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miércoles, 23 de julio 2014

¿Todos somos culpables?

Es falso y malintencionado afirmar que todos los cubanos hemos sido chivatos aunque sea una vez

LA HABANA, Cuba, julio, 173.203.82.38 -El escritor mexicano Juan Villoro, que no es un político, mucho menos un político de derecha, fue durante tres años agregado cultural de su país en la República Democrática Alemana. Él ha referido que después de la demolición del muro de Berlín, y estando de visita en esa ciudad, revisó con ojos propios el abultado expediente que la STASI tuvo a bien abrirle en el período de su estancia allí como diplomático. Villoro afirma que las muy numerosas páginas de su expediente, repletas de trivialidades, fueron confeccionadas casi íntegramente por denuncias de informantes. Algunos entre ellos, incluso, siguieron espiándolo hasta cinco años después de concluida su labor en la RDA.

En general, se asegura que en aquel país, uno de cada tres ciudadanos era informante de la STASI, la tenebrosa agencia de seguridad del Estado, hija pródiga de la Gestapo. El dato no me parece exagerado. En lo más mínimo. Para saber que no lo es, bastaría con haber vivido en Cuba durante una breve temporada. Lo que me deja boquiabierto es la exactitud del dato. ¿Cómo se las arreglaron los alemanes para contar con esa precisión matemática a todos y cada uno de sus delatores bajo la muy estirada sombra del totalitarismo comunista?

En cualquier caso, dudo que algún día los cubanos podamos hacer lo mismo con nuestros chivatos. No porque la cifra sea mayor que en la RDA (creo que nunca, ni en las etapas de más ciego fervor, hemos llegado a tener uno por cada tres ciudadanos), sino porque nuestra Seguridad del Estado, que es menos sofisticada que la STASI, pero tal vez más pícara, no dejará estadísticas de sus desmadres. Puede ser que ni siquiera las elabore para su propio consumo.

Aunque la verdad es que se las traería la faena de elaborar semejante catálogo. Por lo menos en Cuba, donde ni siquiera es posible fijar en términos cuantitativos el espectro de la chivatería, según sus muy disímiles manifestaciones: por vocación, como oficio, como alternativa desesperada ante la necesidad de librarse de la cárcel, o del desempleo, o del asedio policial, o de la pérdida de bienes materiales diversos, o de un veto que impide viajar al exterior y/o trabajar en el codiciado ámbito de las divisas. También como la solución para publicar un libro, grabar un disco, filmar una película, representar una obra teatral… O como recurso para acceder a estudios universitarios y a cualquier tipo de ascenso con incidencia social y, sobre todo, económica. O como respuesta a múltiples tipos de chantaje: de carácter político, profesional, familiar, íntimo…

Porque no falte nada, están, desde la chivatería como método preventivo de defensa (tengo que delatar para quitarme a la Seguridad de encima), pasando por el psicológico (ya que me inspiran tanto miedo, como mejor me siento es contándoles las cosas antes de que me pregunten), hasta el procedimiento de utilizar la delación como astuta disyuntiva para enfrentar a la competencia en los negocios.

Eso por no contar una variante muy extendida entre nosotros, posiblemente más que entre los alemanes. La chivatería como desquite: si él me fue infiel con otra (u otro), yo le cobro el barato denunciándolo ante la policía política. Y ni hablar de la chivatería por envidia: lo denuncio y bien, que se joda, para que se le acabe la buena vida, mientras en mi casa nos estamos comiendo un cable.

Hay una vieja película, no por casualidad alemana (“M, el vampiro de Düsseldorf”, de 1931), donde la policía no puede capturar a un pavoroso asesino de niñas, pero insiste en buscarlo, virando patas arriba a todo un barrio de la ciudad de Düsseldorf, y, por tanto, poniendo en peligro las únicas fuentes económicas de su gente, fuentes mayoritariamente ilícitas, ya que se trata de un barrio marginal. Por tal motivo, los vecinos del barrio resuelven unirse para capturar por su cuenta al criminal, no porque quieran hacer justicia, ni porque les guste colaborar con la ley, sino para alejar de su barrio a las hordas policiales.  

Salvando las distancias (del tiempo), es una historia que podría filmarse ahora mismo en La Habana, sin necesidad de agregarle ni una coma de ficción. Si acaso, cambiando al perseguido: en vez de un asesino, que sea un opositor al régimen.

Así que aun cuando no ostentemos un récord tan pavoroso como el de la RDA,  nuestro buen porcentaje en el cuadro de chivatos per cápita queda fuera de toda duda. Y es posible que lleguemos a la supremacía mundial (ya que tanto nos gusta ver situada a nuestra islita en las estadísticas mundiales) en lo referente a cantidad y variedad de motivos insólitos para el ejercicio de la chivatería.

Lo que sí resulta absolutamente exagerado y, por consiguiente, falso, además de malintencionado, es afirmar que todos los cubanos hemos caído, aunque sea una vez, en la rastrera delación. Por más abultadas que sean nuestras cifras de chivatos, ex-chivatos, pre-chivatos o pro-chivatos… (y por cierto, tanto en La Habana como en Miami), no todos tenemos por qué cargar con ese sambenito. Culpables seremos de muchísimas poquedades, demasiadas, pero sólo a los chivatos, ex-chivatos, pre-chivatos o pro-chivatos corresponde esa culpa.

Y de la misma forma que nos parece imposible determinar en números exactos la suma de nuestros chivatos, porque ni siquiera estarían todos en la lista (si es que hubiera una lista), posiblemente sí sea exacto y justo sostener que durante los últimos decenios, todos los cubanos, aunque sea una vez, hemos sido víctimas de la chivatería. Claro que eso es algo por lo que no debemos preocuparnos más de la cuenta. Que se preocupen los chivatos, aun los que están convencidos de que jamás serán descubiertos, ya que sus nombres no figuran en los informes. Bastará con que algún día, durante un solo minuto de su vida, hagan suya la pregunta que nos extendiera Verdi, a través de Rigoletto: “¿Se puede hacer el mal sin que dejemos de ser el que éramos antes de cometerlo?”

En cambio, a las víctimas del chivato, por mal que nos fuera, siempre nos queda el consuelo de hacer nuestras las palabras del novelista argentino Ricardo Piglia: “Yo siempre digo que lo mejor que uno ha hecho en la vida es lo que la policía tiene registrado, que el currículum perfecto es nuestra ficha policial”.

Nota: Los libros de este autor pueden ser adquiridos en la siguiente dirección: http://www.amazon.com/-/e/B003DYC1R0

Acerca del Autor

José Hugo Fernández
José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro. Reside en La Habana, donde trabaja como periodista independiente desde el año 1993.

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