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domingo, 21 de septiembre 2014

La ruta de los harapos

Desde los primeros años, la revolución comenzó el proceso de convertirnos en un pueblo de hambrientos harapientos

LA HABANA, Cuba, septiembre, 173.203.82.38 -El 12 de mayo de 1962 fue promulgada la ley 1015 “para la mejor distribución de los abastecimientos”. Era esta una ley de nombre engañoso con la que quedaba impuesto en realidad el racionamiento. A partir de entonces, cada uno de nosotros ha tenido una libreta de “abastecimiento” que nos limita a comprar, siempre en el mismo establecimiento, una exigua ración de alimentos.

A su vez, con la libreta de productos industriales comenzaba para los cubanos de a pie la ruta de los harapos. Por esta vendían, entre otras cosas, un pantalón al año para los hombres y una camisa de la peor calidad, con la misma pinta de oriente a occidente. También les tocaba, por la misma casilla, o un pañuelo o un calzoncillo y un par de medias.

Las mujeres podían comprar tres metros de tela al año -un caluroso lástex que no tenía nada que ver con nuestro clima- y una muda de ropa interior.

Además se vendía un par de zapatos, el cual era difícil adquirir no solo por las largas colas que se hacían, sino porque uno debía tener la suerte de que hubiera su número el día que le tocara comprar.

Como la cuestión era no andar descalzos, se pusieron de moda las zapatillas hechas en casa con alguna tela gruesa o vinil y con suela de neumáticos. También los chanclos, con la pala hecha de la mezclilla sobrante de las camisas que les vendían a los trabajadores.

En plena crisis aparecieron en el mercado los llamados “quicos”, unos zapatos plásticos de muy mala calidad, que duraban poco y provocaban hongos. En el verano se calentaban mucho, por lo que fueron bautizados por el pueblo como “ollas de presión”.

Algunos dicen que la fabrica era de tecnología china, otros, que vietnamita. Lo cierto es que la fábrica, situada en la calle Lombillo, en El Cerro, fue cerrada debido al fracaso de estos zapatos y al daño que provocaban a los pies.

En 1969, el gobierno cubano puso en vigor el “plan San Germán” para la distribución de productos para el hogar. Cuentan mi vecino Julio y su esposa que después de varios días haciendo cola para comprar por este plan, cuando por fin les tocó su turno, al ver la tienda casi vacía le preguntaron a la empleada: “¿Qué hay?”, a lo que esta les respondió, apenada: “Matamoscas”.

Con el inicio del llamado “período especial”, a mediados de los 90, dada la deteriorada situación económica, desapareció la libreta de productos industriales. No porque retornara la abundancia, sino porque no había qué vender en las tiendas.

Algún tiempo después, la “solidaridad de los pueblos” se hizo sentir y comenzaron a llegar al país donaciones de ropa nueva y de uso, que – a pesar de ser “donaciones- el gobierno puso a la venta principalmente en divisas, y en menor medida en moneda nacional. En ambos casos, a precios muy elevados para trabajadores y jubilados.

Hoy, a pesar de que hace algún tiempo no se surte las tiendas de ropa “reciclada” (nombre dado por el gobierno a esta mercancía usada), grandes cantidades de esta permanecen en las mismas, manchadas, llenas de polvo, con olor a humedad, y aun así no las rebajan, aunque se pudran.

Mientras, las calles cubanas están llenan de personas harapientas de todas las edades, con ropas cada vez más gastadas.

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Acerca del Autor

Gladys Linares
Gladys Linares

Gladys Linares. Cienfuegos, 1942. Maestra normalista. Trabajó como profesora de Geografía en distintas escuelas y como directora de algunas durante 32 años. Ingresó en el Movimiento de Derechos Humanos a fines del año 1990 a través de la organización Frente Femenino Humanitario. Participó activamente en Concilio Cubano y en el Proyecto Varela. Sus crónicas reflejan la vida cotidiana de la población.

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