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Introducción

Sobre el autor


Capítulo X


Enmanuel no soportó el fracaso del Abuelo. ¿Cómo podía equivocarse una ancianitud tan respetable? ¿Por qué le había sido negada la segunda oportunidad? ¿Qué sentido tenía haberse desgastado hasta el escepticismo? Estaba sentado al borde del precipicio. Tenía la cabeza entre las manos y se la apretaba requiriendo una respuesta para sus preguntas.

El Niño del Pífano jugaba, saltando de un dedo a otro de la mano de Enmanuel. Y cada vez que lograba salvar la distancia, enorme para él, en el cerebro de Enmanuel se fijaba más la idea de que siempre había que saltar. De un dedo a otro, de un sueño a otro, de un miedo a otro miedo. Y el Niño del Pífano sonreía con más candor cuanto más comprendía Enmanuel.

"El Abuelo no supo, no se atrevió a saltar", se dijo Enmanuel al borde del precipicio y se dejó caer sin pizca de temor. Rebotó sobre la flexible cáscara de una burbuja entre verdosa y cetrina, cuyo color impedía distinguir lo que sucedía en su interior. Dentro de la pompa, el Abuelo no parecía abuelo. Tenía los músculos y el rostro de gladiador y los ímpetus casi sin estrenar. Bajo sus pies germinaban todas las semillas. Las aves lo seguían en un revolotear de amanecida. Su hacha era invencible y capaz de talar un bosque entero para fabricarle una casa de maderos pulidos por el vigor de sus brazos a aquella que hacía equilibrios sobre la baranda de un puente pintado de azul.

Un duende de capirote verde seguía a todas partes en esos tiempos al Abuelo. Lo despertaba con una brizna de hierba, haciéndole cosquillas tras las orejas. Le secaba el sudor de la frente con aires que atrapaba en un morral de cazar brisas. Le encendía en los ojos luces rubias para que la muchacha del puente se fijara en él y le limpiara la cabeza de melancolías con una vieja canción, que aunque el Abuelo la escuchara sin cesar, nunca supo qué viento la traía.

La dicha
se pinta sola,
solita.

Abres la boca,
lanzas la broma,
sueltas la risa,
salta la dicha.

La dicha
se pinta sola,
solita.

Y el Abuelo arremetía con fuerza de hombre dichoso. No había tarea engorrosa que no venciera cantando. No había propósito que no alcanzara. No había fracaso que lo anulara. No había valladar que se le opusiera. En él confluían todas las energías seminales. solita.

Un día la muchacha se sintió haciendo equilibrios para nadie. Cuando buscaba las luces rubias de los ojos del Abuelo las veía iluminando solamente objetos que no palpitaban. Cuando buscaba sus manos provocadoras de cataclismos íntimos, las encontraba atareadas en la utilidad de la acumulación. Cuando buscaba su voz de melodías tiernas, la hallaba enfrascada en la contabilidad de sensateces. El Abuelo ya no reía ni cantaba. Acumuló ánforas de porcelanas traídas de la antigua China. Almacenó la frialdad de joyas encontradas en excavaciones de la lejana Africa. Acopió monedas relucientes de todas las esquinas del mundo. Amontonó semillas de todas las cosechas, y ya no tuvo tiempo para extasiarse con las piruetas de la muchacha de la baranda.

El duende del capirote verde se suicidó con una hartada de brisas que había cazado para el abuelo y que ya no tenían sentido.

La muchacha, frente a tanto descuido, frente a tanto olvido, se esfumó de la baranda, y el Abuelo, en los primeros tiempos creyó que volvería por las ánforas, las joyas, las monedas, las semillas, y no fue nunca a buscarla al puente.

