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![]() Capítulo I Zaira está en el baño. Monumental y sólida se deja envolver por el agua. Es la primera ducha en una casa que estrenamos, que podemos llamar nuestra. El agua brota potente, sonora, casi fálica en el intento de recorrerla. La luz que entra por la ventana de persianas pone colores en los chorritos y el ambiente cobra una atmósfera onírica. La espuma del shampoo, también iridiscente, se desliza parsimoniosamente desde los hombros hasta los pechos erguidos que amenazan el techo, rueda en leve precipitación por las costillas, bordea las caderas cerriles, desciende súbita, ansiosamente por el bajo vientre y cubre el vellón brillante de agua y se interna entre los muslos semiseparados. Al llegar a las rodillas se bifurca y comienza a despeñarse por ambos lados de las piernas, aumentando la velocidad, en un apremio desasosegado por morderle los tobillos, y se acumula alrededor de los pies que ya casi no se ven bajo el mullido tapiz. Ella tiene los ojos cerrados. Se alisa el pelo con suavidad. Hay un hálito de sensualidad provocadora en sus gestos. Cada vez que el peine penetra, deja una sensación de pérdida en la mirada. Cuando reaparece en la nuca, después de un viaje alrededor de la perfección que es la cabeza, y deja escapar otra andanada de espuma, es como si nos volviera el resuello después de una zambullida en el olvido. El peine baja y sube, se pierde y aparece. La espuma discurre por los desriscaderos de su cuerpo, los ojos cerrados, los muslos semiseparados, la cabeza tirada hacia atrás, el vientre arqueado, los senos amenazando el techo, las caderas desafiantes llenas de irisaciones, las piernas contraídas soportando la contorsión de gacela tentadora. El agua doblegando la espuma. La espuma amontonándose alrededor de los pies. Yo, sentado al otro extremo de la sala de baño, jabonándola con la mirada, bebiéndomela, naufragando en los ríos que la surcan, como si no la hubiera visto nunca desnuda, como si no la hubiera tenido. Yo, en el otro extremo, respirando apenas, a duras penas, temiendo despertar, que todo se desvanezca, que no sea verdad que la iridiscencia del agua, de las burbujas de shampoo no sean más que un delirio, una alucinación provocada por esta vida de saltimbanquis que hemos llevado hasta aquí. Cierro los ojos, los abro, los cierro, los abro, parpadeo. Ella está ahí. Es ella. La espuma se agota vencida por el agua. Ella abre los ojos, me sonríe, pero luego se ríe, se ríe estrepitosamente. Su risa asordina el rumor de la ducha. Acumula agua en el cuenco de sus manos y me la lanza. Es la señal. La estuve esperando desde el primer instante. Es la señal. Me lanzo enfebrecido. Soy un tigre en el asalto. "¿Podrías quitarte la ropa?", me susurra. Pero la ropa empieza a pegárseme en el cuerpo bajo el abrazo del agua y el abrazo de ella mientras batalla con botones, cinto, cremallera. Yo estoy muy atareado con el agua que bebo en su cuello, que bebo en su ombligo, que bebo. El agua sigue su rumor. La respiración engorda. La risa está al explotar, ella explota en risa, entre tiernas y procaces, entre cascabeleras y gimientes. Es una risa que sólo a ella le brota. Está al borde de la risa, se va a reir, se está riendo, coño, se ríe. Yo al final me río. El agua y la risa. La risa, el agua. Se acabaron las posadas de mala muerte, los sofás de casas de los amigos, las entradas furtivas en casa de sus padres cuando ya todos dormían, los sobresaltos de que nos sorprendieran. Se acabaron las ansiedades. Pero, ¿no se habrá acabado también la magia con tanta comodidad? No. No se ha acabado nada. Siento que me ahombro. Estamos en el piso de losetas amarillas. Ella acaballada sobre mí. Yo, soportando su relajamiento después de la risa. El agua sigue cayendo de lo alto. Ella tiene un temblor de sismo en el vientre. Se recupera. Vamos a recomenzar. Hay una