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El lento hundimiento del “Cubanic”

José Alberto Álvarez Bravo.

LA HABANA, Cuba, julio (www.cubanet.org) - Disponiendo sólo de la madera con que se podría construir una chalupa, Fidel Castro pretendió erigirse en el Gran Timonel del trasatlántico del Caribe. Con una extensión territorial apenas suficiente para edificar una pequeña república, se empeñó en alcanzar los más pomposos títulos que a megalómanos y aduladores se les hayan ocurrido.

Creyéndose predestinado para suplantar, en los anales de la Historia Universal, a  Carlomagno, Aníbal, Napoleón y Hitler, e imposibilitado de ensanchar los límites naturales de su feudo, dedicó los recursos de la nación a fomentar la subversión en medio mundo.  El cálculo parece obvio: todo gobierno surgido del movimiento guerrillero, habría de ser, inexorablemente, títere suyo.

Cuántas veces se habrá visto a si mismo cubierto de entorchados y oropeles, asido al timón del “Cubanic”, y vitoreado por la muchedumbre que tanto desprecia.
Pero una cosa son los sueños…

Uno de los rasgos distintivos del castrismo ha siempre la subestimación de la calidad. La construcción de esta colosal nave no habría de ser la excepción.

Desde el inicio, sus excesivas y desmañadas junturas requirieron demasiado calafate, y las vías de agua no han dado un minuto de reposo a las bombas de achique.  Cíclicamente, ha afrontado –y logrado capear- pavorosas tormentas, que han terminado por desvencijar el chapucero armatoste.

El propio Gran Almirante en Jefe lo admitió hace veinte años, cuando  apostrofó al General Rafael del Pino por haberlo abandonado: “las ratas abandonan el barco cuando se está hundiendo”.

A todas luces, una pifia del gran Señor.

Afanado en establecer la peyorativa comparación, no se dio cuenta de su desliz, que ya no podía borrar de la memoria colectiva; por decirle rata a del Pino, admitió, sin darse cuenta, que el barco se está hundiendo. 

Aunque su  televisión se cuidó de hurtarnos las imágenes, las televisoras extranjeras nos mostraron su trastabillante y aparatoso despetronque. Lo que no pudo escamotearnos fueron sus grandes descalabros políticos, como el hundimiento del remolcador 13 de marzo, el fusilamiento de los tres jóvenes de la lancha Baraguá, y el encarcelamiento de los 75 opositores y periodistas independientes.

Estos sucesos ampliaron las vías de agua hasta el punto de hacerlas irreparables, legado que no podría asumir, ni aunque lo quisiera, el eterno Don Segundo a la Sombra.
Hoy parece evidente que nuestros “heroicos” mandamases sólo muestran interés en dilatar, aunque sea un día más, el lento hundimiento del Cubanic.

josealberto.alvarez@yahoo.com