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jueves, 23 de octubre 2014

Crónica de un fusilamiento

El tenebroso espectáculo de la muerte en una cárcel del oriente cubano

LA HABANA, Cuba, febrero, 173.203.82.38 -El día en que se ejecuta a un reo, y uno, por casualidad, está en el lugar y en el  momento adecuado, y mira hacia abajo, por los balaustres del frente de la segunda planta de la Prisión Especial de Camagüey, verá algo que lo hará estremecer: El Palito.

En ese espacio, entre las tapias de las dos prisiones más tristemente célebres de esa provincia oriental -Kilo 7 y Kilo8-, se acomodan los sacos de arena y el palo donde amarran y vendan los ojos a los condenados a morir por fusilamiento.

Ningún secretismo rodea esta parafernalia de muerte. Desde que amanece, ya todo el mundo sabe lo que sucederá en la noche. Los delincuentes problemáticos se recogen como ascetas en sus cuevas, los cristianos no se despegan de la biblia, y los santeros parecen hablar con Ochosi, dios todopoderoso de las prisiones.

Después de repartir la comida, todos los reclusos son conducidos a sus celdas, sin excepción. Los altavoces de las dos prisiones rugen con música para amortiguar el sonido de los disparos. Son las señales inequívocas de que ese día se muere alguien entre las tapias.

Cercana ya la hora, cuando el sol hace rato que se ha ido, los carceleros de guardia, como si de un palco reservado se tratara, se acomodan en la segunda planta para presenciar la ejecución. Muchos abandonan sus puestos, después de asegurarse de que todas las celdas bajo su custodia están bien cerradas, y corren para no perderse esa dosis de circo romano.

Llegado el momento, que es cuando el reloj da las 9:00 pm -y no cuando todos duermen, como piensan muchos-, en la prisión se hace un silencio morboso. Todos quieren escuchar los fatídicos disparos que, a pesar de los altavoces, siempre se oyen, excepto el tiro de gracia.

Una vez escuchada la descarga, todos se quedan pensativos, bajan la cabeza, o vuelven a sus camas. Los componedores de guaguancó sacan sus hojas y lápices para inmortalizar el momento con una canción, que cantarán otros en las celdas oscuras y días tristes.

Dicen que el fusilamiento lo presencian varias personas del Ministerio de Justicia, militares, personal médico y familiares perjudicados por el condenado. A estos últimos ya no se les permite dar el tiro de gracia, como cuentan que se hacía al inicio de la revolución, para dar morbosa satisfacción a las víctimas.

Cuando amanece y uno vuelve a mirar, ya no están ni el palito ni los sacos de arena. Tampoco nos dicen como limpian tan bien la sangre. Al muerto lo trasladan en un transporte de Medicina Legal. Le asignan un número y lo entierran en una tumba anónima. Al cabo del tiempo, les informan a los familiares dónde yacen los restos.

Ahora hay una moratoria para la pena de muerte en Cuba. Pero, como espada de Damocles, todavía pende sobre nuestras cabezas. Quizás un día los nuevos inquilinos de la Prisión Especial de Camagüey se levanten y, al mirar hacia abajo, descubran con sorpresa que un espectáculo de muerte se ha vuelto a montar entre las dos tapias.

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Acerca del Autor

Julio Cesar Álvarez
Julio Cesar Álvarez

Julio César Álvarez López (1968) Graduado en 1990 de la Escuela Superior de Contrainteligencia Hermanos Martínez Tamayo. Detenido en 1992 por colaborar con los Grupos de Derechos Humanos y sancionado por un Tribunal Militar a 19 años, de los que cumplió 16, siete de ellos en la Prisión de Máxima Severidad de Camagüey. Salió en libertad condicional en abril de 2008 y cursó estudios de computación y fotografía digital en la iglesia San Juan Bosco. Sabe Inglés y en la actualidad estudia Alemán. Reside en La Habana.

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