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lunes, 24 de noviembre 2014

Cómo huele La Habana

Lamento defraudar a los exiliados que añoran la fragancia de su tierra, pero La Habana huele a rayos

LA HABANA, Cuba, julio, 173.203.82.38 -Lamento defraudar a los exiliados que llevan décadas añorando la fragancia de su tierra – los emigrados, como pueden venir de visita, aun la conservan fresca-, pero si me preguntan a qué huele La Habana,  no tengo más remedio que contestar que huele a rayos.

No hablo de La Habana virtual, al gusto de los clientes extranjeros, con puros Cohiba, mojitos, daiquiris y música de Compay Segundo. Esa ciudad de utilería huele a lechón asado, a mariscos y al  aire acondicionado que escapa de las tiendas en divisa con precios del Primer Mundo. No me refiero a esa pintoresca estafa, ni tampoco a las zonas congeladas en los barrios del oeste de la ciudad, al otro lado del Túnel de Línea, donde habita la elite, y que también forman parte de la engañifa para turistas, sino a la otra  Habana,  la real, la que habla a gritos y con palabrotas.

En ella hay una mezcla de olores que salen de las cocinas: el olor a fritanga y churros de cuentapropistas, a café mezclado ligado sabrá Dios con qué, a alcohol de reverbero –también sirve para beber-, a picadillo de soya y pescado podrido, a la comida subsidiada y mal cocida de los que comen gracias a la libreta de abastecimiento

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En Habana Vieja y Centro Habana, huele a arrecife sucio y muy contaminado. Y en todos los barrios, huele a basura sin recoger desde hace varios días,  al petróleo adulterado con kerosén  que despiden los  almendrones de alquiler y que se nos mete en los ojos, nos hace llorar y parece que va a destrozarnos los pulmones.

Se siente fuerte la peste a amoniaco que despiden los  meaderos en portales, escaleras, árboles, columnas -tantas como son-, en una ciudad donde apenas hay baños públicos.

Pero sobre todo, la peste a mierda  nos sale al paso en cada esquina, nos acompaña, ligada con la sempiterna peste a grajo, en cada atestada guagua que montamos.

No puede ser de otro modo. Para caminar por la ciudad hay que sortear los paquetes de basura y los papeles cagados que lanzan por ventanas y balcones a punto de derrumbarse,  los baches llenos de agua verdosa, los ríos de aguas albañales que brotan  de  cualquier parte, cual manantiales inmundos, y corren a cualquier lugar, o se acumulan en las esquinas, represadas por los escombros, y hacen un lagunato que crece y crece…hasta hacernos recordar a otra Venecia, más cálida y gris.

Y si cree que en la periferia respirará aire puro, se equivoca. En Luyanó, Lawton y El Cotorro, reina el hollín y la peste a sebo. Del vertedero que está a un costado de la calle 100 se eleva, hacia Marianao, el humo negro y marrón de la basura quemada. Y si va hacia el sur, de La Palma hacia allá, en Arroyo Naranjo, ni hablar. Las mismas aguas albañales, todavía más, y la misma basura, que como no la recogen, los vecinos la queman, lo que se suma al hedor del sancocho y las cochiqueras, las vísceras de cerdo, las cabezas de claria, los perros muertos en las cunetas,  los cagajones de chivos y caballos, las alcantarillas tupidas –si es que hay alcantarillado-, los arroyos convertidos en mojoneras…

Lamento decepcionarlos. Si lo prefieren,  no me crean. Tal vez exagero: la opresión me hace demasiado susceptible a la peste. O viceversa.

luicino2012@gmail.com


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Acerca del Autor

Luis Cino Álvarez
Luis Cino Álvarez

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956). Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura. Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Es subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.

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