Al amigo Alejandro Rodríguez, testigo excepcional
del presente hecho
por Ramón Díaz Marzo, periodista independiente
LA HABANA, octubre - Elegua era un negro feo cuando llegó con 17 años
a nuestro campamento y se arrimó a la gente del ambiente. Tú sabes
lo que es el ambiente, ahora le dicen así, pero cuando estábamos
sometidos por los españoles, eran sociedades secretas de negros cubanos,
y se precisaba honorabilidad para ser ñáñigo.
Lo que te contaré ocurrió una mañana. El sol, en el cañaveral,
era un infierno. Yo 2 era rápido
cortando caña, pero mi compañero de pareja, ese día, estaba
enfermo. Ninguno de nosotros era campesino. El grupo nuestro era de La Habana.
Corría el año 1963, que fue cuando se promulgó la Ley del
SMO 3. Nosotros éramos soldados
castigados, pero como nuestras faltas no merecían elevarse a un tribunal
militar, optaron por enviarnos a Camagüey, donde se inauguraban los
campamentos de concentración de la UMAP.
Nuestra situación en la zona de Florida, un pueblo de Camagüey,
no era como la de los civiles -homosexuales, lumpens, testigos de Jehová
y demás religiones. Estábamos presos, pero sin alambradas ni
guardias de garita.
Al principio, nosotros sólo éramos 20 reclutas. Luego iban
llegando a nuestro campamento los reclutas de otras provincias, y en uno de esos
grupos llegó el negro Elegua. Nadie quería cortar caña con
Elegua. La caña se corta en pareja. Elegua siempre se quedaba rezagado y
yo tenía que ayudarlo.
El día de los sucesos, después que los camiones nos condujeron
hasta el campo, el negro no tenía pareja en el corte, y yo le dije: "Elegua,
ven conmigo". En el cañaveral, temprano en la mañana, el frío
y la niebla te hacían creer que estabas en Londres, pero a las 9, cuando
el sol subía, te dabas cuenta de que estabas en Cuba. La hoja de la caña
tiene vellos de mujer que son puñalitos que te torturan el cuello, y el
sol es una lluvia de fuego, y la tierra, una sartén sin grasa, ardiendo
con un fuego subterráneo.
En el cañaveral no hay posibilidad de pisar en firme. Algunas cañas
crecen retorcidas y arrastrándose. A las 11 de la mañana, y sin
adelantar aún el tramo que justificara el "diez", Elegua salió
a la guardarraya, donde una pareja de reclutas que sí habían
terminado la mitad de la norma se permitían un descanso.
Los dos reclutas fumaban tranquilamente sus cigarros cuando vieron al negro
caminar hasta ellos. "Ahí viene
está de p...
4", dijo uno. "Es que cortar caña
no es pa' to'el mundo, asere 5",
dijo el otro. Elegua se detuvo. "¿Qué volá
6?", saludó. "Oye", dijo uno, "cerca
de aquí está el teniente". El negro no contestó.
Entornó los ojos y miró el azul del cielo. "Déjenme el
cabo", fue lo que dijo.
Cuando le alcanzaron el cigarro, se acomodó sobre un terrón. "Esta
noche tengo vuelo. Iré al batey".
"Esa mulata te va a complicar, asere".
"Aquí to'el mundo se fuga".
"Sí, es verdad", dijo uno, "pero el teniente está
encarnado en tí".
"No tengo miedo":
"Hay que legislar, asere. Hay que pasar estos tres años sin pro",
dijo el otro.
Dando grandes saltos, entre los surcos alguien se acercaba. Sin habérselo
propuesto, los tres reclutas habían formado un círculo, y nadie
habría llegado hasta el lugar sin ser visto.
"¿Tú sabes quién viene por ahí?",
preguntó uno.
"¿Quién?", dijo el negro mientras le daba la última
chupada al cigarro.
"El teniente".
"Vaya, vaya, vaya
", empezó a decir el teniente. "Pero
si están en un picnic. ¿No me invitan?"
Los tres reclutas se incorporaron en posición de atención
militar.
"Pero continúen, continúen", ordenó el
teniente con sarcasmo.
Los reclutas volvieron a la posición anterior. Por educación,
se sentaron dándole el frente al jefe del campamento. Quizás desde
que los había visto ya había revisado el trabajo de los reclutas,
o quizás no y lo que le importaba era el surco de Elegua. Quizás
tampoco miró el surco de los reclutas, y mucho menos el mío y el
de Elegua, a quien suponía incapaz de cumplir la norma. Para arribar a
una conclusión, sólo debía dejarse arrastrar por la cólera.
