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por Manuel Vázquez Portal, Cooperativa de Periodistas
Independientes
LA HABANA, julio - Juan J. E. Casasús, en su libro "La emigración
cubana y la independencia de Cuba", publicado en La Habana por la editorial
Lex en 1953, año, ya se sabe, del centenario del nacimiento del Apóstol,
el del asalto del Cuartel Moncada y de la siembra del germen de la más
grande emigración que haya ocurrido en el país, afirmó: "Y
al conjuro del nombramiento de Weyler para la Capitanía General de Cuba,
se produjo la salida en masa de cubanos hacia el norte. Las oficinas del
gobierno no daban a basto para el despacho de pasaportes y llegan las legiones
de cubanos a Tampa y Ivory City, que es un verdadero pueblo de Cuba instalado en
la Florida. Allí los abogados se emplean de lectores de tabaqueréa,
tuercen tabaco o trabajan como despalilladores. Los médicos no pueden
ejercer, hacen cátedra del pescante de un carro. Allí los
hacendados se colocan de conductores de tranvía o dependientes de
comercio.
Y de esa emigración en la guerra anterior nos vino la bandera que hoy
es símbolo de Cuba, traída restallando por el Mar Caribe, por las
manos de Narciso López. De esa inmigración se recibió el
apoyo para la manigua. De esa emigración hizo Martí bastión
inexpugnable y pilar fundamental para la guerra necesaria. De esa emigración
salieron los próceres que hoy hacen honrada la nación cubana.
Era una inmigración que partió para regresar y darle la patria
la dignidad y el decoro que toda nación requiere para ser respetada por
sus hijos y por las otras naciones. Era una emigración que supo unirse, a
pesar de las diferencias políticas y de intereses, para la lucha común.
A esa emigración le debe Cuba muchas páginas de su historia.
En 1959, y al conjuro del triunfo del ejército mandadado por el
doctor Fidel Castro, comenzó para Cuba una emigración sin
precedentes, numéricamente, en los anales del país. El aluvión
de cubanos que llegó a Estados Unidos pudo, en sólo dos años,
preparar un ejército para, en Bahía de Cochinos, volver a
demostrar que la emigración cubana no se hacía para ir a disfrutar
el desarrollo norteamericano y apoltronarse allí para siempre. Cientos de
cubanos suman ya los que han muerto en acciones combativas tratando de penetrar
y socavar las bases del actual gobierno cubano. Cientos de organizaciones,
partidos y movimientos actúan en el exilio por la libertad de Cuba.
La emigración sigue siendo un factor de suma importancia para la
consecución de los ideales de democratización y civilidad a que
aspira el pueblo. De ella emanan programas políticos, estrategias de
conciliación, proyectos de diálogos, animación para la
solución cubana entre los propios cubanos. De ella llegan vías de
divulgación para la realidad cubana, apoyo para campañas en pro
del estado de derecho y sigue siendo, como la del siglo pasado, una emigración
de abogados que trabajan como choferes, médicos que se emplean por la
izquierda de otros médicos, ingenieros que cargan cajas en una factoría,
periodistas que sirven de agentes de seguridad en establecimientos públicos.
No se trata, pues, de una escoria despreciable, de una crápula
contrarrevolucionaria o delictiva, como quiere presentarla el gobierno cubano,
con lo cual ha sembrado frente a las autoridades norteamericanas la duda de la
eficacia de la emigración en cuanto a su papel para lograr cambios
esenciales en el país, a la vez que crea indecisión en cuanto a si
debe proseguir el incremento del exilio con opositores internos que corran
peligro.
Bien se sabe que nada es más fácil para un gabinete que
gobernar con la oposición en el exilio. Pero también es sabido el
desaliento que puede crearse en las filas de la oposición interna al
descubrirse desamparada, no acogida en caso de riesgo.
Un cubano, dondequiera que esté, si es un buen cubano, ya sea en
Guaracabuya o New Jersey, siempre soñará con recuperar la patria.
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