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martes, 30 de septiembre 2014

Vocación de pobres

Muy difícil será librarnos de la vocación de pobres que nos han inoculado en la sangre

LA HABANA, Cuba, julio, 173.203.82.38 -Con todo y la cantidad de dinero que cuesta ser pobre, como diría el poeta, es innegable que serlo también tiene su lado bueno. Según muchas películas y alguna que otra novelita rosa, los pobres son infinitamente más felices que los ricos. Eso tal vez ya sea exagerar un poco las bondades de la pobreza. Porque, a diez de última, tanto entre los pobres como entre los ricos, hay sufridores y gozadores en proporciones parejas, aun a pesar del peso de sus bolsillos.

Quizá lo peor en uno y otro caso radique en la falta de medida. Cuando un rico está obsesionado por el plan de ser cada vez más rico, es muy probable que sea un infeliz, y una mala persona incluso. Es lo mismo que suele ocurrirle al pobre cuando asume su miseria como fruto de una voluntad superior e indubitable, así que ya una vez instalado en el estatus de pobre por destino, pierde interés por el progreso personal y sólo encuentra consuelo odiando a los ricos.

Son dos maneras de corromper por igual la esencia humana, ambas nefastas. Que simpaticemos con unos o con otros, no indica sino una mera cuestión de gustos.

En Cuba, los caciques de la revolución se han esforzado abnegadamente por convertirnos en ese tipo de pobres por destino histórico. No es una idea original de Fidel Castro. Siempre hubo reyes, zares, dictadores, cogotudos diversos, líderes políticos y religiosos que basaron su poder no sólo en la pobreza material de la gente, sino, sobre todo, en la manipulación de sus empobrecidos egos.

Si acaso, entre los cubanos, como antes entre los europeos del este, y ahora entre algunos latinoamericanos, los manipuladores han tenido la suerte de contar con la complicidad de malos ricos, que les sirvieron la pobreza en bandeja.

Cuando, en un futuro, ojalá próximo, los historiadores y los psiquiatras traten de establecer a fondo las causas de nuestra actual bancarrota económica y espiritual, todos los conductos van a guiarlos indefectiblemente hacia este fenómeno.

Constataremos lo que ya se sabe en el sentido de que por grande que sea nuestra falta de recursos materiales, la recuperación será factible y más o menos rápida, siempre que haya un buen sistema de gobierno y sustanciales inversiones. Muchísimo más difícil y, en especial, más demorado, será reponernos del gran daño antropológico que representa la vocación de pobres sin remedio que nos han inoculado en el flujo sanguíneo, a lo largo de varias generaciones.

Ninguna otra insuficiencia identificativa ha tenido un peso mayor en el drama que venimos sufriendo los cubanos desde hace décadas. El miedo, que es una de las que más se menciona, apenas resulta un apéndice de nuestra vocación de pobres y desamparados sin opciones. Quien intente curarnos en el futuro de los muchos lastres ocasionados por la dictadura totalitaria, tendrá que empezar por borrarnos del disco duro la mentalidad de pobres pichones con el pico abierto.

Y será una tarea ciclópea. Habida cuenta que no podrán contar con nuestra ayuda. Puesto que ya no nos reconocemos a nosotros mismos sino en esa actitud de quien supedita su vida a la voluntad del otro, a los buenos o malos oficios del que está por encima, bien sea en la cumbre y con el mazo a mano, como nuestros caciques, o bien solo un poquito más arriba, digamos un pariente en el exterior, un extranjero, algún gerente samaritano, una novia o novio con pasta…

Ocurre, además, que en cuanto pobres por enfermiza vocación, nos hemos acostumbrado a odiar y a envidiar no únicamente a los ricos. También, incluso muy en particular, a cualquier otro pobre como nosotros, a quien el azar, la suerte, la astucia, o lo que fuere, le han permitido ascender una micra en la escala.

Uno de los espectáculos más reveladores de nuestra insana vocación de pobres, la ofrecen hoy precisamente esos paisanos que de alguna forma han logrado sacar la cabeza mínimamente por encima del montón, mediante negocios particulares u otras vías. Basta con tratarlos de cerca para conocer la increíble zozobra en que transcurren sus vidas, agriadas no sólo por el acoso y las mil medidas coercitivas del gobierno, sino por la envidia que les rodea en su entorno, por el rastrero chantaje y las delaciones de todo tipo a los que están expuestos.

En buena ley, cualquiera en su caso podría concluir que es preferible seguir perteneciendo a la más baja ralea económica, si tanta angustia cuesta sacar la cabeza. ¿Y quién quita que esa conclusión esté siendo inducida exprofeso por los caciques?

Mientras, ellos, desde los primeros días de 1959, han vivido siempre como los verdaderos ricos que son, con el agravante de que las riquezas no provienen de su trabajo, ni de su talento, o de una herencia al menos. Y, lo más superrealista de todo, impartiendo vocación de pobreza, sin que nadie se lo tomase a mal.

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Acerca del Autor

José Hugo Fernández
José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro. Reside en La Habana, donde trabaja como periodista independiente desde el año 1993.

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