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por Manuel David Orrio, Cooperativa de Periodistas Independientes
LA HABANA, julio Cuarenta y cinco años después del
asalto al Cuartel Moncada, La Habana parece tener una opinión distinta de
la acostumbrada sobre ese episodio histórico y sus consecuencias para la
isla. Si un decenio atrás la capital de Cuba podía verse
constelada de banderas nacionales y del Movimiento 26 de Julio como muestra de
un evidente apoyo popular al gobierno de Fidel Castro, hoy el panorama se
muestra distinto. Así lo vi "con estos ojos que se comerá la
tierra" durante un recorrido automovilístico hecho en vísperas
de la celebración oficial de la fecha.
Desde la intersección de las avenidas Infanta y Carlos III hasta la
zona habanera conocida como Novia del Mediodía, pasando por las populosas
calles Zapata, 23, 41 hasta su final, y 51, conté 11 banderas colgando de
balcones y ventanas. Ni una más en esos buenos 20 kilómetros. En
mi hereje Requena pendían dos enseñas de las mencionadas, justo en
el pasillo que da acceso a mi vivienda. No las exhibí yo; es que mi
vecino coronel se mantiene fiel a la tradición.
Un discapacitado mental célebre, El Plátano, acostumbra a
rebuscar en los tanques de basura del Ensanche de La Habana, mi barrio casi
natal. Con asombro, con dolor, este amigo cuenta haber encontrado entre los
desechos alrededor de 10 banderas cubanas. Dice haberlo comunicado a las
autoridades de la localidad, dice haber colgado en su ventana una de esas
maltrechas banderas. Tal y como la rescató, sucia y rota. El Plátano
no entiende cómo la gente ha olvidado que la bandera de Cuba no se lanza
al arroyo, sino que se quema cuando el deterioro y hasta la abulia aconsejan
deshacerse de ella.
Al mismo tiempo, comentario en esta Habana del 26 de julio de 1998 fue la
duración del discurso pronunciado por Fidel Castro en Santiago de Cuba la
noche de ese día. No rompió el récord, pero fue buen
averaje en país de sólo dos canales televisivos, ambos
transmisores de las palabras del Comandante, en vivo y en directo. El esperado
filme de factura norteamericana se pudo ver pasada la medianoche
el que lo
vio. Y en la mañana del 27 la calle habanera registró el único
y verdadero mensaje del oratorio: Clinton es bueno; Mas Canosa, el diablo hasta
después de muerto. Por supuesto, se trata del signo de los tiempos,
regidos por la visita de Juan Pablo II, y el inicio de un sospechoso ping pong
entre el Potomac y el Almendares, por el momento varada la pelotica en la ribera
del pestilente río habanero, aún no beneficiado por una voluntad
ecológica gubernamental que el doctor Nicholas Remple, Coordinador
Regional para América Latina y el Caribe del Programa de Naciones Unidas
para el Medio Ambiente llama "tendencia a lo verde". Entre tanto, ¿dónde
están las banderas?
Desconozco si colaboradores cercanos al presidente Castro le han recordado
que en el lenguaje de la comunicación audiovisual discursos demasiado
largos producen efectos contrarios a los perseguidos, más si contienen
mensajes tan breves o se hace palpable la ausencia de episodios tan esperados
como el rutinario filme norteamericano o la telenovela de ocasión. En
concreto, me refiero a los resultados de la pasada cosecha azucarera, o a qué
esperar después del concluido periodo de sesiones de la Asamblea Nacional
del Poder Popular donde, ¡oh asombro!, apareció un diputado con dos
dedos de frente y pantalones para decir sus verdades, no obstante su condición
de sindicalista oficioso.
Cuando le escuché, no quise creerlo. Incluso hasta esperé por
la información oficiosa, plenamente confirmatoria de las herejías
del diputado Leonel González. Sí, herejías, porque el
hombre se refirió a tres problemas que economistas y periodistas
independientes de Cuba y su exilio han estado tratando de modo sistemático
durante meses a través de cuanto medio de comunicación les cae a
la mano, al tiempo que han ofrecido soluciones diversas a los mismos.
Según el semanario Trabajadores, las tres preguntas con que González
abordó esos tres problemas son: "
cómo reducir la masa
de dinero que hay en manos de unos pocos
cómo avanzar en la idea de
subsidiar a la gente y no a los productos, partiendo de que los que reciben
mucho dinero hoy reciben productos y servicios subsidiados al igual que los
millones de trabajadores que viven de su salario
cómo proteger al
capital humano de que disponemos
"
De acuerdo con el informe de Trabajadores, el discurso de González "fue
una intervención que, por larga, provocó la impaciencia de muchos
de sus colegas diputados y una raquítica cosecha de aplausos". Fidel
Castro, por su parte, se vio obligado a elogiar al sindicalista devenido
legislador, dejando en la estacada a esos "colegas diputados" que se
sintieron aburridos cuando uno de ellos llamó a las cosas por su nombre
al, por lo menos, hundir los dedos sobre las tres llagas más inmediatas
de la economía cubana, ésas para las cuales el presidente no
ofreció remedio alguno en su discurso del 26 de julio en Santiago de
Cuba.
En las tres preguntas de González están planteados de modo
implícito asuntos de la mayor importancia: inflación, precios,
empleo, seguridad social, ahorro y derecho de inversión de los
nacionales, entre otros, que tendrán por este periodista análisis
más meditado.
Puede discreparse de la cosmovisión de Gonzalo. Pero, guste a quien
guste, pese a quien pese, el simple hecho de que un sindicalista oficioso al
menos identifique temas como ésos, y a través de preguntas como
las citadas, es altamente revelador de que en lo más profundo de la isla,
y a espaldas del discurso oficial, un consenso nacional y social distinto al
visible ha avanzado más de lo que pudiera haber previsto el más soñador
de los augurios. Trabajadores lo dice: "González creyó
necesario pronunciarse". ¿Qué fuerzas ocultas le impulsaron?
Tales son los contrastes, y tal el paisaje habanero de este 26 de julio, a
45 años del asalto al Cuartel Moncada: las calles casi huérfanas
de banderas, El Plátano rescatando la enseña nacional de los
tanques de basura y tres preguntas que se las traen
sin respuesta.
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