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martes, 16 de septiembre 2014

¿Un padecimiento transitorio?

La ingobernabilidad, el más nefasto de los males que heredarán los cubanos del totalitarismo

LA HABANA, Cuba, marzo, 173.203.82.38 -A fuerza de vivir tanto tiempo bajo un poder que nos domina en lugar de gobernarnos, parece que los cubanos estuviéramos a punto de ser un pueblo ingobernable. Es un asunto al cual quizá no hemos prestado la debida atención, ni nosotros ni el propio régimen. Y ojalá que no resulte demasiado tarde para hacerlo. Tarde para nosotros quiero decir, pues para el régimen sí lo es.

Precisamente un signo revelador de la inutilidad de lo que ahora llaman el “proceso de actualización del modelo cubano”, está en la forma en que este proceso demuestra diariamente, a cada paso, la ineptitud del régimen para gobernarnos.

Esos grandes y pequeños funcionarios corruptos que saturan todas las estructuras y que, lejos de extinguirse al ser aplastados, se multiplican como las lombrices. Y esa abulia generalizada entre la gente de a pie ante los llamados al orden, ante el cumplimiento de la ley, o ante la perspectiva de cualquier compromiso, sea para apoyar con hechos los planes oficiales o para rechazarlos, no es sino consecuencia directa de la ingobernabilidad de los cubanos, posiblemente el más nefasto de los males que heredaremos del totalitarismo.

Pocas personas pueden ser tan ingobernables como las que renuncian a la estabilidad que proporciona el trabajo, resignadas a vivir del aire, apostando por la inseguridad y aun por la miseria, con tal de preservar ciertos ripios de libertad individual.

En apariencia, vivimos dispuestos a obedecer todo lo que nos ordenen y a sufrir resignados todo lo que nos impongan, pero si bien se mira, no deben abundar en el mundo pueblos tan desobedientes y descreídos como el cubano de hoy. Como tampoco abundan los que estén resueltos a pagar por ello tan alto precio.

Nuestra ya proverbial fama de aguantones, más que al miedo, podría estar respondiendo a una especie de insano complejo de impotencia, cuyos efectos, a la larga, no sólo son tan perniciosos como los del miedo, sino mucho más duraderos.

Vivimos en una sociedad desintegrada, y tal vez haga falta asumirla desde esa desintegración para entender su ingobernabilidad. El esfuerzo totalitario por reducirnos a una especie de colectivo ancestral, al estilo de las primeras comunidades de la civilización, ha terminado exacerbando nuestro individualismo y nuestra falta de responsabilidad ante el destino propio y ante la historia.

Estamos muy cerca de convertirnos en sujetos gobernados únicamente, o sobre todo, por la inercia. Hemos perdido esa chispa de inconformidad que rige cada acción de los seres ante la idea de progreso. A fuerza de fingir, hemos derivado hacia una suerte de incapacidad ya no sólo para decir las verdades, sino para enfrentarlas o, aún menos, para identificarlas. De tanto ocultar lo que sentimos, pareciera que nos quedamos sin aptitud para manifestar auténticos sentimientos.

Frente al engañoso abandono a que nos condenó el régimen, respondimos abandonándonos a nosotros mismos. Ante su enfermiza manía concentracionaria, oponemos en silencio nuestra picaresca de la lucha individualista. Nuestra pasividad, a prueba de todo tipo de menores y mayores hecatombes, no es sino un disfraz que apenas disimula una muy particular inconsciencia.

Ante la tesis totalitaria de que el Estado es superior a los individuos, y, por tanto, éstos tienen que ser sus servidores, es decir, las probetas para los caprichosos inventos de sus representantes, hemos asfixiado en nuestro interior la espontaneidad, la imprevisibilidad y el impulso de originalidad, rasgos todos eminentemente humanos, cuya ausencia nos aplasta con su peso de plomo.

Aquel viejo axioma según el cual a este régimen no hay quien lo arregle, pero tampoco quien lo tumbe, más que como un petulante reconocimiento de su poder, se nos revela hoy como un anticipo de su histórica finalidad de remolino, destinado a hundirlo todo antes de terminar hundido él mismo, irremisiblemente.

Padecemos enajenación colectiva. Y sólo falta por ver hasta qué punto se trata de un padecimiento transitorio. Porque de lo contrario, no resultaría fácil (ni estimulante) prever qué va a pasar en Cuba cuando llegue el fin de la dictadura.

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Acerca del Autor

José Hugo Fernández
José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro. Reside en La Habana, donde trabaja como periodista independiente desde el año 1993.

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