas que ella hizo para que yo tuviera más sentido de la disposición de los objetos que quiere colgar. "¿Y a tí qué te pasa?" "Que esto es más difícil que desfollar una virgen de quinientos años", le respondo, atontado por el zumbido del taladro.
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