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miércoles, 23 de julio 2014

Reos de leso crimen político

Devastar economía de un país, supeditando sus bases a estrechas ideas políticas, es un acto criminal

LA HABANA, Cuba, octubre, 173.203.82.38 -Quedó dicho ya que la política no es más que una torpe simplificación de las cosas. Pero ojalá no fuera más que eso. Suele ocurrir que esa torpe simplificación se proyecte con malsanos propósitos. Entonces el ejercicio de la política deriva en fundamento sine qua non de corrupción. Y es un delito muy grave.

Tal vez nunca veamos comparecer ante un tribunal, como reos de leso crimen político, a los responsables del siempre creciente arruinamiento sufrido por Cuba a partir de la segunda mitad del siglo XX. Pero ello no significa que no lo merezcan.

Devastar las estructuras económicas de un país por haber supeditado todas sus bases, todas sus acciones y proyecciones a un estrecho trazado político, o aún peor, a caprichos y dislates dictatoriales esgrimidos bajo el disfraz de un trazado político, representa un delito no menos siniestro que bombardear ciudades.

Ya que es así (y nadie con ojos en la cara tendría razones para dudarlo), entonces, a quienes hoy llevan la sartén por el mango en nuestra isla también sería pertinente juzgarlos por reincidencia en el crimen, con premeditación y felonía.

Sobran las pruebas. Pero para no ir lejos, bastará con reproducir la descerebrada perorata que en este mismo mes de octubre dirigió nuestro ministro de Relaciones Exteriores a un grupo de cubanos del exilio, reunidos en Nueva York.

Pasando por alto, desfachatadamente, la importancia que para la reanimación de la economía en la Isla puede tener hoy la pequeña y mediana empresa privada (una lección china y vietnamita que a nuestros caciques no les conviene aprender); e ignorando con el mayor cinismo que la mayoría de los empresarios extranjeros que se han instalado en Cuba, en los últimos tiempos, son pelagatos, pobretones y pícaros rufianes, que vinieron a multiplicar ganancias a cambio de míseras inversiones, el canciller dijo que no creía plausible que nuestros emigrantes y exiliados pudiesen invertir aquí, pues, para ello, el régimen les exige desembolsillar entre 200, 300 o 500 mil millones de dólares.

Por supuesto que sólo en los Estados Unidos hay muchos cubanos que disponen de cifras semejantes y que muy posiblemente estarían dispuestos a invertirlas en la tierra de sus ancestros, en el caso, improbable, de que el gobierno les ofreciera las garantías de rigor. Pero es que ni siquiera ese es el punto.

Ya que no quieren cambiar la realidad, los caciques del régimen optaron por cambiar el tema de conversación con la diáspora. Entonces, simplemente, le ordenaron a su infeliz recadero que pusiera la cara para incurrir en declaraciones públicas cuya esencia perversa y fascistizante no despertó (vaya usted a saber por qué) la perspicacia de los medios informativos internacionales. No obstante, sí debe haber ocasionado un gran boquete en las ilusiones de algunos cubanos de allá, que aun contra toda lógica, querían ver solidez en el globo de las reformas raulistas, aceptando incluso que no trascendieran el plano económico.

Antes no se les permitía invertir, por absurdo y cruento decreto dictatorial. Ahora tampoco se les permite. Sólo que se han sacado de la manga un argumento que, sin ser menos cruento, resulta más absurdo que el decreto anterior.

En suma, si a los cubanos de la diáspora se les impide participar en la recuperación económica de su tierra, y los de adentro no pueden hacerlo, por formar parte intrínseca de la ruina, el cuadro queda pintado para que los caciques sigan campeando, sin competencia, sobre los restos de su reino. Mientras, al pueblo le saldrán telarañas en el trasero, a la espera de un nuevo milagro, contenido quizá en la formación de la Unión de Repúblicas Soviéticas Suramericanas.

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Acerca del Autor

José Hugo Fernández
José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro. Reside en La Habana, donde trabaja como periodista independiente desde el año 1993.

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