CUBANET

ABRIL 19, 1999


Entrevista al escritor cubano Lisandro Otero

La Vanguardia, 19 de abril
JOAQUIM IBARZ, México. Corresponsal

Entrevista al escritor cubano Lisandro Otero, que publica sus memorias "En La Habana me silencian y en Miami me insultan: quiero un socialismo eficiente"

En La Habana me silencian y en Miami me insultan", se lamenta Lisandro Otero (La Habana, 1932), el escritor que presenta su libro "Llueve sobre mojado. Memorias de un intelectual cubano". El autor encara desde el exilio el debate de lo que ha sido la historia de la revolución castrista, que también es parte de su historia personal; en su nuevo libro dibuja cómo la utopía del advenimiento de un régimen más igualitario se truncó en el advenimiento de un sistema autoritario y cerrado.

El punto central de sus memorias es la transformación de la revolución cubana. ¿Qué etapas diferencia en ese proceso? -En el inicio de la revolución, los intelectuales nos dedicamos a reorganizar al país, a crear un régimen de justicia social. Era un momento de idealismo exacerbado en el cual ninguna meta parecía imposible. Estábamos llenos de entusiasmo, entregados a construir un país nuevo en jornadas de trabajo de 16 o 20 horas. Esto fue en los 60 y los 70.

¿Cuándo vino el desencanto?

Después llegarían los problemas de la "realpolitik", en el marco de la cual, <Cuba>, una nación amenazada y bloqueada, se vio forzada a hacer una serie de maniobras para sobrevivir, como adoptar determinadas formas de acción política al estilo soviético que hicieron perder su frescura inicial a la revolución. En la medida en que se fue formando un partido único, al cual muy pocos intelectuales tuvieron acceso, éste empezó a asumir el papel de cerebro único que decidía por todos, que tomaba el rumbo por todos. El partido único fue uno de los elementos más destructivos en esa vinculación entre la intelectualidad y el proceso histórico que tenía lugar en el país.

¿El régimen cubano está en una etapa terminal?

Está en la disyuntiva de querer hacer cosas y tener miedo a lo que hace; da pasos para tratar de reformarse, pero luego se retracta por sus contradicciones internas. Dentro del poder hay gente que discute, unos a favor, otros en contra; hay un sector duro, ortodoxo, dogmático, y otro reformista. Eso explica que se den pasos en un sentido y en el contrario. El régimen está preso en una paradoja, quiere hacer cosas pero le dan miedo las acciones que propicia.

¿Qué papel tienen los intelectuales en la Cuba de hoy?

Hubo una época en la cual los intelectuales fueron muy participativos dentro del proceso revolucionario. Casi todos tuvimos responsabilidades, estuvimos cerca de esa operación de construcción de una utopía. Con el tiempo, la situación fue cambiando. Hoy, los intelectuales prácticamente no tienen ninguna participación en la acción política o en la construcción del país.

¿Y los intelectuales del exilio?

Los que estamos en el exilio tenemos diversas posiciones, pero la mayor parte estamos dedicados a nuestra obra: hay un poco de escepticismo, por lo menos yo lo tengo, en cuanto a lo que se puede hacer para modificar la situación cubana. Tanto los intelectuales de dentro como los de fuera no tienen una vinculación orgánica con el proceso político cubano.

¿Qué sintió cuando decidió marchar al exilio?

Fue un desgarramiento muy grande, rompía con una revolución a la que le había dedicado mis mayores energías. Después, cuando fui maltratado por el Gobierno por una cosa que yo traté de hacer con la mejor intención, me sentí muy mal. Me fui a vivir muchos años a España, luego vine a México, y durante ese tiempo me sentí muy deprimido.

¿Qué le indujo a escribir un artículo crítico en "Le Monde" que provocó su ruptura con el régimen?

Llegó un momento en que consideré que era necesario decir las cosas. En los años 60 y 70 tuvimos una actitud crítica, pero era interna; los intelectuales lo llamábamos inhibición responsable. Considerábamos que al estar <Cuba bajo el fuego de Washington, exponer en público la inconformidad era como cooperar con el enemigo. Logramos cosas; los campos de concentración de homosexuales se acabaron en buena medida por el embate nuestro. Tras tantos años de revolución y en vista de que las cosas no se arreglaban y se reincidía en los problemas, me pareció que había que decir las cosas en público. Desde luego que mi artículo en "Le Monde", más todo lo que he escrito, es una forma de decir que estoy adentro, pero no conforme. Mi artículo era de posiciones revolucionarias, no contrarrevolucionarias. Yo no coincido con los de Miami. Hay que profundizar un socialismo eficiente, democrático y liberal, no absolutista como el poder hacia el que se ha derivado

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