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martes, 21 de octubre 2014

Comentarista sin comentario

Hace semanas que Raúl Castro no aparece en público. Su salud es un tema intocable para la prensa

LA HABANA, Cuba, junio, 173.203.82.38 -Dentro del desolador panorama de la prensa televisiva del castrismo, se destacan los comentaristas de temas nacionales. Su actividad se limita a un reportaje semanal (los martes) de algunos minutos de duración, pero aún así su trabajo no es fácil; no por gusto los altos jefes y ex jefes, incluyendo a Fidel Castro en sus conocidas reflexiones, eluden abordar esas cuestiones tan escabrosas.

El Máximo Líder puede dedicar extensos artículos a trazar —por ejemplo— las grandes estrategias para librar a la Humanidad del flagelo del hambre, pero tiene la astucia de soslayar los temas del desabastecimiento y la escasez entronizados en nuestro archipiélago, tropical y feraz, por el sistema que él dirigió durante medio siglo.

A los flamantes comentaristas de temas nacionales les está vedada esa posibilidad. Ellos hacen recordar al protagonista de la novela Oficio de Difuntos: aquel sacerdote forzado a ocupar la tribuna para hacer el panegírico del odiado tirano muerto, mientras los otros cómplices de éste se escondían entre la multitud anónima de espectadores,

Durante años, la ingrata tarea estuvo encomendada al señor Antonio Resíllez. ¿Su estilo? Loas desenfrenadas, silencios ensordecedores y justificaciones peregrinas a los problemas del país; todo ello en un tono compungido y plañidero, que se exacerbaba cuando aludía al mandón de turno.

Había que ver y oír al inefable colega cuando mentaba al “compañero Fidel”, mientras inclinaba la cabeza hacia un lado, entornaba los ojos y empleaba un metal de voz particularmente gemebundo, como pidiendo perdón por hipotéticas culpas ajenas: las de los ingratos (¡que jamás mencionaba de modo expreso, por supuesto!) cuyos cerebros, pese a toda la abnegación y el sacrificio del Máximo Líder, osaban cuestionar su ejecutoria.

Al pasar la jefatura al hermano menor, se tomó la sensata decisión de desaparecer de las pantallas a Resíllez, y sobrevino un largo paréntesis. Al cabo del tiempo, esas funciones pasaron a Talía González. Hay que reconocer que el cambio fue para mejorar. Y no sólo por su más grata presencia mediática —algo obvio—, sino también por su enfoque menos tendencioso de los problemas.

Por supuesto que no estoy hablando de cuestionamientos al régimen imperante. Tal cosa es impensable para un comunicador oficialista cubano, máxime en la televisión. Pero la colega, sin poner en dudas la perfección del sistema ni de su liderazgo, no elude hurgar en el sinnúmero de tragedias pequeñas y grandes que agobian al cubano de a pie.

Ejemplo de ello lo tuvimos el pasado martes 5, cuando Talía hizo un reportaje en el que tocó el secretismo de las tiendas en divisas, en varias de las cuales trató en vano de entrar para filmar con su equipo. Tal posibilidad se la vedaron los empleados, quienes, para hacerlo, invocaban “órdenes superiores” que, según alguno de ellos, se originaban en el mismísimo Ministerio del Turismo.

La prohibición rige no sólo para los informadores oficiales, sino también para simples particulares. A raíz de ser transmitido ese reportaje, que suscitó gran interés en la ciudadanía, una amiga narraba que, en una tienda, le prohibieron fotografiar las telas existentes, que quería mostrar a su anciana madre para que ella eligiera.

¿Qué sentido tienen esas disposiciones que, en el caso de “la prensa revolucionaria”, contravienen el papel que le ha asignado a ésta nada menos que el General Presidente! Mientras no me demuestren lo contrario, pensaré que la interdicción obedece al propósito de los administradores corruptos de borrar cualquier huella de sus delitos.

Me explico: Se conocen las trapacerías de muchos gerentes que —entre otras cosas— venden productos de procedencia ilícita y adulteran los precios establecidos. Por supuesto que cualquier foto o video constituiría una prueba irrefutable de esas fullerías, mientras que la mera denuncia de algún cliente, en su caso, admitiría siempre una impugnación basada en la posibilidad de error o mala fe.

Cualquiera que sea el origen de esa prohibición arbitraria, el hecho cierto es uno: los numerosos ciudadanos que este martes 10 aguardábamos expectantes el reportaje de la colega González, nos quedamos con las ganas. ¿Qué sucedió? ¿Predominaron los intereses de la poderosa burocracia del turismo?

¿O es cierto lo que se ha especulado sobre que el General Presidente no está en condiciones de ejercer a plenitud sus funciones, razón por la cual hace semanas que no se le ve en público ni en la pequeña pantalla? ¿Será por ese motivo que no se tomó una decisión sobre lo planteado por la periodista con nombre de musa?

En cualquier caso, el de la salud —o falta de ella— del Jefe de Estado es un tema más que no abordará la prensa castrista, que imita en esto a la de Hugo Chávez. En el ínterin, la actual Comentarista Nacional en Jefa habrá dispuesto de algunos minutos menos —¡de los pocos con que cuenta!— para tratar los problemas que más interesan a sus compatriotas humildes.

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Acerca del Autor

René Gómez Manzano
René Gómez Manzano

(La Habana, 1943). Graduado en Derecho (Moscú y La Habana). Abogado de bufetes colectivos y del Tribunal Supremo. Presidente de la Corriente Agramontista. Coordinador de Concilio Cubano. Miembro del Grupo de los Cuatro. Preso de conciencia (1997-2000 y 2005-2007). Dirigente de la Asamblea para Promover la Sociedad Civil. Ha recibido premios de la SIP, Concilio Cubano, la Fundación HispanoCubana y la Asociación de Abogados Norteamericanos (ABA), así como el Premio Ludovic Trarieux.

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