mínima contracción en su frente, se le arruga, los labios se le entreabren. Los dientes mordiendo el labio inferior, los ojos, no se sabe si abiertos, se extravían, se cierran definitivamente. Las uñas en los hombros, las costillas, la espalda. El agua encharcándose en la concavidad de los dos vientres. Se bambolea el agua. Ha empezado la música, lenta, acompasada, suave. Se aligera la música de la sangre, late la música en las sienes, se arrebata la música, enloquece la música, quiere perder el ritmo. La risa, coño, la risa. Primero tímida, insinuada. Se ilumina el rostro con los dientes purísimos. Las manos, las uñas en el pelo, un tirón vuela el cabello. El sismo otra vez. La risa explota. Explotó. Un conejo en el vientre dando saltos. Brinca el vientre como un conejo. La risa se entrecorta, se acompasa, cede, calla, respiran los huesos. Los huesos son espuma. Espuma que el agua ha borrado en su caída. Su cabeza cae sobre mi hombro. Diríase rendida, pero yo sé que no. Tenso los músculos, miro el agua, aparto el hormigueo, siento ganas de irme del mundo, pero el mundo es delicioso. Lo retengo, juego con él. Ella retira la cabeza de mi hombro. Busca mis labios con cierta golosidad agradecida. Si hubiera dejado escapar el mundo no recibiría ahora su beso-mordida, mordida-beso. Los ojos bizcos otra vez. Los músculos de las mejillas contraídos. Las cejas fruncidas. Yo sé que no es dolor, porque los labios musitan incoherencias que de torpes resultan afiebrantes. Ya no es posible. No habrá sobre la tierra quien detenga el mundo. El mundo es una esfera loca, muchas esferas locas, desorbitadas. El mundo lo tengo en el cuerpo y el cuerpo es un cataclismo. El mundo se estremece, se estremece, coño. La risa, la risa, su risa antes que el mundo se escape. El mundo se va a acabar. Es el Apocalipsis. Todo se nubla, llueve, es un chisporroteo de relumbrones, los relumbrones son de colores, se apagan, me quedo ciego, estoy sordo, salgo de la sordera. Su risa me trae el mundo, pero el mundo es ahora de una sedancia de mar tranquila. Acabó el tifón. Sólo un conejo asustado huye dando saltos por su vientre. Paz. Paz. Una paz silenciosa. Una paz en colores. Una paz olorosa a honduras. Una paz densa Paz. Paz. Se escabulle la paz. Se va a levantar, se está levantando. Se levanta, las piernas le flaquean. Ella caricaturiza el gesto, hace como que no se sostiene, se tambalea intencionalmente, apoya sus manos en mis hombros. Tengo los hombros, el cuerpo, adormilado. Quisiera seguir sintiendo, pero sólo me invade una tranquilidad de camposanto. Estoy relajado al borde del sueño. Al erguirse, el pubis me queda a la altura del rostro. ¡Cuánto diera por un poco más de fuerza! Ella me saca del apuro: "Los pobres pies tan cansados", dice irreverente, apelando a una frase de José Martí en su Diario de Campaña. Nos reímos. Nunca había sido citado el Apóstol con tan desfachatada ternura. No hay montaña, por muy empinada, ni campo, por muy agreste, ni camino, por muy tortuoso que agote tanto como esas cópulas sin lindes, donde uno lo apuesta todo, y lo gana o lo pierde todo. Nunca se sabe. El músculo del pie se le queda contraído, y ella chilla. A eso le llamamos una cuca. Chilla adolorida. Parece una perrita lastimera. Le digo que apoye duro el pie. Se le pasa, en sus labios juguetea una palabrota. Le encantan las palabrotas. Las dice para luchar contra su timidez. En realidad, es tímida como una codorniz, pero quiere parecer desembarazada, liberal, cuando en el fondo le asusta su propia grosería. Si soy yo el que las profiere pide un poco de cordura, sabe que en mí tienen otro significado, el del mal humor, de la contrariedad, pero para ella son un juego que le prohibieron en la infancia. Por eso son inofensivas. Me costó trabajo descubrirlo. Al principio, pensé que se trataba de esa costumbre perniciosa que adquirieron algunas mujeres de mi país para