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sábado, 01 de noviembre 2014

El hechizo del espejo roto

Las vicisitudes de un cubano para conseguir un poco de sal, en el país de la salación

LA HABANA, Cuba, agosto, 173.203.82.38 -Hace poco me encontré a El mancha,  caminando como un loco por la calle bajo el sol, buscando sal. Hasta hace unos años, era un individuo de la peor catadura, pero  al salir en libertad de su tercera condena “conoció a Dios”,  mediante una mujer de Cangrejeras que lo revindicó casándose  y dándole una familia de tres niñas.

Como la sal de la libreta toca cada tres meses y hasta septiembre no le correspondía  la suya, y tampoco  tenía dinero para comprar un paquete   en la  tienda de divisas,  llevaba caminando toda la mañana,  mendigando  un poquito de sal, pero  nadie había  podido ayudarlo.

La gente antes miraban a El mancha con temor y desconfianza, por su historial  delictivo,  pero desde que se entregó a Jesús  es otra persona.  El mancha trabaja ahora en la fumigación contra el mosquito Aedes aegypti,  propagador del dengue,  pero la brigada cobra  poco y, a fin de mes, andaba ese día con los bolsillo fritos.

Contó que fue a pedir sal  hasta en  la panadería, pero estaba rota.  Los panaderos  le dijeron  que los salados  eran ellos, porque desde que sustituyeron  los hornos de ladrillos  por  los   eléctricos,  sufrían interrupciones continuas.

Ni en la dulcería  El mancha pudo resolver la sal que necesitaba, para que  su mujer  cocinara la comida de sus hijas, a pesar que el maestro-dulcero es Alexis la rata, compañero de su  primera  causa,  robo con fuerza a un almacén del  Estado. Según le contó Alexis, el almacén estaba cerrado  porque el almacenero andaba de vacaciones,   venía solamente de madrugada a sacar  la materia prima,  y dejar lo estricto.

Ni siquiera pudo ayudarlo la madre de Miguelito melón, su mejor amigo y consorte de su última causa, la más rimbombante de las tres: desacato,  resistencia  y atentado a la policía, cuando no se dejó   tratar como  basura, la vez de la molotera en la guagua.  La madre de Miguelito  le enseñó  la vasija plástica donde guardan la sal  de la casa, vacía.

Por el camino El mancha me dijo,  que sus desgracias provenían de haberse roto un espejo en su casa,  y  el   viejo refrán  anunciaba  siete años de ruina.  Su  mujer lo alentaba  que eran  pruebas de Dios,  para medirlos, pero lo cierto es que  no podía más.

Como tengo entrenamiento para lidiar con la insolvencia decidí ayudarlo. Lo conduje hasta la primera cafetería particular que vi, una que elaboraba  pizzas y comida criolla. Hablé  aparte con la dueña. Le conté el problema del espejo roto en la casa de El mancha,  y que no tenía sal para hacer la comida. Añadí con un guiño de complicidad,  que el hechizo  del espejo se rompía,   solo  cuando alguien de buen  corazón   hacía  un acto de caridad  al afligido.

La dueña de la cafetería resolvió  el problema con  una rapidez increíble,  regalándole medio paquete. Antes de irnos, nos preguntó qué clase de espejo se habrá roto en Cuba en el 59, y de qué tamaño sería, que  aún  no hemos podido  salir  de esta ruina.

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Acerca del Autor

Frank Correa
Frank Correa

Frank Correa, Guantánamo, 1963. Narrador, poeta y periodista independiente. Ha ganado los concursos de cuento Regino E. Boti, Ernest Hemingway y Tomás Savigñón, todos en 1991. Ha publicado el libro de cuentos La elección beilycorrea@yahoo.es

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