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martes, 02 de septiembre 2014

La doctora que cocina

Las vicisitudes de una médico internacionalista, luego de dos “misiones” en el extranjero

CIENFUEGOS, Cuba, septiembre, 173.203.82.38 -La propuesta llegó a Liudmila como llegan casi siempre los amores, súbitamente, sin pretenderlo o buscarlo. Aún no puede olvidar la cara del funcionario tratando de convencerla: “¡Tú sabes cuántos quisieran este viaje!”. Cierto que el lugar de destino no era el mejor, pero al fin y al cabo un viaje es un viaje; especialmente para un cubano.

La reunieron fue en un salón, rodeada de colegas con batas blancas, le dijeron que la misión estaba dirigida auxiliar al sufrido pueblo de Haití, que la iniciativa era sustentada por un programa de la Organización Mundial de la Salud, adscrita a la ONU, y que aun cuando estaban convencidos que la disposición mostrada por los presentes no tenía nada que ver con estímulos materiales y se debía solo “al espíritu internacionalista que les embargaba y el deseo de poner en alto el nombre de la revolución”, se les daría un salario de 300 dólares mensuales – ¡diez veces lo que cobraba en Cuba! – y al concluir el convenio, quedarían con un estipendio de por vida consistente en 55 dólares mensuales.

Y allá se fue ella, con la esperanza de una vida mejor para los suyos y un inmenso dolor en el pecho. Atrás quedaba la familia, dos hijos menores y un esposo que no puso obstáculos a su determinación, pues entendió la razón del sacrificio, por ello le alentó: “Dale mi amor, si tan sólo son tres años y cuando regreses podremos comprarnos el carrito”.

Haití fue una prueba dura. La nostalgia avivada por la soledad, las condiciones anormales que debía afrontar día a día; la insalubridad, el idioma, el clima, todo junto para hacerle la existencia difícil. El mundo virtual del correo electrónico le servía para traer desde su amada isla un soplo de ternura familiar. Por esta vía conoció del progreso académico de sus hijos, las enfermedades de mamá, los problemas de trabajo de su marido.

A Cuba regresó cumplido los tres años. El choque fue tremendo. Cierto que acá tenía lo más preciado, pero durante el periodo que estuvo allende los mares adquirió algunos gustos, que por estas insulares tierras no podía satisfacer. Además, la necesidad acumulada era tanta que los ahorros del trienio no cubría una parte importante de las carencias.

Por ello cuando meses después le hablaron de Venezuela, pensó que Dios había escuchado sus ruegos. A Suramérica marchó y no precisamente para seguir la ruta de Bolívar, sino para retomar el sueño haitiano donde lo había dejado y, darse tres años más de restricciones en pos del ahorro y la quimera del carrito. Pasado el tiempo, el día anhelado del retorno al hogar llegó nuevamente.

Después de unas merecidas vacaciones le ubicaron laboralmente en un consultorio del Médico de la Familia, a varios kilómetros de su casa. Liudmila recordó entonces lo que era una consulta médica a lo cubano. Sin transporte en la mañana, sin merienda o almuerzo, sin recetario para prescribir medicamentos, sin medicamentos que prescribir aunque hubiese recetario y lo más traumático, con un salario de miseria pagado en pesos nacionales.

A pesar de ello seguía siendo una privilegiada. Todavía podía disponer mes tras mes de los 55 dólares del estipendio vitalicio prometido, sumados a los 30 a los que equivalía su salario pagado en pesos cubanos, algo con lo que muchos colegas, aun con un grado de especialización superior, no tenían. Todavía podía darse el lujo de una cervecita el fin de semana, una comida familiar al mes, o comprarle la mochila y los zapatos a los muchachos.

Pero como la felicidad en casa del pobre dura muy poco y, donde manda Comandante no manda soldado, por razones que el gobierno señaló como económicas, pero que a Liudmila le parecieron “testiculares”, le fue suprimido de un plumazo y sin previo aviso o explicación detallada, el salvador estipendio.

Con lo que no contaban los funcionarios es con que Liudmila se revelara. La Doctora había tenido la posibilidad de salir fuera de la cueva que es la isla de Cuba y conocer la experiencia de otros pueblos que no dependen del monopolio del Estado para su subsistencia. Por ello, renunció a su puesto de médico y, como el estado no permite médicos cuentapropistas, se puso a trabajar como cocinera en una fonda clandestina que ella misma administra.

Liudmila me ha confesado que desde que cambió la bata blanca por el delantal es otra. Ahora tiene su propio negocio, no recibe órdenes de nadie, ni depende de un gobierno que la utilizó para sostener su agenda propagandista y alquilarla como mano de obra barata. Ahora le llaman: “La doctora que cocina”.

Acerca del Autor

Alejandro Tur Valladares
Alejandro Tur Valladares

Alejandro Tur Valladares. Cienfuegos. Periodista independiente desde el año 2005. Se inició en la agencia Cubanacán Press, dirigida entonces por José Moreno. Ha colaborado con distintos medios como Misceláneas de Cuba, Primavera, Radio Martí, Radio República. Es director de la agencia Jagua Press.

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