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jueves, 24 de abril 2014

Ciclón y reacción

¿Qué hará el régimen ante los ofrecimientos de ayuda que —es de presumir— comiencen a arribar en breve?

LA HABANA, Cuba, octubre, 173.203.82.38 -En la noche del pasado miércoles 24 para el jueves, el ciclón Sandy atravesó la zona oriental de nuestro país, ocasionando la muerte de una decena larga de compatriotas. También produjo daños materiales considerables. Las más azotadas fueron las provincias de Santiago de Cuba, Holguín y Guantánamo.

Los medios masivos de comunicación mostraron vistas diversas, en las que se aprecian los considerables destrozos ocasionados por el huracán en los barrios más modestos, sobre todo en la segunda ciudad del país. Verdad es que lo que se observaba eran casitas precarias, con techos de zinc u otros materiales deleznables y con paredes sin repellar, que fueron presa fácil del meteoro.

Porque hay que decir que, pese a las promesas hechas desde cuando el actual régimen no había cumplido aún el primer decenio, la edificación de viviendas no ha alcanzado jamás la cifra prometida de cien mil por año. Esto constituye una importante diferencia con otros países del llamado “socialismo real”, que aunque erigían edificios carentes de todo mérito artístico y con una pésima terminación, al menos eran capaces de darles un techo nuevo a muchas familias.

El general de ejército Raúl Castro se comunicó por vía telefónica con los jefes de los consejos de defensa de las distintas provincias afectadas; también dispuso una reunión del Órgano Económico y Social del cuerpo análogo de nivel nacional, para que evaluara los daños y determinara la ayuda que se necesita en los territorios afectados.

En esta difícil coyuntura viene como anillo al dedo la frase popular: Éramos pocos y parió Catana. La situación de por sí crítica que venía atravesando nuestro país como resultado del pésimo desempeño de la económica dirigista, se hace aún más peliaguda con esta tragedia que ha venido a sumarse a las anteriores calamidades.

Surge ahora la cuestión de qué hará el régimen ante los ofrecimientos de ayuda que —es de presumir— comiencen a arribar en breve. La pregunta no resulta ociosa, pues en más de una ocasión, en tiempos del hermano mayor, las autoridades de La Habana se dieron el lujo de rechazar, en nombre de los damnificados de entonces, algunas de las ofertas de auxilio que provenían de lugares que no les resultaban simpáticos.

Este tipo de decisiones resulta aún más irritante si se tiene en cuenta que se hacían de manera inconsulta. Eran tomadas, además, por jerarcas que tienen resueltos todos los problemas personales suyos y de sus familias. Ellos se arrogaban el derecho de asumir poses de ofendidos, sin tomar en cuenta que, ante una calamidad como ésa, deben prevalecer los intereses de las víctimas —personas y país—, y no los de la ideología.

Debido a esos antecedentes, los miembros del grupo plural de análisis Alianza Democrática Cubana (ALDECU) emitimos el mismo jueves una Declaración, en la cual pedimos que se facilite que los particulares puedan introducir alimentos, medicinas y materiales de construcción. También que las autoridades del país acepten toda la ayuda que ofrezcan organizaciones internacionales y países extranjeros, sin excepciones ni limitaciones y de manera incondicional.

Las decisiones pertinentes corresponden ahora al general Raúl Castro y sus colaboradores, cuya administración se ha caracterizado por realizar algunos cambios. Es cierto que los relacionados con la economía han sido mínimos, y los vinculados con la política, inexistentes. Pero, ante la actual tragedia humanitaria, el hermano menor tiene la posibilidad de modificar las prácticas viciosas de antaño.

Aceptar todo el auxilio que se ofrezca sería una medida inteligente y humana. Permitir que esa ayuda sea canalizada a través de la organización católica Caritas u otras entidades de la sociedad civil vinculadas a otras denominaciones religiosas o a sociedades fraternales, sería lo más efectivo, habida cuenta de la corrupción galopante que corroe las instituciones estatales.

También sería adecuado y justo cesar la discriminación desvergonzada que distintos agentes del régimen aplican a opositores y otros disidentes como los de la aguerrida UNPACU (Unión Patriótica de Cuba), a los cuales, con la mayor desfachatez, excluyen públicamente de las listas de damnificados por el ciclón, por el solo hecho de mantener y expresar opiniones que discrepan de las oficialistas.

En una palabra, si hay una coyuntura apropiada para “cambiar todo lo que deba ser cambiado” —como reza la frase fidelista tan publicitada por la propaganda del régimen— es justamente la de ahora. El presidente Raúl Castro tiene la palabra.

Acerca del Autor

René Gómez Manzano
René Gómez Manzano

(La Habana, 1943). Graduado en Derecho (Moscú y La Habana). Abogado de bufetes colectivos y del Tribunal Supremo. Presidente de la Corriente Agramontista. Coordinador de Concilio Cubano. Miembro del Grupo de los Cuatro. Preso de conciencia (1997-2000 y 2005-2007). Dirigente de la Asamblea para Promover la Sociedad Civil. Ha recibido premios de la SIP, Concilio Cubano, la Fundación HispanoCubana y la Asociación de Abogados Norteamericanos (ABA), así como el Premio Ludovic Trarieux.

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