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martes, 23 de septiembre 2014

Un pelo en la sopa

El delito del director de El Cabildo no fue enriquecerse, sino violar planes del régimen

El grupo "Opera de la calle" durante una presentación en La Habana, junio 30 2012

El grupo "Opera de la calle" durante una presentación en La Habana, junio 30 2012

LA HABANA, Cuba, agosto, 173.203.82.38 -Pasándose de curioso, llega a ser inexplicable el relieve con que muchos articulistas han insistido en la inocencia del barítono Ulises Aquino, director de Ópera de la Calle y copropietario (en sociedad con el régimen) de una de las mayores empresas “privadas” de Cuba. Su exculpa, según los articulistas, radica en que es injusta la acusación de que Aquino se estaba enriqueciendo, tal como lo afirma el dictamen esgrimido por las autoridades para cerrarle el negocio.

Ya que se ha destrenzado tanta cháchara sobre el tema, no será necesario volver aquí a los detalles de “El Cabildo”, centro cultural, bar y restaurante, con más de 100 empleados, entre artistas, técnicos, administrativos, personal de apoyo y gastronómicos, los que, según su regente, ganaban unos 80 cuc como promedio de salario mensual. Precisamente en esto del salario de los empleados se insiste (por más que hasta donde conozco, nadie contabilizó los honorarios de Aquino) para negar la posibilidad de que fuese un negocio enriquecedor.

Pero, a ver, ¿qué tendría de malo que ciertamente “El Cabildo” fuera (como creo yo que era) una fuente de enriquecimiento? ¿Qué tipo de delito constituye enriquecerse mediante la iniciativa individual, y el esfuerzo y el trabajo honrado?

En los cenagosos predios de la política -y nadie dude que este asunto es político, más que económico y mucho más que cultural-, los conceptos de verdad y mentira andan siempre contaminados por la hipocresía y el oportunismo, y también por el más cínico de los componentes de nuestro instinto de conservación. Por indemostrable que sea, es muy posible, casi seguro que Aquino estaba haciendo su zafra. Sin embargo, ese es un detalle nimio, lo menos importante del desaguisado en torno a la clausura de “El Cabildo”.

Ulises Aquino

Ulises Aquino

¿Acaso sería el primero y el único que se forra, mediante el visto bueno, la cobertura y aun el apoyo material que garantiza el régimen a cierta crema entre sus fieles, muy particularmente a quienes desde la pretendida humildad, el patriotismo y la afiliación de izquierda les pagan al cache con propaganda internacional?

El corresponsal de Reuters que, según se dice, provocó el desbarranque de “El Cabildo”, con su retumbante pero muy engañoso título “En Cuba, un cantante de ópera construye un imperio”, bien debe saber que el único imperio (económico y de todo lo demás) que existe aquí es el del régimen, construido hace ya más de 50 años. Sabe que es un imperio omnímodo, que no admite competencia, y que sólo a partir de su aprobación y apoyo, hemos estado presenciando aquí últimamente algunas pequeñas floraciones de enriquecimiento individual, entre las cuales “El Cabildo” no era siquiera la más próspera.

Si realizaran en nuestra Isla la misma labor incisiva, imparcial y riesgosa que realizan en otras partes del mundo, tanto el corresponsal de Reuters como los del resto de agencias extranjeras habrían detectado sin mayores esfuerzos los imperios personales que hoy construyen -sobre todo en La Habana- muchos protegidos del régimen. Eso por no hablar de la forma de vida –no de ricos, sino de grandes millonarios- que se gastan casi todos los comandantes y generalotes de la revolución, con sus familias, más otros tantos magnates del cacicazgo.

Y mientras, uno no entiende por cuál Habana ha pasado Marc Frank, reportero de Reuters, quien, en el texto que hizo volar a Ulises Aquino, sostiene que aquí: “Si bien las reformas han animado la iniciativa privada, llegan con restricciones para evitar que Cuba vuelva a una sociedad dividida entre ricos y pobres”.

Dividida no dejó nunca de estar nuestra sociedad, pero ninguna división había sido tan dramática y trascendental como la que nos trajo el socialismo, que es como aquí le llaman al fidelismo de signo caudillista y tiránico. También tuvimos siempre ricos y pobres. Sólo que durante el último medio siglo la cifra de ricos llegó a circunscribirse sólo al núcleo de los caciques de la revolución y de su parentela, mientras la de los pobres se disparaba hasta alcanzar cotos sin precedentes.