"¿Así que los demás cortando, y ustedes conversando?",
masculló el teniente a través de un sucio mocho de tabaco.
"Nosotros terminamos la mitad de la norma, teniente. Además, ya
casi es la hora del almuerzo".
Elegua alzó sus ojos hasta la cara crispada del teniente. Y el
teniente seguía diciendo: "El verdadero revolucionario no tiene
norma. Si termina su norma, debe entrar a otro surco".
La naturaleza había maltratado a Elegua a la hora de su nacimiento.
No por negro, sino por feo. Especialmente la pupila enrojecida de sus ojos, y
cuando los alzó, su fealdad se acentuó, dándole al rostro
un involuntario desafío. Y mientras el teniente hablaba, se fijó
en aquella mirada.
"Y tú, ¿qué me miras?"
El negro bajó los ojos sin contestar. Pero el teniente Mora siguió
hablando: "No vayan a pensar que por ser yo el jefe, de presentarse la
ocasión, no soy capaz de entrarme a trompadas con cualquiera de ustedes. ¡A
mí hay que respetarme de hombre a hombre! No me gusta que me miren mucho.
El problema de Elegua consistía en no poseer otra cara para mirar al
mundo y que el mundo lo mirase a él. Sorprendido, volvió a
levantar, sin el menor asomo de violencia, sus buenos pero feos ojos. Y como le
cuento, su cara fea, especialmente la pupila enrojecida, quedó al
descubierto.
Cerca del lugar había un grupo de árboles a donde había
llegado el camión del almuerzo. Desde todas partes se oía: "Llegó
el almuerzo
llegó el almuerzo".
Los dos reclutas, Elegua y el teniente estaban en otro mundo. Yo caminé
hasta el lugar, con un presentimiento malo.
"Buenos días, teniente", creo que dije, para suavizar la
situación. Pero nadie ya podía escucharme. El teniente sabía
quiénes eran los ñáñigos en el campamento. Era con
quienes prefería conversar. En ocasiones, delante de aquellos hombres,
ridiculizaba al negro Elegua con órdenes absurdas. Claro, sin llegar al
extremo en que la dignidad puede quedar maltratada para siempre.
Pero aquella mañana, cierta calma en Elegua, con su cara fea, exasperó
al veterano de la Sierra Maestra. Y el teniente repetía: "No me
gusta que me miren mucho, coño".
El teniente hablaba, y Elegua hacía como si con él no fuera. Y
en el paroxismo de su cólera, nos gritó: "¡Firmes!"
Y parándose frente al negro, burlón, le preguntó: "¿Quién
te habrá puesto Elegua, ¿eh?"
A la orden de "firmes", Elegua se había incorporado, sin
darse cuenta de que en la mano sujetaba un largo machete "made in China".
El teniente interpretó en ello cierta amenaza. Varios cortadores que se
dirigían a donde el camión del almuerzo escucharon las voces.
Entre los testigos había varios ñáñigos, y el
teniente los había visto.
Recordó entonces que el negro Elegua quería, algún día,
juramentarse en el juego. Y comenzó a decirle: "¿Y ese machete?
¿Piensas utilizarlo? No, no te lo creo. Pa'eso hay que tener pantalones, ¿oíste?
Es más, ¿quieres que te diga la verdad aquí, delante de to'el
mundo? Pues te la diré: Tú no tienes cojones pa'darme un machetazo".
En honor a la verdad, hay que aclarar una cosa: aquellos machetes chinos tenían
el filo de una cuchilla de afeitar, y el machete se movió solo. Es verdad
que Elegua alzó la mano, empuñando el filoso artefacto. Y cuando
la bajó, el codo no se había separado de la cintura. Quiere decir,
Elegua no estiró su brazo con ensañamiento. Sencillamente, el arma
viajó sola, impulsada por su peso, abriéndose paso en la carne.
"Hay, maricón, me diste".
El teniente, que siempre andaba con una pistola al cinto, hundió su
mano en el aire cerca de la cintura. Pero ese día no la llevaba, y sus
movimientos inútiles se repitieron varias veces. Yo he visto a un hombre
matar a otro de un disparo, pero cuando me fijé en la cabeza del
teniente, vi su sombrero de guano picado por el costado. La piel, de esa parte
de la cara, desde el cráneo hasta poco más abajo de la oreja, le
colgaba.
Me le acerqué y con mis manos sujeté el pedazo de pellejo con
la oreja. "Estése quieto, teniente", creo que dije.
