Julio 28, 1998

Tres preguntas para un 26


por Manuel David Orrio, Cooperativa de Periodistas Independientes

LA HABANA, julio – Cuarenta y cinco años después del asalto al Cuartel Moncada, La Habana parece tener una opinión distinta de la acostumbrada sobre ese episodio histórico y sus consecuencias para la isla. Si un decenio atrás la capital de Cuba podía verse constelada de banderas nacionales y del Movimiento 26 de Julio como muestra de un evidente apoyo popular al gobierno de Fidel Castro, hoy el panorama se muestra distinto. Así lo vi "con estos ojos que se comerá la tierra" durante un recorrido automovilístico hecho en vísperas de la celebración oficial de la fecha.

Desde la intersección de las avenidas Infanta y Carlos III hasta la zona habanera conocida como Novia del Mediodía, pasando por las populosas calles Zapata, 23, 41 hasta su final, y 51, conté 11 banderas colgando de balcones y ventanas. Ni una más en esos buenos 20 kilómetros. En mi hereje Requena pendían dos enseñas de las mencionadas, justo en el pasillo que da acceso a mi vivienda. No las exhibí yo; es que mi vecino coronel se mantiene fiel a la tradición.

Un discapacitado mental célebre, El Plátano, acostumbra a rebuscar en los tanques de basura del Ensanche de La Habana, mi barrio casi natal. Con asombro, con dolor, este amigo cuenta haber encontrado entre los desechos alrededor de 10 banderas cubanas. Dice haberlo comunicado a las autoridades de la localidad, dice haber colgado en su ventana una de esas maltrechas banderas. Tal y como la rescató, sucia y rota. El Plátano no entiende cómo la gente ha olvidado que la bandera de Cuba no se lanza al arroyo, sino que se quema cuando el deterioro y hasta la abulia aconsejan deshacerse de ella.

Al mismo tiempo, comentario en esta Habana del 26 de julio de 1998 fue la duración del discurso pronunciado por Fidel Castro en Santiago de Cuba la noche de ese día. No rompió el récord, pero fue buen averaje en país de sólo dos canales televisivos, ambos transmisores de las palabras del Comandante, en vivo y en directo. El esperado filme de factura norteamericana se pudo ver pasada la medianoche… el que lo vio. Y en la mañana del 27 la calle habanera registró el único y verdadero mensaje del oratorio: Clinton es bueno; Mas Canosa, el diablo hasta después de muerto. Por supuesto, se trata del signo de los tiempos, regidos por la visita de Juan Pablo II, y el inicio de un sospechoso ping pong entre el Potomac y el Almendares, por el momento varada la pelotica en la ribera del pestilente río habanero, aún no beneficiado por una voluntad ecológica gubernamental que el doctor Nicholas Remple, Coordinador Regional para América Latina y el Caribe del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente llama "tendencia a lo verde". Entre tanto, ¿dónde están las banderas?

Desconozco si colaboradores cercanos al presidente Castro le han recordado que en el lenguaje de la comunicación audiovisual discursos demasiado largos producen efectos contrarios a los perseguidos, más si contienen mensajes tan breves o se hace palpable la ausencia de episodios tan esperados como el rutinario filme norteamericano o la telenovela de ocasión. En concreto, me refiero a los resultados de la pasada cosecha azucarera, o a qué esperar después del concluido periodo de sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular donde, ¡oh asombro!, apareció un diputado con dos dedos de frente y pantalones para decir sus verdades, no obstante su condición de sindicalista oficioso.

Cuando le escuché, no quise creerlo. Incluso hasta esperé por la información oficiosa, plenamente confirmatoria de las herejías del diputado Leonel González. Sí, herejías, porque el hombre se refirió a tres problemas que economistas y periodistas independientes de Cuba y su exilio han estado tratando de modo sistemático durante meses a través de cuanto medio de comunicación les cae a la mano, al tiempo que han ofrecido soluciones diversas a los mismos.

Según el semanario Trabajadores, las tres preguntas con que González abordó esos tres problemas son: "… cómo reducir la masa de dinero que hay en manos de unos pocos… cómo avanzar en la idea de subsidiar a la gente y no a los productos, partiendo de que los que reciben mucho dinero hoy reciben productos y servicios subsidiados al igual que los millones de trabajadores que viven de su salario… cómo proteger al capital humano de que disponemos…"

De acuerdo con el informe de Trabajadores, el discurso de González "fue una intervención que, por larga, provocó la impaciencia de muchos de sus colegas diputados y una raquítica cosecha de aplausos". Fidel Castro, por su parte, se vio obligado a elogiar al sindicalista devenido legislador, dejando en la estacada a esos "colegas diputados" que se sintieron aburridos cuando uno de ellos llamó a las cosas por su nombre al, por lo menos, hundir los dedos sobre las tres llagas más inmediatas de la economía cubana, ésas para las cuales el presidente no ofreció remedio alguno en su discurso del 26 de julio en Santiago de Cuba.

En las tres preguntas de González están planteados de modo implícito asuntos de la mayor importancia: inflación, precios, empleo, seguridad social, ahorro y derecho de inversión de los nacionales, entre otros, que tendrán por este periodista análisis más meditado.

Puede discreparse de la cosmovisión de Gonzalo. Pero, guste a quien guste, pese a quien pese, el simple hecho de que un sindicalista oficioso al menos identifique temas como ésos, y a través de preguntas como las citadas, es altamente revelador de que en lo más profundo de la isla, y a espaldas del discurso oficial, un consenso nacional y social distinto al visible ha avanzado más de lo que pudiera haber previsto el más soñador de los augurios. Trabajadores lo dice: "González creyó necesario pronunciarse". ¿Qué fuerzas ocultas le impulsaron?

Tales son los contrastes, y tal el paisaje habanero de este 26 de julio, a 45 años del asalto al Cuartel Moncada: las calles casi huérfanas de banderas, El Plátano rescatando la enseña nacional de los tanques de basura y tres preguntas que se las traen… sin respuesta.



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