La única novedad es que en estos últimos años, entre los ricos muy ricos, que son los caciques, y los pobres muy pobres, que es casi todo el pueblo, viene abriendo brecha una especie de subclase, la de los llamados nuevos ricos (que por lo general alcanza apenas el nivel de clase media acomodada). No todos son necesariamente corruptos, aunque en inmensa mayoría sí se aprovechan del ambiente de corrupción política y administrativa que impera en el país, incluso mucho más que de las pretendidas reformas, que, como ya se sabe, no son tales en la concreta.

Al frente de esa subclase, tanto por sus ganancias como por las prerrogativas que les concede el régimen, avanza la élite de la izquierda bistec habanera: intelectuales, artistas, antiguos altos dirigentes, diplomáticos, gerentes, en fin, advenedizos del poder, con el bolsillo verde y con el corazón dicen que rojo. Y es justo en este grupo donde tal vez podríamos ubicar a Ulises Aquino, quien, sin ser un privilegiado de cuna, parece haber sido lo suficientemente hábil como para colarse en la fiesta de los bizcochos, donde no suelen admitir galleticas.

Que un solo individuo organice en Cuba una empresa cuasi particular donde intervengan con su labor 130 personas (entre ellas, unas 80 vinculadas al sector de la cultura) no es una simple rareza, es una hazaña. Ningún cuentapropista podría conseguirlo ateniéndose únicamente a sus medios, por más influencias que compre y por mucho que logre taladrar los diques de la burocracia. Para lograrlo, a más de suerte, hay que disponer de un buen palancazo oficial. “Somos parte del Ministerio de Cultura –había puntualizado Aquino- pero somos una estructura de nuevo tipo a la cual le han servido los cambios que se promueven en el país”. Allá el que se trague que la movida era así de sencilla.

Pero no es de nuestro interés establecer cómo se las agenció Aquino. No sería relevante para el caso. Lo que importa es entender que ese tipo de empresa desbordaba los límites de los cambios que proyecta el régimen. No era un pequeño negocio. Incluso aún se encontraba en fase de crecimiento, pues, según el citado reporte de Reuters, sumaría pronto un servicio de paseos en barco por el Almendares, nada menos que por ese río que desemboca en mar abierto.

Si bien desde una perspectiva civilista Ulises Aquino es inocente, puesto que no constituye delito enriquecerse mediante el trabajo y la iniciativa creadora –al contrario, el delito de lesa infamia es negar ese derecho a las personas-, yo no estoy seguro de que sea inocente desde el prisma de la política. Como tampoco lo es ninguno de los otros artistas, intelectuales y empresarios “revolucionarios” que hoy se enriquecen (aunque sea con su trabajo o su talento) bajo la protección del régimen y a cambio de hacerle propaganda a su dictadura inútil y represora, que condena a la pobreza perenne a la mayoría de los cubanos.

El triunfante director de “El Cabildo” se escapó del redil, saltó la raya trazada por el cacicazgo. Tal vez porque sobrestimó a sus padrinos, o se sobrestimó a sí mismo, pero es más posible que lo hiciera por ingenuidad, porque al vivir unos centímetros por arriba de la gente común, llegó a perder pie dentro de la realidad que lo circunda, al punto de creerse en serio la fábula de la actualización del modelo socialista cubano. “Hay que demostrar que el socialismo es más lindo que los demás, no basta con hacerlo feo…”, había declarado.

Claro que al igual que muchos de su nueva clase, al no poder hacer el socialismo lindo para todos los cubanos, se conformó de momento con hacerlo lindo para él. Y en eso andaba cuando lo descalabraron. No por bañarse en plata, sino por bañarse sin saber guardar la ropa. Su empresa, mínimamente mayor que pequeña, y relacionada con la cultura, para colmo, era un pelo en la sopa del reformismo timbirichero del régimen. Así que simplemente lo sacaron del plato.

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Acerca del Autor

José Hugo Fernández
José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro. Reside en La Habana, donde trabaja como periodista independiente desde el año 1993.

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