hacerse las liberales, las feministas, las iguales a los hombres, y no dejo de aceptar que me jodía un poco. No por la justa lucha de la mujer por su igualdad, sino porque para mí eso no era más que una impostura de oportunistuchas de baja estofa. Luego me fui acostumbrando, y al final comprendí que se trataba de una lucha consigo misma para vencer su poquedad, o por lo menos, ésa era mi explicación, una manera de que la tomaran en cuenta. Pero a mí no me hace falta que diga palabrotas, la tomo más en cuenta de lo que ella misma sabe. Ahora mismo, casi exhausto, la estoy examinando hasta los tuétanos. Quiero saber qué siente después de hacer el amor, qué siente duchándose de nuevo, qué siente viéndome como un rey derrotado a sus pies, recibiendo en el rostro el agua que ha rodado por su cuerpo. Me incorporo. Empiezo a jabonarla, primero la espalda, los costados, las caderas, las nalgas. Me le pego. La jabonadura se comparte entre su espalda y mi pecho. De repente, el agua se torna intermitente. Se va a acabar el agua. Se acabó. "Cojones, ¿con qué nos quitamos ahora el jabón?", digo. "¿Para qué quitárselo?", dice, y nos vamos al colchón, que aún sin cama reposa en el suelo, y nos quedamos dormidos, y nadie toca a la puerta, y nos dice, como el Benny Marqués, imitando la voz del posadero: "¿Van a seguir?", mientras alarga la "i" y la "r". Después que le abrimos la puerta del estudio se nos aparece con un paño bien tiznado doblado sobre el brazo que sostiene una bandeja donde dos tazas de café humean y hay una flor blanca para ella, que le dice bostezando: "Coño, ya es de día", y él: "Ya es de día y yo tengo que pinchar". Y yo y él nos abrazamos, y no sé cómo agradecérselo, y él que se sonroja e intenta un chiste: "No viniendo más a templar", y ella, que se petrifica, porque cree que es verdad, y él que la estrecha y le revuelve el cabello y "mira que eres boba, ésta es tu casa, ésta es la casa del amor", y ella a quien el pudor se la come, dice una mala palabra que más bien suena cómica, y nos marchamos, porque el Benny Marqués tiene que escribir, y a lo mejor hoy le sale ese capítulo en el cual quiere demostrar que el socialismo es más utópico que el amor entre una hormiga y un hipopótamo. Pero eso es ya el pasado. En este instante, el colchón sale volando por la ventana como una alfombra mágica, y la lleva a ella sabe Dios a qué paisajes de tierras lejanísimas y a mí el aire me despeina, y sueño. Sueño que soy otra vez muy pequeño y mi madre me regaña por acostarme mojado y desnudo, y la escucho explicándome que además de empuercar la sábana puedo adquirir una neumonitis, y me carcajeo por tres razones. La primera, porque me alegra mucho verla viva otra vez. La segunda, porque me doy cuenta dentro del sueño que estoy soñando y me descubro muy ridículo siendo niño de nuevo mientras pienso en todas las derrotas y victorias de estos años. Y la tercera porque Zaira tiene caderas de potranca, y su grupa la tengo acomodada en el hueco de mi cuerpo encorvado y no sé si la cabalgo o simplemente me sujeto de ella para este vuelo que súbito se acaba porque entre sueños siento el chocar del agua contra el piso y caigo en la cuenta de que hemos dejado la ducha abierta y el agua ha vuelto y se está botando. Abro los ojos y es de noche, coño, es de noche, cuántas horas llevamos durmiendo. Me levanto, cierro el grifo, enciendo la luz del cuarto. Zaira reposa del lado izquierdo. El brazo bajo la cabeza, el pelo revuelto, un seno perdido en la blandura del colchón, la mano derecha custodiando celosamente el triángulo de mis catástrofes, la pierna doblada poniendo doble guarda a la tentación, y la grupa, ¡Dios mío!, la grupa como un loto gigante abierto para mí. Cuando despierte le confesaré que me he estado aprovechando de su indefensión para imaginar las más dulces porquerías del mundo.
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