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jueves, 21 de agosto 2014

Un pueblo presionado

Otra prueba de la crueldad y el salvajismo con que se aplica la “justicia” en Cuba

LA HABANA, Cuba, septiembre, 173.203.82.38 -No se puede juzgar un libro por su carátula, ni a un pueblo por su fachada propagandística. Todavía menos si ese pueblo está sometido a la presión ideológica, como ocurre con los cubanos. Eso lo constaté nuevamente el pasado 29 de agosto.

Los ardientes rayos del sol, en pleno mediodía, caían sobre la vieja furgoneta marca Was, de fabricación soviética, utilizada para transportar presos. Dentro del vehículo, en un inhumano ambiente de encierro, casi hermético, permaneció Alexander Fernández Rico por espacio de casi una hora, frente al Tribunal Municipal de San Miguel del Padrón, en espera de que comenzara la vista oral.

Por los pocos agujeros de ventilación del auto-jaula, salían sus continuadas exclamaciones: “Esto es una injusticia”. “¿Hasta cuándo vamos a soportar tantas humillaciones?”. “Respeten mis derechos”. “Yo soy un ser humano”…

Desde muy temprano, las cuatro esquinas de la sede del Tribunal se inundaron de policías. Unos vestían sus característicos uniformes azules, y otros vestidos de civil, estos últimos vinculados a la policía política. Pero ninguno se quiso acercar al lugar de donde salían las exclamaciones, tan siquiera para averiguar si el hombre a quien estaban cocinando dentro de aquel horno tenía un dolor o se estaba deshidratando. Ya sea por su vocación de torturadores o por miedo a ser tachados de blandengues, ninguno exteriorizó ni la más simple curiosidad.

Cuatro meses atrás, Alexander se disponía abordar un ómnibus repleto de pasajeros.  Al no caber por la puerta delantera, él y otras personas enviaron el dinero del pasaje al chofer y trataron de subir por la puerta trasera. Pero al no caber tampoco por atrás, varios de los pasajeros se quedaron parados en los estribos del ómnibus, y el chofer echó a andar con las puertas abiertas. Unos metros más adelante, dos policías detuvieron el ómnibus y bajaron a los pasajeros que no cabían. Esto provocó una discusión entre tales pasajeros y los policías. Alexander era uno de los que sobraban.

Entonces una frase hizo estallar la presión ideológica de los dos gendarmes que detuvieron el ómnibus. A propósito, nunca se pudo determinar quien profirió la frase. Lo cierto es que alguien gritó: “Aquí los únicos que sobran son Fidel, Raúl y el comunismo”.

Los agentes se sintieron nerviosos, y ya que no podían determinar quién había gritado aquello, detuvieron a un joven que tenían a mano, el cual, por su parte, les dijo en sus caras: “ustedes no representan la autoridad, representan la injusticia”. Alexander, quien apoyó las palabras y la actitud del joven, también sería esposado. Al joven le arrojaron gas pimienta en los ojos y le propinaron una golpiza en el lugar.

Finalmente, el joven terminó con la imposición de una corta sanción, para cumplirla en un régimen de libertad limitada en su casa, mientras que a Alexander le tocó tres años en prisión.

Durante los cuatro meses que aguardó por el juicio, en la prisión Combinado del Este, efectuó varias huelgas de hambre, lo cual le provocó una neuropatía que lo dejaría sin vista y sin poder caminar. Así compareció aquel ardiente mediodía ante el tribunal.

En el juicio, el abogado de oficio de Alexander también dio evidentes muestras de estar presionado ideológicamente.

Mientras los tres jueces deliberaban, un amigo de Alexander se acercó al abogado, para manifestarle un breve comentario. Le dijo: “Cuando yo hice una huelga de hambre, porque el Instituto de la Vivienda no quería terminar de resolver un problema con la propiedad de mi casa, me debilité mucho, y nosotros estamos preocupados por Alexander, pues las huelgas en las prisiones deterioran mucho más”.

El abogado miró hacia donde se encontraban apostados los agentes de la policía política, y estalló en reprimendas contra el amigo de Alexander: “No tienes razón para hacer una huelga por eso, antes del triunfo de la revolución la gente no tenia casa y no hacían huelgas de hambre. Es más, tú no eres mi cliente, y no tengo nada que hablar contigo”.

Todos los cubanos sentimos una enorme presión ideológica que nos aplasta e impide manifestarnos comos somos y pensamos. Para el extranjero el cubanos puede parecer un pueblo de fachada pintoresca, pero las interioridades son desquiciantes.

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Acerca del Autor

Juan Carlos Linares Balmaseda
Juan Carlos Linares Balmaseda

Juan Carlos Linares Balmaseda, 30 de julio de 1967. Jatibonico (Santi Spíritus). Cursó estudios primarios y secundarios en Nuevitas (Camaguey). Se graduó de técnico Medio en Explotación del Transporte Automotor. Se sumo al activismo pro-democracia en 1990 y en 1998 al periodismo independiente.

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