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viernes, 22 de agosto 2014

La mafia rusa se instala en Venezuela

El affaire de los chavistas es consecuencia directa de las enseñanzas de su tutor en jefe, Fidel Castro


LA HABANA, Cuba, junio, www.cubanet.org -Hiela la sangre el documental sobre la mafia rusa que desde hace unas semanas discurre entre los habaneros mediante el más remediador de nuestros conductos para la libre información, la memoria flash. Por habituados que estemos a ver películas sobre el tema gánster y por mucho que nos hayan impresionado las crudezas de la mafia siciliana, de pronto, no nos queda sino asumirlas como ruborosas travesuras de tiempos antiguos ante el accionar excepcionalmente salvaje, pero desde sofisticadas estructuras que se gastan los rusos.

El monopolio con auspicios punto menos que apocalípticos que la mafia rusa ejerce hoy sobre el comercio internacional de armas, tanto ligeras como pesadas, o su sistema para el tráfico de prostitutas (con métodos que envidiarían los esclavistas del siglo XVIII, pero empleando a tope todos los progresos de la modernidad), pueden dejar sin resuello al más impasible de los mortales.

Y en el caso muy particular de los latinoamericanos, además de dejarnos sin aliento, amenaza con dejarnos sin defensas ni recursos legales, y, lo peor, sin esperanzas.

Precisamente, en días atrás, la valiente diputada y opositora venezolana María Corina Machado denunciaba, a través de la agencia española EFE, la creciente presencia de mafiosos rusos en su país, quienes, con la complicidad y la conveniencia de intereses del gobierno chavista, se hacen fuertes en sectores como el comercio de armas, el petróleo, la minería y la construcción, entre otros.

Es un hecho que, mientras en otras áreas del continente americano persiguen sin tregua a la mafia rusa y tratan de frenar (aunque con poco éxito) su penetración, en Venezuela no solamente le han abierto las puertas del país. También le allanan las vías para que penetren en distintas naciones del hemisferio.

“En nuestra América no puede haber Caínes. Nuestra América es una”, advirtió Martí, en junio de 1890, es decir cuando ni él ni nadie habría podido imaginar nuestro escenario de hoy, bajo el pedigrí de una casta de nuevos caudillos dispuestos a burlarse de los adelantos de civilización, justo a partir del manipuleo de los principios democráticos y de las conquistas del derecho cívico.

El affaire de los chavistas con la mafia rusa, o con los siniestros ayatolás iraníes, o con las narcoguerrillas colombianas, entre otras lindezas de horror, es -¿quién podría dudarlo?- consecuencia directa de las enseñanzas de su tutor en jefe, Fidel Castro. Aunque, paradójicamente, tanto Chávez ayer, como hoy Maduro, junto a la recua de sus acólitos, están contando con una ventaja de la que nunca pudo disponer Castro: el respaldo, muchas veces cómplice y algunas otras desidioso, pero casi siempre unánime, de los presidentes de la región.

Esto también lo denunciaba María Corina Machado en sus declaraciones a EFE: “Los gobiernos de Latinoamérica nos han traicionado”, dijo, dejando claro que los Caínes de que habló Martí no sólo han florecido en Cuba y en Venezuela, sino que se expanden como una especie de plaga, más o menos dañina según las circunstancias y el país, pero con rasgos de pandemia continental.

Lo descorazonador del caso es que la catástrofe esté ocurriendo en un momento en que Latinoamérica se adentraba en una coyuntura política y socio-económica que parecía idónea para darle un vuelco quizá definitivo a su historia.

Harta, empobrecida, viciada por los tantos malos gobiernos que debió padecer a lo largo del siglo XX, a la vez que resuelta a quitarse de encima la grosera gravitación de transnacionales impiadosas y de millonarios locales burdamente egoístas, la gente de Latinoamérica parecía madura para inaugurar el siglo XXI rompiendo al fin con su fatal destino histórico. El hecho de que la oportunidad se la pintase calva a Hugo Chávez y a Fidel Castro, no era suficiente motivo para impedir que circunstancias tan propicias terminaran yéndose por el tragante.

Si la existencia de eso a lo que hoy llaman la seudo democracia de algunos gobiernos suramericanos hubiera dependido únicamente de los petrodólares de Chávez y de los malos consejos y manejos de Castro, lo más posible es que no pasara de ser otra fracasada aventura caudillista, como tantas. Ni siquiera su demagogia populista y su picaresca de amañado activismo social, les hubieran alcanzado sino para mantenerse en el poder durante un tiempo más o menos breve.

Son los gobiernos del continente, casi todos, los que allanaron y aún allanan el camino a esta comparsa de muñecos diabólicos, bien sea por connivencia, bien por chantaje político o económico, bien por complejo de culpa o por simple y llana indolencia. Fingen haberse creído el bulo propagado por los socialistas del siglo XXI, según el cual los gobiernos latinoamericanos deben poner a un lado la ideología para trabajar unidos, ayudándose y respetándose mutuamente. Y es así cómo se han convertido en nuestros nuevos Caínes, traicionando no sólo las ansias y esperanzas democráticas de los pueblos de la región en general, sino la de sus propios pueblos, e incluso traicionándose a sí mismos.

La penetración de la mafia rusa y de otros nuevos males en Latinoamérica, traídos de la mano de los socialistas del siglo XXI, nos reportará calamidades impredecibles en cuanto a su trascendencia histórica, pero muy fáciles de vislumbrar en cuanto a su alcance geopolítico de este mismo momento. Ningún gobierno de la región que se precie de ser medianamente democrático debiera ignorarlo. Y es presumible que ninguno dejará de arrepentirse algún día, no muy lejano, de haber aceptado mansamente su papel en el consenso aprobatorio.

Eso es si los pueblos les dan la oportunidad. Porque ahora mismo nadie puede predecir el alcance de la chispa que ya prendió para expandirse desde las calles de Brasil.

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Acerca del Autor

José Hugo Fernández
José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro. Reside en La Habana, donde trabaja como periodista independiente desde el año 1993.

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