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viernes, 31 de octubre 2014

Puro, tío, fiera me llaman

Compañero es un chivatón. El dócil rebaño que era el pueblo cubano se ha transformado en horda salvaje

LA HABANA, Cuba, marzo, 173.203.82.38 -El domingo 3 de marzo, en un artículo titulado “Desparpajo”, el periodista José Alejandro Rodríguez se quejaba  de la displicencia, el irrespeto, el desafuero,  el olvido de las jerarquías que se ha impuesto en la sociedad cubana.

Lamentaba Pepe Alejandro: “No hay señor o señora que valgan. Ni el compañero, que no siempre fue compañero”.  Apenas un papi o mami sin distingo de edades…En el restregueo de la confianza, expira lentamente el usted, y terminamos subsumidos por el emparejamiento en lo más procaz”.

Es cierto. Lo sé por experiencia propia. Asere, socio, loco, puro, tío, fiera, papi… De todas esas formas y de muchas más me llaman. Y no me ofendo, ya estoy acostumbrado. Tanto, que a veces me siento incómodo si me tratan de señor o de usted, especialmente si es una muchacha quien lo hace. Me parece que si no me tutea, es porque me ve tan viejo como una tortuga de la Polinesia.

Digamos que es normal que así suceda. En definitiva, he vivido siempre bajo un sistema que nos prometió la igualdad del rebaño. Solo que finalmente, sin renunciar a la mansedumbre ni salirnos del pastoreo forzado, adquirimos los feos hábitos de la horda.

Hoy en Cuba la palabra compañero solo se emplea en los discursos y en los ambientes oficiales. Si usted dice compañero, lo más probable es que lo miren como a un bicho raro, o peor aún, que despierte las sospechas de que es “un chivatón”, con la consiguiente activación de todas las alarmas de los presentes.

No echo de menos la palabra compañero, que sonaba tan falsa; en realidad, celebro que nos hayamos desuncido de la yunta de bueyes de la que tirábamos aparentando conformidad y entusiasmo.  Solo lamento que el tratamiento de señor y señora (solo para unos pocos) haya regresado a costa de tan profundas y dolorosas diferencias sociales. Precisamente ahora, que se habla del fin del igualitarismo como si esa fuera la panacea milagrosa.

El modo áspero y casi insultante en que nos llamamos unos a otros, es otro síntoma de cuán mal va esta sociedad, en la que casi todos los valores se han ido a bolina y los conceptos más elementales han trocado sus significados.

La revolución proscribió, por burgueses, no solo el trato de señor y señora, sino también el dar los buenos días, las gracias, decir “por favor” y pedir permiso.  ¿Cómo se esperaba entonces que nos comportásemos en lo que construíamos el socialismo?

Ya a nadie asombra demasiado el ruido soez del reguetón, las palabrotas, los escándalos domésticos que terminan en riñas tumultuarias; los graduados universitarios que no pueden escribir sin faltas de ortografía ni articular una frase coherente siquiera como los indígenas semi-analfabetos que vemos en Telesur, ahora que podemos ver Telesur en tiempo real; los empujones a las mujeres, los ancianos y los niños para subir a la guagua; los muchachos que suben sin camisa a la guagua, vociferando y bebiendo alcohol a pico de botella; la gente que lanza la basura a la calle y orina en los portales; los hombres que entran a las funerarias en camiseta y sin quitarse la gorra; las muchachas, con modales de burdel, que exhiben su cuerpo (y sus tarifas) como en tarima de carnicería…

José Alejandro Rodríguez trata de definir esta situación como “la vertiente posmoderna del choteo cubano que tan agudamente retratara el sagaz Jorge Mañach”. Pero me temo que Mañach, que nunca acabó de armonizar con el burlón modo de ser de  los cubanos, jamás imaginó que llegásemos a esto.

La gozadera y la rumbantela, que ni el mismísimo Fidel Castro, tan solemne y faraónico con su revolución, nos pudo quitar, hoy, en medio del despelote nacional, se ha convertido exactamente en lo que define José Alejandro Rodríguez como “una caricatura mediocre de la alegría”.

¿Acaso en tales circunstancias era posible  algún tipo de alegría que no fuera una grotesca caricatura?

Se preguntaba José Alejandro Rodríguez, olvidado de cuánto se esforzaron por inculcarnos el odio de los perros entrenados contra todo el que no sea su dueño, aun los otros perros: “¿Qué ha fallado en un país tan noble?… ¿Qué fracasó en esos seres que arrasan los espacios públicos con sus instintos primitivos? ¿Qué falló en la familia, en la escuela y la calle, en la sociedad?”

Elemental, Pepe Alejandro: falló  todo, el sistema completo. Desde el ataque al Moncada hasta los Lineamientos del VI Congreso del Partido Comunista. Probó  con creces que  no sirve.  La cuestión ahora es ver cómo nos desembarazamos de él. Luego vendrán las soluciones para arreglar el desastre. Solo que llevará tiempo. Mucho tiempo. Tal vez tanto como el que llevó crear esta pesadilla.

luicino2012@gmail.com

Acerca del Autor

Luis Cino Álvarez
Luis Cino Álvarez

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956). Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura. Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Es subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.

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