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Abismo del dulce 

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, octubre (www.cubanet.org) - La señorita y el masarreal le han dejado una raya a los habaneros. Dicen que se los llevó el último ciclón. Ojalá que así sea, pues al menos quedaría la esperanza del regreso. Lo que nos agria la vida es pensar que junto a la tartaleta, el eclear, la tortica de morón y la guayaba en barra, estas golosinas de tan alto consumo y precios módicos –en cafeterías particulares, claro- hayan vuelto a su hábitat natural en tiempos de revolución: el abismo del dulce.   

De tan oscuro e inexorable que ha resultado este abismo durante los últimos decenios, podría deducirse que alguien lo bordó a mano para las nuevas  generaciones de cubanos, con el fin de que el dulce -que además de endulzar el paladar, endulza el alma y ennoblece las acciones, según la santería afrocubana- no les impidiera ser como Ché Guevara: recios, intolerantes y violentos.   

A falta de una justificación más racional, vamos tirando con esta para explicarnos por qué a un alimento de tan fácil elaboración y con una tradición tan arraigada en nuestra cultura, se le ha limitado al máximo la participación en la gloriosa gesta revolucionaria, no de balde tan recia, intolerante y violenta.   

Cuando mencionamos el boniatillo, los cascos de guayaba o naranja, el arroz con leche, los buñuelos con coco rayado, las torrejas o las tajadas en almíbar de mango, piña y mamey santo domingo, entre otros muchos dulces caseros que eran comunes para nuestros abuelos, casi estamos hablando en clave para nuestros hijos y para los hijos de nuestros hijos.   

Solamente una vez en medio siglo, en la década de los ochenta, fuimos testigos de un pálido y fugaz proyecto para rescatar la tradición de aquellos dulces criollos. Fue en la calle Obispo, de La Habana Vieja, en lo que muy pronto, perdido el diseño tradicional, se empezó a llamar panadería y dulcería San Juan, ya sin natilla ni fruta bomba almibarada, sino con las vidrieras llenas de esa cosa a la que llaman “dulces finos” para venderlos en divisas.  

Los llamados dulces finos, que ni en sueño rozan la finura del majarete, experimentaron una rigurosa veda en Cuba a lo largo de un cuarto de siglo, más o menos. No es el caso de los dulces caseros, que fueron extinguidos para siempre. Finos sí hubo algunos por aquí, pero antes de los años noventa del siglo XX sólo se les veía, o más bien se les imaginaba, en los bufés de protocolos o en los platos de la vanguardia del proletariado, es decir, de los soviéticos residentes en la Isla o de nuestros propios mandarines.
  
Para que las aguerridas masas volviesen a tener noticia de la existencia del panqué con merengue o de la panetela borracha, a dos o tres pesos por pieza, fue preciso esperar, durante 30 años, por el resurgimiento de las cafeterías particulares.
  
También los llamados dulces finos aparecieron por fin ante la vista de los pobres, aunque no al alcance de su boca, a partir de los años noventa, mediante las dulcerías Sylvain y Pain de París, que venden dulces y panes en divisas. Pero ni falta que nos han hecho, ya que en los últimos años los dulceros por cuenta propia –al margen de la ley, como es de ley en Cuba- fueron recuperando la pericia de antaño, así que cada vez eran más abundantes y mejor surtidas las ofertas en las calles, y al alcance del bolsillo.
  
Pero en eso llegó el ciclón. Ahora mismo, en La Habana, para comerse una señorita hay que dar más vueltas que una galleta entre las encías de un octogenario. Y ni así. Quedan algunos de los llamados dulces finos, cada vez menos finos y más caros, en Sylvain y Pain de París, donde un dobos que cabe enterito en la boca, sin necesidad de abrirla mucho, cuesta el equivalente a unos 12 pesos en moneda nacional, o sea, más de lo que se gana en un día de trabajo.   

Y quedan, para bochorno de la repostería nacional, esas sombras o caricaturas de masarreales y pasteles que muy de cuando en cuando, con insufribles colas de por medio, venden en las panaderías estatales para el proletariado.   

El dulce ha vuelto a su sitio natural en tiempos de revolución: el abismo, que no es exactamente un dulce abismo. Tal vez ya no éramos tan recios, intolerantes y violentos como demandan nuestros jefes. Así que fue preciso ordenar otro ciclón. Y ahora sólo nos queda escribir en un papel los nombres de los causantes, para hundirlos en miel y luego ponerlos a enfriar dentro del congelador, según recomienda la santería afrocubana, a ver si les endulzamos el alma.