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sábado, 01 de noviembre 2014

Reclutas de la quinta fila

El ilimitado poder de los militares puede estar instaurando en Cuba un Estado Mafioso

LA HABANA, Cuba, septiembre, 173.203.82.38 -Quienes viven o vivieron cerca del reparto Kholy, en el municipio habanero de Playa, recordarán aún cómo refulgía -igual que un cocuyo en el monte oscuro- el llamado Edificio de los Generales, durante las insufribles noches del Período Especial.

Era un espectáculo sumamente ofensivo para la población, sobre el cual llovían los comentarios, bien en tono sarcástico o de repulsión o de vergüenza ajena. Sin embargo, ni los generales u otros magnates que ostentaban aquel privilegio tan burdo, ni tampoco los ideólogos del régimen, quisieron darse jamás por enterados.

Ya sabemos que los militares (cualquiera diría que está previsto en sus reglamentos) son dados a las vertientes más desvergonzadas del privilegio, y además lo hacen de la manera más fresca, como quien cumple un mandato divino. Según la jerarquía y el grado, se distribuyen las prerrogativas, sin el menor escrúpulo por parte de los de arriba, ni el más mínimo disgusto de los de abajo.

Ni siquiera porque son los soldados quienes engrosan las listas de muertos en las guerras, se salvan de ser tratados por sus jefes como meras cucarachas. Es algo que parece haber sido siempre así, desde que existen los ejércitos, y quizá por eso ya casi nadie tiende a verlo como lo que es: una bochornosa anomalía.

Claro que más anormal y bochornoso se torna el asunto cuando los militares intentan imponer sus prácticas y rangos de privilegio en la vida civil. Pues, en tales casos, le aplican a toda la ciudadanía el mismo tratamiento que a sus soldados.

Entre un país dominado completamente por los militares y ese engendro malévolo al que llaman un Estado Mafioso, existen muy pocas diferencias, si es que hay alguna. De hecho, el militarismo es el más común sustento de un Estado Mafioso, cuyas características, como se conoce, son el control absoluto de la economía, por élites corruptas y criminales, que disponen de toda la fuerza para imponer leyes y para promover y defender sus intereses particulares.

Huelga aclarar que es justo lo que está ocurriendo en Cuba en este momento. Siempre existió aquí esa tendencia, pero nunca antes fue tan visible ni atropelladora. Tampoco habíamos podido notar tan claramente, en años atrás, esa especie de repartición del poder que hoy apreciamos entre las élites del régimen. Y ante tal repartición, nadie que tenga ojos en la cara puede pasar por el alto que a los cogotudos de las FAR y del Ministerio del Interior les ha tocado el monopolio de las riquezas, tal vez porque también les toca el trabajo sucio de la represión.

Si hace unos veinte años era motivo de escándalo público que un edificio de magnates permaneciera iluminado en medio de las oscuras noches de La Habana, ¿qué podría decirse hoy de la manera insolente en que los militares, luego de haberse apoderado de las más jugosas fuentes de ingreso en el turismo, luego de copar en absoluto el polo turísitco de Varadero, prohíben a los trabajadores por cuenta propia de la zona que ni siquiera se arrimen por aquellos lares con los menudos servicios que les permiten dar de comer a la familia?

Si hace ya dos décadas, el edificio de los (iluminados) generales de Playa restallaba como un látigo en los ánimos de nuestra gente de a pie, ¿cómo no estarán restallando los hermosos y sofisticados edificios que hoy se construyen en diferentes zonas de La Habana, para entregar, gratis y totalmente amueblados, a coroneles y otros oficiales de las fuerzas armadas, mientras las casas en ruinas de los ciudadanos comunes se derrumban sobre sus cabezas, o mientras tienen que inventarla en el aire buscando los materiales imprescindibles para remendar sus tugurios, sin disponer de dinero ni de dónde sacarlo?

Ahora mismo, frente a La Macumba, la más famosa discoteca habanera, ubicada en el municipio de La Lisa, acaban de inaugurar uno de esos edificios (calle 222 y avenida 37). Muy cerca están los humildes, feos y descarados edificios del que llaman Reparto de los Científicos, pues allí viven muchos especialistas y empleados del Polo Científico. Y ocurre que esos profesionales se quejaron durante años por el escándalo procedente de la discoteca, que permanecía abierta durante toda noche. Ellos pedían que al menos redujeran sus horarios de funcionamiento. Pero nunca consiguieron que las demandas prosperasen. Sin embargo, apenas los coroneles tomaron posesión de la zona, a La Macumba le fue impuesto silencio y paz, la paz de los sepulcros. Ya está clausurada.

Es lo dicho: Lo que más sobrecoge del modo en que los militares ejercen su poder sobre la vida civil, no es sólo que lo ejerzan a la brava, no es sólo que hagan uso y abuso de ese poder para enriquecerse y ostentar sus privilegios con la mayor naturalidad. También (y quizá mucho más) sobrecoge ver que tratan a todos los ciudadanos del país como si fuéramos reclutas de la quinta fila.

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Acerca del Autor

José Hugo Fernández
José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro. Reside en La Habana, donde trabaja como periodista independiente desde el año 1993.

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