Julio 30, 1998

Había una vez (Cuento infantil)


Por Manuel Vázquez Portal, Cooperativa de Periodistas Independientes

LA HABANA, julio - Frente a la pérdida, frente a la falta de proyección de futuro, frente a la ausencia de planes que hagan legítima la presencia de un gobierno de emergencia, como pudo haberlo sido a partir de 1959 y con el objetivo de devolver la constitucionalidad burlada por el golpe militar del 10 de marzo de 1952, la dirección del régimen cubano apela excesivamente al pasado, olvidando que ellos mismos representan un pasado ya lejano.

Se vuelve una y otra vez a los antiguos proyectos de un movimiento que, si bien desempeñó con algunos aciertos su papel, hace más de tres décadas representa un lastre para la evolución económica y por ende política del país. Los niños que nacieron cuando el asalto del Cuartel Moncada tienen hoy 45 años y han oído durante 40 el mismo repique de la misma campana: el problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación, el problema de la salud del pueblo.

Un gobierno constitucional cubano contaba para resolver los problemas del país de un periodo de cuatro a ocho años en caso de reelección y los solucionara o no, el pueblo tenía el derecho a deponerlo terminado el tiempo de mandato. El actual gobierno cubano ha necesitado de diez periodos presidenciales, cinco en caso de reelecciones, para satisfacer aquellas demandas que proponía el programa del Moncada y aún se echa mano de ellos para justificar su presencia en el poder.

¿Cuántos periodos presidenciales más necesitará el Partido Comunista de Cuba para resolver, no aquellos viejos problemas, sino los nuevos, los que se han ido acumulando durante tan largo mandato?

De 1959 a acá han aparecido en la realidad cubana problemas que el mundo moderno impone como necesidades insoslayables. ¿Cómo se resolverá en Cuba el problema de su enorme deuda externa? ¿Cómo se resolverá el problema de las fuentes no renovables de energía? ¿Cómo se resolverá el problema de la alimentación de una población que ha crecido en dos veces la cantidad que había en la década del 50? ¿Cómo se resolverá el problema de la vastísima comunidad cubana en el extranjero? ¿Cómo se resolverá el problema de la despoblación rural a consecuencia de una incontrolada, más bien estimulada, emigración hacia las ciudades? ¿Cómo se resolverá el problema de la recalificación de obreros, técnicos y profesionales para enfrentar una realidad tecnológica que desconocen debido al aislamiento padecido por cuatro décadas? ¿Cómo se resolverá el problema de la disciplina laboral aberrada por relaciones productivas evidentemente inoperantes? ¿Cómo se resolverá el problema de la modernización de la industria nacional? ¿Cómo se resolverá el problema de unas fuerzas armadas hipertrofiadas hasta el delirio? ¿Cómo se resolverá el problema de la reanimación agrícola en un país devastado por el monocultivo y las zafras espectaculares fallidas, teniendo en cuenta los desastres climatológicos que ya se avizoran como resultado del descontrol ecológico? ¿Cómo se resolverá el problema que ocasiona el subdesarrollo en que se mantiene aún el país en relación con el mundo desarrollado?

¿Seguirá siendo el programa del Moncada el rasero con que se medirá el desarrollo nacional? ¿No están demasiado distantes aquellas calamidades como para compararlas con las calamidades actuales? ¿Es acaso la población cubana actual la misma de aquellos años? ¿Es acaso el umbral de aspiraciones del pueblo de hoy igual al de la población de 1950? ¿Se ha detenido acaso el mundo en otras partes como para que Cuba siga aspirando a lo aspiraba entonces?

¿Cómo se resolverá el problema de la elevación del producto interno bruto en un país que no cuenta con grandes fuentes naturales para el desarrollo? ¿Cómo se resolverá el problema de la estimulación de las fuerzas productivas en un país sumido en pobreza tal que aún paga a sus asalariados con una moneda que es un verdadero token local? ¿Cómo se resolverá el problema de una industria ligera que satisfaga las necesidades de un pueblo que vive aún sin muebles, sin toallas, sin equipos electrodomésticos, que no provengan del extranjero?

La respuesta parece ser bien simple: Después de mí, el diluvio.

Y sería bueno, ya que se acude tanto al pasado, recordar también aquellas palabras del doctor Fidel Castro en su alegato por los sucesos del 26 de julio y que dicen textualmente:

"Os voy a referir una historia. Había una vez una república. Tenía su constitución, sus leyes, sus libertades, presidente, congreso, tribunales. Todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos y en el pueblo palpitaba el entusiasmo".

El problema de la tierra se resolvió mediante una reforma agraria que puso en manos del estado todo el territorio nacional y creó un nuevo tipo de arrendatarios. Los cooperativistas bajo la vigilante atención de la ANAP y la producción decreció hasta el olvido de las tradiciones agrícolas.

