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29 de marzo de 1998 en El Nuevo Herald JUAN O.TAMAYO Redactor
de El Nuevo Herald
Fue sólo
una crítica a una película cubana que se burlaba de los disparates
socialistas. Pero el crítico era Fidel Castro y sus palabras provocaron
alarma y desafío entre los intelectuales habaneros.
"Comandante, no estamos acostumbrados a discrepar de usted'', dicen que
dijo un escritor en una borracosa reunión con los intelectuales a
principios de este mes. Durante la misma, cada parte trató de explicar
su propio punto de vista y tranquilizar a la otra.
Algunos escritores y artistas dicen que la reunión calmó sus
temores y que su mismo impacto demostró que la libertad artística
está viva. Pero el incidente dejó un sabor de un recrudecimiento
de la represión entre muchos intelectuales que dicen que las palabras de
Castro ya habían levantado una ola de miedo y dudas en el mundo de la
cultura.
Castro desató la discusión en un discurso de siete horas el 24
de febrero en el que fustigó a una película "desbalanceada''
que se "burlaba mórbidamente'' de la revolución. Alegó
no recordar su título pero estaba claro que se trataba de Guantanamera,
una comedia de 1995 sobre las absurdos burocráticos con que tropieza una
mujer que tiene que organizar el funeral de un pariente. El filme circuló
mucho fuera de Cuba y resultó muy popular con las audiencias de Nueva
York y Miami.
A los pocos días del discurso de Castro, la película fue
sacada de la programación para el 39 aniversario del Instituto Cubano del
Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC). El presidente del
instituto, Alfredo Guevara, un viejo defensor del derecho de los artistas a
tener una visión crítica aunque respetuosa del socialismo, fue
veladamente criticado por los comunistas ortodoxos.
Guevara dijo poco después a los periodistas en La Habana, "tengo
el alma desgarrada pero permanezco más fiel que nunca a mis convicciones
revolucionarias, y opto por el silencio''. Sus palabras recibieron mucha
publicidad en el exterior, aunque no en Cuba.
A los escritores y artistas cubanos les preocupa que Castro esté
indicando un regreso a los años 70, cuando el gobierno trató de
imponerles a los intelectuales una especie de Realismo Socialista al estilo soviético.
Según una revista mexicana, Juan Carlos Tabío, un director de
cine y miembro del ICAIC, dijo: "No sabemos si esto traerá un ajuste
a la política del ICAIC o si éstos son solamente los criterios
personales del presidente Castro''.
También preocupa a muchos que el gobierno tal vez les apriete las
riendas a los muchos artistas y escritores que se han trasladado al extranjero
para ganar dólares, pero que mantienen discreto el nivel de crítica
al gobierno para que se les permita seguir visitando la isla.
En medio de informes falsos sobre despidos en el instituto fílmico,
Castro habló a puertas cerradas el 2 de marzo con unos 200 intelectuales,
miembros de la controlada Unión Nacional de Escritores y Artistas Cubanos
(UNEAC).
Ocho miembros de la Unión defendieron a Guevara y a Guantanamera, y
además el derecho de todo artista revolucionario a reflejar su sociedad y
a criticarla, según dijo después un miembro que estaba presente.
A la queja de Castro de que la elite artística estaba yendo a
demasiadas comidas en las embajadas extranjeras, un escritor replicó: "Sí,
vamos, comemos y escuchamos, pero no hay problemas porque nuestra digestión
es revolucionaria'', según contó un escritor sudamericano que
tiene buenos contactos entre los intelectuales cubanos.
Fue una sesión agitada en la que Guevara se sintió mal por
momentos, y Abel Prieto, el ministro de cultura y ex director de la unión
de escritores, discutió acaloradamente con Esteban Lazo, un miembro del
Buró Político del Partido Comunista.
"No usamos la palabra confrontación, pero cada bando explicó
su posición con igual franqueza'', dijo otro miembro presente de la unión
de escritores.
Cuando los intelectuales acabaron de desahogarse, Castro preguntó si
alguno de los miembros presentes difería de opinión con los que
hablaron. Nadie lo hizo, y él empezó a defender sus críticas
de Guantanamera.
Según se dice, Castro dijo que no había visto la película,
pero no iba a retractarse tampoco. Y dijo que, aunque había "otros
sectores'' del partido y del gobierno que no estaban de acuerdo con la UNEAC, "si
ustedes nos persuaden, tal vez podamos cambiar de opinión''.
Los miembros salieron de la sesión con la impresión de que
Castro había "dejado una puerta abierta al diálogo'', según
dijo el escritor sudamericano. Según ellos, la prueba fue que el discurso
de Castro el 24 de febrero, a diferencia de la mayoría de sus discursos,
no se ha publicado nunca en los medios de noticias de Cuba.
Aparentemente, Guevara trató de obviar el asunto al decirle a alguien
que lo entrevistó por televisión el 16 de marzo que los
comentarios de Castro sobre Guantanamera fueron "útiles, porque al
menos está pensando en nosotros, y eso es bueno''.
Los intelectuales, dijo, continúan "leales a la revolución,
críticos como él [Castro] pero no más que él''.
Agregó que tratarán de persuadir a Castro, pero "aún
tienen la capacidad para aflojar, no abandonar, nuestro lenguaje'' de crítica.
"Todo lo que es superfluo se deshace, todo lo firme y auténtico
sobrevive'', declaró Guevara poco después de la reunión del
sindicato de escritores, en lo que se tomó como una señal de que
los intelectuales habían sobrevivido el ataque de Castro.
Pero otros intelectuales no estaban tranquilos.
Escritores y artistas más jóvenes que aún no han
logrado entrar en el gremio de escritores ahora se sienten más
vulnerables a las posibles presiones del gobierno y los funcionarios de cultura
del partido.
"Guevara y esa gente tienen largos historiales de trabajo en la
revolución que les da el poder para hacer muchas cosas'', dijo un joven
pintor. "Pero para nosotros, cualquier crítica puede traer
sanciones''.
Un miembro del sindicato de escritores recordó una reacción
similar en marzo de 1996 por el jefe del ejército Raúl Castro,
hermano de Fidel, contra un grupo de economistas que estaban a favor de reformas
de mercado más abiertas.
Después que el ataque produjo temores de medidas más severas,
Raúl Castro afirmó que no habría "una caza de
brujas''. Pero media docena de los economistas fueron transferidos a puestos
menos importantes y cayeron en un silencio oficial. El arranque de Raúl
Castro ahora se ve como el fin de significantes reformas económicas en
Cuba.
"El gobierno da seguridad de que nada terrible sucede'', dijo un
periodista de La Habana. "Pero las palabras de amenaza flotan en la atmósfera
y la gente sabe que es hora de actuar de forma diferente''.
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