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Por Víctor Rolando Arroyo, Asociación Foro por la Reforma
PINAR DEL RIO, septiembre - Para como andan las cosas por el mundo, hablar
de crisis y en especial de crisis económica no es nada nuevo. Pero cuando
llegan a nosotros informes como el publicado en el número 9 de 1998 de la
revista "Cuba Socialista", editada por las más altas esferas
del partido único que hoy rige los destinos de este país, nos
suscita interés valorar, no tanto las cifras allí expuestas, pues
todos conocemos cuán difícil es en Cuba obtener valoraciones
diversas sobre temas considerados escabrosos, en especial los económicos,
sino los conceptos que allí se dan como ciertos e inobjetables.
A lo largo de cinco páginas se detalla el quehacer de los más
de once millones de ciudadanos que habitan en este país por medio de
indicadores y breves valoraciones sobre el comportamiento de esta vital
actividad.
El crecimiento económico representa el 2,5 por ciento en relación
con el año anterior, y de igual se nos presenta el crecimiento en
sectores tan sensibles como las inversiones, las exportaciones e importaciones,
que contra el real de 1996 crece en 17,6, 30,6 y 19,9 por ciento,
respectivamente. En la dinámica de las actividades fundamentales,
decrecen los sectores agropecuario y comercio.
No queremos hacer un tedioso resumen de cifras que en realidad nada dicen.
Adelantemos y busquemos las afirmaciones que motivan este análisis. Se
habla de una mejora en relación con el nivel de vida. Se habla de
desarrollo y de satisfacción de las necesidades materiales y espirituales
de la población, que se expresa, cuantitativamente, mediante el nivel de
sus ingresos y el volumen de consumo de bienes materiales y espirituales, así
como una serie de otros indicadores. Lo expuesto me motiva a desarrollar la
siguiente reflexión.
¿Es el crecimiento del producto interno bruto del 2,5 por ciento
reflejo del incremento per cápita en cuanto a ingresos de la población?
No. En este mismo informe, se refleja que el salario medio mensual del sector
estatal pasó de 207 a 214 pesos, que llevados a dólares
representan 10,2 al mes, y el referido aumento representó 28 centavos dólar
al cambio actual de la moneda nacional.
Para un país como Cuba en el que sólo el 49,5 por ciento de
los ciudadanos poseen divisas, sin reflejar cuantía, y en el cual la
circulación mercantil minorista está basada específicamente
en el pago en divisas, a las claras se perciben significativas desigualdades
sociales.
¿Qué elementos compone hoy la canasta familiar subsidiada del
pueblo, que el régimen distribuye a duras penas? 2,3 kilogramos de arroz
al mes, 2,8 kilogramos de azúcar, 0,4 kilogramos de chícharos o
frijoles, 230 gramos de cárnicos mezclados con harina de soya, en una o
dos ocasiones al año suministran grasa vegetal a 230 gramos por persona,
se entregan 50 gramos de jabón de tocador al mes, y a los niños
mayores, de 7 a 13 años, se les entregan dos litros per cápita de
yogurt de soya. La población en general tiene derecho sólo a 60
gramos de pan al día, y a los niños menores de 7 años se
les da un litro cada dos días de leche llamada reconstruida.
Las viandas, un componente básico en la dieta del cubano, ya no se
ven en los comercios de este tipo, y sólo se encuentran en los
agromercados a precios de muy difícil adquisición por el ciudadano
común.
¿Y qué decir de los artículos industriales? La tarjeta
que los normaba hace más de ocho años no funciona, y la red de
estos comercios ha sido transformada al comercio por divisas, o cerrado por su
mal estado constructivo.
¿Dónde se habrá dado el crecimiento en el consumo energético,
si cada día el ciudadano común tiene menos efectos electrodomésticos?
No sólo por desgate y roturas, sino por la prohibición de la venta
de equipos tan elementales como ollas arroceras o videocaseteras.
Se ha deprimido al máximo el transporte urbano, intermunicipal e
interprovincial, ya sea por vehículo automotor o ferrocarril. Y la radio
y televisión tienen horarios muy rígidos de programación.
