Marzo 27, 1998

Refugiados cubanos en Bahamas describen régimen de vida infernal


26 de marzo de 1998 en El Nuevo Herald
CYNTHIA CORZO
Redactora de El Nuevo Herald

Nassau—Preso por su afán de libertad, Alfredo Sábado González contemplaba las precarias condiciones que lo rodean en el Centro de Detenciones de Carmichael Road.

"¿Qué daño le hemos hecho al mundo?'', dijo tristemente a El Nuevo Herald.

Tres altas cercas, dos de ellas coronadas por alambres de púas, limitan el triste panorama que él y 150 coterráneos, cubanos como él, ven todos los días. La alimentación es mala. Un inmenso charco de agua de lluvia estancada que tiene que atravesar, a veces con el agua a la rodilla, es un riesgo para la salud, mientras la atención médica apenas existe.

Lentos pasan los días para los cubanos que conviven en este árido campamento, situado en las afueras de la capital bahamense. Ahí es albergado indefinidamente todo el que llega ilegalmente a estas islas. Además de los cubanos, hay otros 84 refugiados: haitianos, franceses y un ghanense que habla español.

Los cubanos ocupan la parte central del campamento, la más cercana a la posta de los militares que los custodian. Una cerca que se mantiene perennemente cerrada por un enorme candado los separa del resto del campamento. Otras dos cercas de ocho pies de altura los separan del resto del mundo.

"Salimos de Cuba buscando libertad y estamos detenidos en este campo de concentración'', afirmó Lázaro Santana Mezquía, que lleva meses en el centro. "Las condiciones son infrahumanas''.

Los refugiados cubanos comparten tres viejas casas rosadas, subdivididas en diminutos dormitorios. En cada espacio duermen de 12 a 15 personas, explicó Rosa Martell Benítez, que lleva cinco meses allí.

"Dormimos en colchonetas en el piso o en literas. A veces no hay colchones para las literas y se cubren los alambres de la cama con una frazadita'', comentó Martell, de 33 años.

Una docena de niños cubanos sufre la misma suerte que los adultos. La más pequeña, Yamila Torres, tiene dos meses de nacida; la mayor es una jovencita de 13 años que llegó el lunes por la noche, tras pasar seis días en alta mar.

El área donde están las tres casas, sobre un islote de cemento, se convierte en una laguna cada vez que llueve. Para moverse de un lado a otro del campamento, los refugiados tienen que atravesar el enorme charco.

El lunes por la mañana, bajo esporádicos chubascos, la pequeña Mara de la Caridad, de dos años, jugaba felizmente, descalza en medio del charco. Su madre, Mayra Machado, intentó infructuosamente sacarla del agua.

"Hay que dejarlos, no tienen con qué jugar ni cómo entretenerse'', dijo Machado a través de la cerca. "Las condiciones, en general, aquí son muy malas. No hay higiene, no hay leche para los niños, apenas tenemos ropa. No hay nada''.

Algunos de los militares a cargo del campamento admiten que las condiciones de vida de los refugiados podrían ser mejores. Aparte las casas donde viven los cubanos, hay una veintena de casas móviles que sirven de oficinas y viviendas a otros refugiados. En otra zona del campamento hay pequeñas estructuras donde residen algunas familias, entre ellos una de franceses que arribó hace tres semanas.

"Las condiciones hablan por sí solas'', dijo el teniente Douglas Strong, uno de los encargados del campamento. "Nosotros tratamos de ser lo más justos posible''.

Sin embargo, Arthur Rolle, supervisor del campamento, defendió la atención que reciben los cubanos.

"Tienen tres comidas diarias, desayuno, almuerzo y comida. La vivienda es adecuada'', dijo Rolle. "A todos se les trata igual''.

El vocero del Ministerio de Inmigración, Carlton Wright, explicó que tienen planes de construir una nueva estructura en el campamento para endulzar la espera, a veces inútil, de los refugiados, para conseguir asilo o visa para un tercer país. La construcción debería comenzar pronto y quizás esté terminada para fines de este año o principios de 1999, dijo.

Pero los refugiados aseguran que ya han escuchado muchas veces las mismas palabras.

"Desde el año pasado están prometiendo mejorar esto... pero no pasa nada'', dijo Martell.

Según los refugiados, la atención médica que les ofrecen es inferior a la que recibiría cualquier ser humano. A veces no tienen acceso a medicinas. Esta semana, varios niños llevaban tres días con diarrea y sin recibir medicamento.

El hacinamiento de tantas personas ha provocado brotes de enfermedades. La falta de higiene y el agua estancada amenazan la salud de los refugiados. Recientemente soportaron una plaga de ratas hasta que las autoridades fumigaron.

"Aquí no hay recursos'', precisó Santana. "No hay medicinas''.

Semanalmente los visita un médico enviado por el Ministerio de Salud, pero es sólo para exámenes de rutina, explicaron algunos. Cuando necesitan atención especializada que requiere salir del campamento, usualmente les niegan el permiso de salida.

"Aquí, ni aunque el médico certifique que uno necesita salir para una prueba o tratamiento especializado nos dejan'', dijo Martell. "Uno tiene que estar casi muerto para que lo dejen salir de aquí''.

La alimentación, aseguraron varios refugiados, no es ni remotamente adecuada para los adultos, mucho menos para los niños. Si desean leche para los menores, tienen que dar dinero a los militares para que la compren en tiendas locales. Algunos de los refugiados reciben dinero que les envían familiares en Estados Unidos.

"Nos falta de todo'', puntualizó Martell.

Pese a las condiciones en que viven, los refugiados dicen que su principal preocupación es ser deportados a Cuba, donde aseguran que encararían prisión y represión. Muchos de ellos se contentarían con poder ir a terceros países si no les permiten ingresar en Estados Unidos.

En realidad sólo piden lo más básico.

"Lo que queremos es libertad'', dijo Martell.

Copyright © 1998 El Nuevo Herald




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