Ella se durmió al pie de la baranda, y al bajarse no se alejó, por si el Abuelo se daba cuenta a tiempo. El no arriesgó el salto, pensando que si ella se había bajado por opinión propia, sería humillante para él que le pidiera subir nuevamente. Quedaron separados por un río que en su manía de irse se llevó el poco azul sobre el cual la muchacha hacía equilibrios, y se llevó también el mínimo esqueleto blanquecino del duende del capirote verde.

Enmanuel constató cómo el Abuelo fue tornando más cetrino el cielo de su pompa, y cuando no pudo más tomó el camino de lo irremediable. Y nunca más, hasta la noche de la última melodía del Niño del Pífano, tuvo ojos para ver que la burbuja azul existía, y dentro, una muchacha hacía equilibrios sobre un relámpago detenido entre dos nubes.

El escepticismo del Abuelo derrumbó a Enmanuel durante muchos años, pero aquella noche lo arrastraría consigo para que escuchara los ladridos de Argos, oyera la música del Niño del Pífano, temiera frente al peligro que corría la Troyana, y asistiera al triunfo o la derrota de la pompa azul. Se deslizó cauteloso por una fisura de la burbuja cetrina, que ya empezaba a fragmentarse, y halló al Abuelo dormido junto al río. Las aguas tropelosas, indetenibles, habían puesto mucho olvido y mucho desengaño entre el Abuelo y la muchacha que también dormía al otro lado del río. La muchacha no tenía siquiera memoria de los equilibrios. El Abuelo, desde la orilla, se hundió como en una letanía interminable, su voz queda, ronca, gastada, dejaba brotar un laberinto de inconexiones, en el cual apenas si se entendía.

El vencido no sueña.
Con las piernas de plomo
espera que alguien ponga una llaga en su piel.
Desconoce los astros,
el largo de su mano,
y continuaba, continuaba, como las aguas tropelosas del río.

Enmanuel salta, salta sin temor. En su sangre rebulle el deseo de rescatar al Abuelo. No puede aceptar que alguien muera de inacción. Con una brizna de yerba le cosquillea la oreja. En su sueño profundo, el Abuelo cree reconocer al duende del capirote verde. Pero es sólo una pesadilla de la juventud, se dice tras la neblina de sueño, y se vuelve hacia el otro lado, después de un manotazo desganado.

Los crujidos de la pompa cetrina, mientras se desmorona, son más reiterados. Un pedazo del cielo se descuaja, un cerro se despedaza tronando en la caída, las aguas del río enflaquecen. La desesperación quiere poblarle el pecho a Enmanuel, pero el Niño del Pífano se la aparta con su melodía, y en su afán de colaborar en el rescate del Abuelo le alcanza a Enmanuel un viejo pergamino que recobró del río mientras arrastraba, junto al esqueleto del duende, el poco azul de la baranda.

Enmanuel lee apresuradamente. Desconoce el efecto, pero sabe de las tretas del pifanista para despertar el corazón, y pone en su voz toda la ternura que le hacen germinar las líneas borrosas del pergamino.

Tener a quién brindarle una gardenia.
Desperezarse apenas
y ocupar la bondad con su presencia,
muestra que el pulmón no es sólo aire lo que busca.
Crece el espejo íntimo
si a más de tí lo invade otro reflejo.
Los muertos andan solos
no porque no los quieran,
sino porque han dejado de querer.
Aplicarse a la entrega sin lindes previsoras
resarcirá los sustos,
pondrá una mano tibia sobre tu madrugada.
Sabrás que era temor el pálido bastión que defendías.

El Abuelo se sobresaltó. Escapó de su sueño añejante. No pudo dormir después de aquellos versos. Creyó que la fuerza le renacía. A su rostro volvió la expresión del gladiador, a sus músculos la potencia del antiguo talador de bosques, a sus labios como una intención de canto. Pero sólo le alcanzó para saltar fuera de la pompa cetrina junto a Enmanuel que tiraba de él, segundos antes de que se derrumbara totalmente el mundo del Abuelo.


Capítulo Nueve

Capítulo Once




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