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miércoles, 03 de septiembre 2014

Los poderosos nunca cojean

Los dirigentes bolivarianos se muestran desenfrenados al entonar loas al caudillo populista

LA HABANA, Cuba, enero, 173.203.82.38 -En días pasados leía yo un interesante trabajo periodístico, en el que se recordaban los artificios realizados bajo la tiranía de Stalin con el fin de exaltar la figura del “Padrecito de los pueblos”. En concreto, se recordaba que, en una foto en la que el déspota georgiano aparecía junto a Lenin, el trucaje había cambiado las proporciones de los retratados, haciendo que el sucesor pareciera mayor que el fundador del régimen.

Se sabe que muchos de los que veían en persona a Stalin se asombraban de su pequeña estatura. Es cierto que el rostro pétreo del tirano y su gran bigote contribuían a crear una falsa impresión, pero lo determinante no era esto, sino la manipulación de su imagen mediática, que se hacía de modo sistemático para que pareciera un ser gigantesco.

En China, la propaganda maoísta exaltaba de otro modo la figura del jefe de la revolución comunista. Desde su trepa al poder se empezó a hablar del cruce a nado del turbulento río Yangtsé, que, según la versión oficial, realizaba cada año. Es posible que, en las décadas de los cuarenta o los cincuenta, Mao lo haya hecho de verdad; pero hacia el final de su mandato, cuando era ya un anciano que a duras penas lograba mantenerse en pie junto a los grupos de visitantes con los que se fotografiaba, el anuncio de cada supuesta proeza natatoria entraba de lleno en el campo del ridículo.

Durante mi estancia como estudiante en la antigua Unión Soviética, observé una manipulación análoga, aunque más inocente. En mi universidad figuraban las fotos de todos los miembros del Buró Político y entre ellas había una del calvo Nikita Jruschov… ¡con pelo!

En el caso de la desventurada Corea del Norte, ya se sabe que la imagen del fundador de la dinastía, Kim Il Sung, resultaba ineludible en las coloridas revistas de ese país. Pues bien: ni siquiera después de ver centenares de esas fotos oficiosas lograríamos barruntar siquiera la existencia de la gran pelota que tenía el personaje en un costado del cuello.

Durante la visita de Fidel Castro a Pyongyang, gracias a los camarógrafos cubanos (que no se andaban con ese tipo de exquisiteces, al menos con respecto a alguien que no era su jefe), nos enteramos de la existencia de la bola. Me parece estar viendo a una amiga que comentaba asombrada: “¿La viste? ¡Es enorme! ¡Y tiene venitas moradas!”.

Por su parte, el caudillo cubano tuvo la ventaja de haber llegado al poder con poco más de treinta años. Esa juventud le permitía practicar deportes a los que era adicto, tales como el baloncesto, el béisbol y la pesca submarina. Desde luego, estas actividades atléticas eran divulgadas con amplitud por la prensa nacional, que desde muy temprano quedó bajo el control absoluto del régimen. Era una forma más de exaltar la figura del dictador.

Pero uno de los métodos predilectos de alimentar la leyenda era la costumbre establecida por Castro de recibir a los visitantes extranjeros a horas inusitadas. No era raro que los miembros de alguna delegación foránea, cuando ya iban a descansar, al filo de la medianoche, fueran invitados a encontrarse con el Máximo Líder.

Esas entrevistas se prolongaban durante horas, y los incautos visitantes, entre bostezos y cabezazos, se hacían lenguas de la portentosa vitalidad de su anfitrión, que parecía inmune a la necesidad de dormir de cualquier simple mortal. Lo que ignoraban los muy tontos era que Castro, aprovechando el secretismo inherente a su régimen, y para inflar su personal leyenda, había establecido con gran astucia su propio horario de trabajo y descanso, que le permitía estar fresco cuando los humanos comunes y corrientes suelen estar durmiendo.

Ahora le toca el turno a Hugo Chávez.  Aunque en Venezuela no existe un régimen totalitario como los antes mencionados, el sistema entronizado por el teniente coronel de Barinas sí merece el calificativo de autoritario. Y en lo que se refiere a alimentar la leyenda sobre el supuesto carácter sobrehumano del caudillo populista, no existen demasiadas diferencias con los estados marxistas-leninistas de corte tradicional.

Los dirigentes bolivarianos se muestran desenfrenados al entonar loas al caudillo populista. La palma le corresponde al actual vicepresidente ejecutivo Nicolás Maduro, que no por gusto fue instituido heredero. Según él, Chávez, en pleno período operatorio, se mantenía “segundo a segundo” al tanto de la situación del país. Otra de las perlas maduristas es digna de ser citada: “Me apretó (la mano) con una fuerza gigantesca”, dijo de su jefe convaleciente.

Es con historias y métodos como ésos que se infla la imagen de los líderes con carteles de izquierdistas, y se logra que sean vistos por algunos de sus compatriotas como una especie de seres sobrenaturales, incapaces de cojear.

Acerca del Autor

René Gómez Manzano
René Gómez Manzano

(La Habana, 1943). Graduado en Derecho (Moscú y La Habana). Abogado de bufetes colectivos y del Tribunal Supremo. Presidente de la Corriente Agramontista. Coordinador de Concilio Cubano. Miembro del Grupo de los Cuatro. Preso de conciencia (1997-2000 y 2005-2007). Dirigente de la Asamblea para Promover la Sociedad Civil. Ha recibido premios de la SIP, Concilio Cubano, la Fundación HispanoCubana y la Asociación de Abogados Norteamericanos (ABA), así como el Premio Ludovic Trarieux.

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