Elegua era el más asustado. La visión de la sangre lo había
enardecido, y gritaba palabrotas mientras blandía el machete.
Entonces sí que llegaron gentes de todas partes. Viene el político
del campamento corriendo, y armado con una pistola. Elegua se dio a la fuga y el
político apuntaba con el arma. Apretaba el gatillo, sonaban los disparos.
Pero no lo tumbó.
A Elegua lo capturaron al siguiente día, no recuerdo cómo. En
cuanto al teniente, éste me apartó a un lado, y solito fue
caminando hasta el camión. El mismo sujetaba su trozo de carne sin
desamayarse.
En 72 horas organizaron el juicio. Cuando la población sometida supo
que el fiscal sería David La Roche, del Tribunal Revolucionario de
Oriente, dieron a Elegua por muerto. Improvisar un juicio en pleno monte no era
nuevo. De cuando en cuando llegaban noticias de fusilamientos en otros
campamentos.
Al recordarlo todo pienso que Elegua se puso fatal. Porque si hubiera sido
otro teniente. Pero el teniente Mora era el sobrino del jefe de toda la UMAP.
Ese oficial, David La Roche, vino y me dijo: "Alejandro, tú que
viste lo ocurrido, ¿estarías de acuerdo con la pena de muerte?"
No tuve miedo de contestarle: "El teniente Mora no está muerto.
Si el teniente Mora estuviera muerto, yo estaría de acuerdo con la pena
capital, porque nadie tiene derecho a matar a nadie. Pero el teniente Mora no
está muerto. Además, yo vi cómo el teniente Mora lo provocó.
Fue una humillación, y Elegua no supo lo que hacía".
Mi declaración trajo por consecuencia que no compareciera yo como
testigo en el juicio. Tampoco citaron a los otros dos reclutas.
Cuando lo recuerdo todo, se me hace la idea de que Elegua pensó que
no lo iban a fusilar. El juicio lo celebraron en el batey La Tumba. Estaba
presente la plana mayor de la UMAP y grupos de prisioneros de los diferentes
campos de concentración.
Durante el juicio noté en el rostro del negro cierta alegría.
Seguro estaba recordando a los testigos de Jehová. A ellos los fusilaban
de mentira, con balas de salva. Pero al final, cuando el juez dijo: "Condenado
a muerte por fusilamiento", el rostro del negro cambió de color.
Nadie sabe de qué parte de Cuba eran los integrantes del pelotón
que lo fusilaría. A Elegua lo condujeron hasta un claro, donde crecía
una ceiba. Yo me encontraba entre cientos de presos. Hubiera querido despedirme
del ecobio 7, pero no me habría
visto: éramos muchos. Y Elegua caminaba, mirando hacia la tierra, con las
manos amarradas a la espalda.
Con una soga larga ataron su cuerpo a la ceiba. En su rostro, según
recuerdo, había calma, como si pensara que sólo querían
asustarlo. Pero después que el pelotón hizo formación
frente a él, y un oficial dijo "Preparados", y se hizo un
silencio que a mí me pareció la llegada de la muerte, y el oficial
dijo "Apunten", vi en él el horror de quien inesperadamente y
en un instante termina por comprender que ha llegado la última hora.
El oficial gritó "¡Fuego!", y Elegua, relajado todo su
cuerpo, no pudo impedir que la punta de la quijada se le hundiera en el pecho.
Luego ese mismo oficial desenfundó su pistola, se acercó a la
cabeza de Elegua y le dio el reglamentario tiro de gracia.
En los días sucesivos, sin nadie proponerlo, hubo duelo en nuestro
campamento. Nadie hablaba. Ese ha sido el silencio más grande que he
escuchado en mi vida. Luego ese silencio se fue debilitando, y la vida a poco
recobró su brío. Después de todo, fusilados, o en la cama
de un hospital, algún día todos moriremos.
Cuando el teniente Mora salió del hospital, no creyó en la
historia del fusilamiento. Con una pistola comenzó a buscarlo por los
campamentos. Yo he pensado que el machetazo de Elegua llegó hasta ese
lugar donde se organizan las ideas.
1. Unidades
Militares de Ayuda a la Producción. ^
2. Testimonio del
señor Alejandro Rodríguez Martínez, testigo excepcional por
ser personaje personal participante de este suceso real que me contó.
^
3. Servicio
Militar Obligatorio. ^
4. Expresión
popular cubana. ^
5. Amigo.^
6. Saludo.
^
7. Hermano de
religión. ^
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