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sábado, 02 de agosto 2014

¿Qué queda entonces?

Son muchos los que justifican su miedo y su inacción, alegando disgusto y desconfianza por la disidencia

LA HABANA, Cuba, febrero, 173.203.82.38 -Recientemente leí en Cubaencuentro un texto de un cubano de 28 años, residente en la isla, que pidió a la redacción de esa página digital que   publique “también lo que piensan y sienten los cubanos de a pie”.

Diego Alberto Cairo, que así dice llamarse, asegura en el primer párrafo: “La realidad de este país no se puede leer en un blog o escucharla de la boca de un reportero. Hay que estar aquí en la calle, con el pueblo, sudando bajo el sol, clavado una hora en una parada, luchando los cuatro pesos por fuera para luego hacer una cola y comprar lo indispensable que te permita llegar vivo al día siguiente”.

Lo que le hace pensar a este cubano de a pie que los blogueros y periodistas independientes no comparten esas vivencias y por tanto no son los más indicados para referirlas es la antipatía que siente por los que dice que “hablan mal de Cuba viviendo de lo que mandan los de allá, que son la mayoría de los disidentes conocidos”.

Su antipatía por los disidentes parece ser tan profunda como la que dice sentir “por estos personajes que no superan su fracaso político… una gran caterva de inmigrantes frustrados, vociferando a cada instante su odio visceral a Castro y su pandilla”.

Luego de hacer la salvedad  de que los periodistas independientes no hablamos mal de Cuba, sino de la dictadura –¡vaya manía que tienen algunos de confundirlo todo y otros de dejarse confundir!-, uno se pregunta si lo que sabe este joven de a pie acerca de los disidentes y que lo hace sentir tanto disgusto por ellos será algo más de lo que dicen las damas y los caballeros de la Mesa Redonda y en Granma Jean-Guy Allard, el zoquete canadiense al servicio de la Seguridad  del Estado y con los dientes putrefactos y halitosis crónica, probablemente como resultado de no lavarse la boca luego de hablar tanta mierda.

Pero sospecho que el joven sabe algo más sobre la disidencia, porque dice que no quiere terminar golpeado o preso. Y eso lo explica todo. No es el primero de los muchísimos que conozco a los que su disgusto y desconfianza por la disidencia, de la que no quieren saber ni que les cuenten, les sirve para justificar su miedo y su inacción.

Confiesa que tampoco quiere terminar “sin derecho a pedir asilo”.  Y eso me hace pensar que su antipatía por el exilio no es tanto contra  “esos que hablan como si tuvieran toda la verdad en sus manos”  como contra los que se quieren arrogar  “el derecho de privar a los que estamos aquí de la oportunidad de viajar y prosperar en Estados Unidos”.

Y yo que pensaba –y hasta le daba la razón, porque también me son antipáticos- que el muchacho se refería a ciertos generales y segurosos desertores que creen que se las saben todas, incluso los chismes de mesa y alcoba, pero que no logran ocultar su admiración por sus antiguos jefes. O que hablaba de ex-funcionarios  como Pedro Álvarez, que se largó a disfrutar en Tampa los dólares que robó durante los diez años que estuvo al frente de Alimport comprando al contado alimentos a los yanquis que se podían producir en Cuba, y ahora se pronuncia fervientemente por el levantamiento del embargo mientras vacila el capitalismo y el American way of life.

Pero no. El muchachón, que no quiere que lo empujen y mucho menos darse golpes, es de los que sueña largarse de Cuba a la primera oportunidad que tenga. Eso, si el dinero lo acompaña y algún país le da visa, con todas las podridas que nos han puesto a los cubanos.  ¡Y que arriba de eso vengan unos cuantos recalcitrantes  que viven del anticastrismo a pedir que quiten la Ley de Ajuste Cubano!

Diego Alberto, que ya se convenció de que la modificación de la ley migratoria no lo beneficiará, pasa de la revolución, de la disidencia y del exilio, de Miami y de las misiones internacionalistas, del voto por el delegado del Poder Popular y de la firma por alguno de los tantos proyectos opositores. Ha perdido totalmente las esperanzas.  Y uno se pregunta: ¿Y qué  queda entonces? ¿Cortarse las venas?

Siempre digo que me dan mucha pena las personas que solo piensan en largarse de Cuba y que se mueren de miedo ante la posibilidad de  luchar por sus derechos y  recomponer la patria.

Las colas, la mugre, los altos precios, las guaguas llenas, las covachas ruinosas en las que ya no cabemos, y otras penurias, todo eso lo compartimos, aunque DiegoAlberto no lo crea, se considere de los pocos con honor y nos quiera negar el derecho a hablar a los blogueros y periodistas independientes. Parece que le hicieron creer que vinimos en un tubo de pasta dental,  enviados por la CIA. O le es más fácil creerlo para  auto-justificarse.

Son muchos, probablemente la mayoría, más que silenciosa, muda y sorda, los  que no votan o depositan su voto en blanco en el circo de las votaciones del Poder Popular, los que no militan en las organizaciones de masas ni en la disidencia, los que no chivatean, los que (mal)viven de sus trabajos, sin remesas y sin robar. Para el gobierno no cuentan, para nosotros sí y mucho. Por eso hablamos de ellos, de lo que sufren y padecen. Algo que sabemos de primera mano. Si desean hablar por ellos mismos, como hizo Diego Alberto en Cubaencuentro, pues mejor. Pero que  respeten  a  los que tuvimos el valor de hacerlo primero.  Que no nos utilicen como coartada para su miedo.

luicino2012@gmail.com

Acerca del Autor

Luis Cino Álvarez
Luis Cino Álvarez

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956). Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura. Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Es subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.

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