El problema de la industrialización se resolvió cambiándole el nombre al Central Faya por el de Camilo Cienfuegos y a los jabones que se producían en Sabatés, por Nácar y Batey y entregarlo por una cartilla de racionamiento una vez al mes a la población. Y hablando de planes quinquenales y desarrollo a largo plazo que dejaron, para suerte de la irresponsabilidad nacional, inconclusa la planta nuclear de Juraguá.

El problema de la vivienda se resolvió por medio de una reforma urbana que despojó a los dueños de los inmuebles, confiscó sus bienes a los que partieron al exilio y a medida que fue creciendo la población, de 6 millones a 11 de habitantes, con modelos de la más chata e infuncional arquitectura se fabricaron barrios obreros donde aún no caben todos los necesitados y que carecen de redes exteriores que garanticen el buen funcionamiento de alcantarillados, acueductos, así como redes culturales y comerciales que satisfagan las necesidades de los hacinados barrios.

El problema del desempleo se resolvió inflando desmesuradamente las plantillas. Donde hacía falta un trabajador se empleaban seis, porque como habían crecido tanto las fuentes de trabajo debido a la gran industrialización nadie, quedó sin un puesto de trabajo. El problema de la educación se resolvió creando un sistema único centralizado, doctrinal, donde las letras servían sólo para leer a Carlos Marx y escribir "Con la Revolución todo, contra la Revolución nada".

El problema de la salud se resolvió también de manera que jugara un importantísimo papel político. Había que probar que el proyecto del Moncada era un éxito. A cambio de ello estuvimos sin constitución hasta 1976. Los poderes político, administrativo y judicial se concentraron en un pequeño grupo de poder y sin independencia uno del otro. La posibilidad de reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad pasó a ser un retozo de reuniones en los CDR, asambleas de Producción y Servicio y congresos, muchos congresos. La opinión pública pasó a ser una instancia del partido para dirigir todos los órganos de prensa, por supuesto propiedad del estado. Los partidos políticos fueron una entelequia. Los actos públicos, concentraciones en La Plaza y los programas de radio y televisión apologías dictadas desde el Comité Central.

El programa del Moncada había triunfado. Con la solidaria y desinteresada ayudita de la Unión Soviética y el campo socialista el país florecía, aunque la libreta de abastecimiento se mantuviera. Mijail Gorbachov aguó la sopa, y los problemas que se habían resuelto afloraron. Los cientos de kilómetros de carreteras empezaron a verse vacías, sin transporte ni nada que transportar. Las escuelas en el campo empezaron a destruirse. Los hospitales empezaron a quedarse hasta sin sábanas. Los más de quince aeropuertos empezaron a recibir turistas de todas las latitudes y con ellos los más selectos vicios del mundo. Las mansiones que una vez usaron los becados volvieron a ser residencias deslumbrantes. Los cientos de presas no sirvieron para estimular una agricultura desfallecida, que de 7 millones toneladas de azúcar producidas en 1952 cayó en el desmayo de 3 millones de toneladas en la última zafra. Ni tuvieron aunque fuera tilapias para evadir el picadillo con soya.

Los cientos de profesionales empezaron a escapar en bacinillas con vela hacia donde el mar los llevara o dedicarse a trabajos por cuenta propia. La prostitución, la mendicidad y la indisciplina social reaparecieron con fuerza avasalladora. El desencanto de los más ortodoxos invadió las calles, y se les vio partir hacia un exilio rosadito y descomprometido, cuando no cayeron en un desaliento taciturno y agazapado. La dolarización nacional y las necesarias concesiones hicieron resurgir los olvidados rezagos del pasado, y más de un pundonoroso ha perdido la cabeza con el titileo de la moneda del enemigo.

Los reajustes de plantilla, los enviados a sus casas con un por ciento de su salario por un breve tiempo hasta que se propiciara otro empleo o perdieran el derecho al por ciento, fue un recurso para evadir los despidos masivos que hubiera producido la tal crisis. La deserción de los maestros de sus aulas para instalarse en el rutilante mundo del turismo dejó mucho que desear en el resuelto problema de la educación, y el consumo de psicofármacos, mariguana y otros estupefacientes por parte de los jóvenes, así como su acendrado afán de abandonar el país dan cuenta de una filiación incondicional a las "tradiciones de la patria".

En los angustiosos ocho años de "heroica resistencia del digno pueblo cubano", tiempo que hubiera dado tiempo a varios presidentes para renunciar frente a la imposibilidad de resolver el problema económico nacional se ha redestapado la muy custodiada caja de Pandora. Todo lo que en ella se guardaba celosamente ha aflorado.

Veremos si anda por ahí aquella república que tenía Constitución, leyes, libertades, donde todo el mundo podía reunirse, asociarse y hablar y escribir con entera libertad.



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