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por Manuel Vázquez Portal, Cooperativa de Periodistas
Independientes
LA HABANA, septiembre - El socialismo en Cuba engendró las más
grotescas criaturas. Fraudulentos cursos universitarios para la fabricación
en serie de profesionales confiables. Calificadores de cargo donde la idoneidad
se otorgaba por medio de un carnet del Partido. Delirantes que con una oda al ejército
rebelde alcanzaban rango de poetas. Delatores de bares y cantinas, que luego
eran condecorados en los aniversarios del MININT. Barberos administrando un
central azucarero. Aguerridos campesinos al frente de un organismo nacional.
La fauna más conocida estaba integrada por los digirientes, que de
guayabera y barrigón, digerían todo cuanto tocaban. Los
conflictivos, que con sus dos únicos dedos de frente no hacían
otra cosa que buscarse líos a cada paso. Los militontos, cuya costumbre más
relevante era levantar la mano y aplaudir dócilmente.
En el plano intelectual se desarrollaron unos eminentes profesionales en
cuyos títulos rezaba: Silenciado en Derecho, Doctor en Ciencias
Sociolistas, Poeta Nacional, Histerizador de la Ciudad. Escribanos de noverlas
realistas, pero tan realistas que parecían actas de reuniones del Partido
y ya se sabe lo realistas que eran estas reuniones. Cruentos que narraban las
fabulosas broncas por un televisor ruso en el taller de ensamblaje de
televisores y ensayos tan puros que nunca llegaban a ponerse en escena de tan
ensayos que eran.
Cuando todos los espacios naturales estuvieron copados comenzaron las
mutaciones. Las legítimas esposas se cambiaron por jóvenes compañeras
de turno. Los confiables camaradas se permutaron por parientes cercanos. Los
sacrificados combatientes fueron designados a peligrosas misiones en París,
Londres y Madrid y a los hijos se les brindó un curso acelerado sobre
mentología para acumular diplomas y medallas que nadie pusiera en duda a
la hora de ser seleccionados para la juerga alta. Los seres de corral, viendo
tal estado de prosperidad en los elevados estrados, se transformaron en prósperos
merolicos, audaces luchadores, engalanadas jineteras, socarrones oportunistas.
El ecosistema alcanzó así su más mesurado equilibrio.
Se vivía con equidad, respeto y tolerancia. Pero aparecieron entonces los
disidientes, especie de enemigos internos que hicieron posible el nacimiento de
los mitineros y los repudiantes, animalitos de feroz aspecto y acción rápida.
El dueño del zoológico se dio cuenta de que en las jaulas estaban
apareciendo revolicos nunca vistos y decretó que en el nombre del padre
se declarara una ofensiva masiva contra todas las especies nocivas. Y en eso
andan todavía enfrascados, pero como Hércules frente a la Hidra, a
cada espadazo nuevo nace una cabeza nueva.
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