Los eventos deportivos o culturales encuentran un serio obstáculo en su
programación nocturna, que tradicionalmente es la más adecuada.
El combustible doméstico sólo es asignado en proporción
que no rebase el 50 por ciento de la demanda mínima. Y de los apagones, ¿qué
decir?
Las exportaciones no pasaron de un crecimiento de 0,6 por ciento respecto al
año 96, en especial por la caída de la producción
azucarera, siendo las importaciones el polo opuesto, pues creció en un
19,9 por ciento en relación al año precedente, elevando el
desbalance comercial del país.
Miramos con verdadero escepticismo los datos propiciados con relación
a producciones seleccionadas. ¿Qué destino tomó el 36 por
ciento de crecimiento en la producción de arroz de consumo? ¿O el 14
de la industria pesquera? ¿O el 68 en la cosecha de frijoles, o el 18 en la
producción de yogurt?
Si se crece el 30 por ciento en la producción de cemento, ¿por
qué hay tanto incumplimiento en la construcción y reparación
de viviendas? Si sabemos que los otroras grandes planes de desarrollo están
literalmente paralizados y no reclaman grandes volúmenes de este
importantísimo material de construcción.
Si se crece el 40 por ciento en la producción de jabón de
tocador, ¿qué espera el régimen para vender a precios
normales los más elementales productos de aseo personal y de vestuario,
cuya ausencia convierte la vida del ciudadano en un verdadero infierno?
La tasa de desocupados fue de 6,9 por ciento, lo que según el régimen
es sostenible socialmente. Si a estos casi 240 mil empleados estatales que no
tienen empleo le sumamos los más de 200 mil en la economía
informal, estamos hablando del 14 por ciento de la población económicamente
activa.
¿De qué viven estos cientos de miles de trabajadores y sus
familiares? La respuesta es fácil: del invento. Vendedores ambulantes,
distribuidores a domicilio, etc., absorben una fuerza de trabajo de baja
productividad y magros ingresos, cuyas posibilidades de acceder a un empleo se
ven cada día más remotas. ¿De quién es la
responsabilidad?
Se mantienen las desigualdades en empleos similares entre la llamada empresa
estatal socialista y las de capital mixto, por lo que se da un flujo de
trabajadores en una sola dirección, con el consiguiente efecto negativo.
Se plantea como un logro el que 1,4 millones de empleados estén
vinculados a formas directas o indirectas en diversas etapas, puede ser por
medio de entrega de certificados de divisas o jabas con productos deficitarios.
Y nos preguntamos: ¿en qué cuantía esto resuelve la difícil
situación por la que atraviesa el trabajador? Hemos visto estos estímulos
y sinceramente dan risa. No es aislado el caso de obreros que en una fábrica
cuyas producciones reportan al estado cuantiosos beneficios recibir un módulo
de ropa de trabajo de dudosa calidad y algunos alimentos enlatados, y de nuevo a
trabajar hasta el próximo año. Resaltamos que de estas ingeniosas
formas de estimulación están exceptuados sectores tan importantes
y numerosos como el de la educación y la salud.
Este informe, elaborado por el Ministerio de Economía y Planificación,
hace una discreta mención a la deuda externa en moneda libremente
convertible. No aclara si en ella está incluido la abultada deuda con países
del ex campo socialista. Pero de todas formas, con los datos apuntados, sobre
cada ciudadano de este país pesa la responsabilidad de pagar cerca de 20
mil pesos en moneda nacional, o sea, que tendrían que laborar 7,7 años
con el actual salario medio actual para sufragarla, sin destinar nada a otros
gastos.
De todo lo antes expuesto percibimos un espíritu triunfalista en el
informe que hemos pretendido valorar a la luz de la realidad de hoy y no a la de
que el régimen dice ver al final del túnel, por el que lejos de
avanzar repta fatigosamente la economía cubana. Pienso que los espejimos
no son sólo patrimonio de los desiertos, también en los trópicos
hay quienes lo padecen.
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