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por Pablo Cedeño, Cooperativa de Periodistas Independientes
LA HABANA, julio Cuando en Cuba se trata de persuadir a alguien
usando los más elegantes giros del lenguaje, el alguien se vuelve de
repente y suelta: "Deja la muela, mi socio". Pero si la persuasión
es sobre un tema del que el persuador está persuadido, el alguien se vira
y espeta: "Ya viene éste con la misma muela". Mas cuando se
trata de un fervoroso galanteador, cualquiera afirma: "Fulano tiene
tremenda muela". Y si es alguien que por entretenerse nos consume demasiado
tiempo hablando, explicamos: "Nos metió una muela de dos horas".
En fin, que la cháchara, la verborrea, el discurso, acá en
Cuba se llama muela. Ahora, lo que sí es un verdadero dolor de muela es
tener que atenderse una muela con un estomatólogo de policlínica
de barrio. Ahí no hay muela que explique la muela que hay que dar ni que
te dan, para al fin terminar arreglándote la pieza con un odontólogo
privado, y clandestino, por supuesto.
El otro día madrugué, no porque me guste madrugar, sino porque
la bicúspide superior derecha me dio una perreta que no me dejó
dormir en toda la noche. Y asistí a la consulta estomatológica de
mi policlínica. No fui el único, cuando llegué ya había
varios pacientes. Parece que las muelas estaban sublevadas ese día, a
causa de un jurel enlatado de origen chileno que vino a la bodega y que puso a
gozar a las encías. Entre las seis y las ocho de la mañana, la
espera se hizo interminable. Cuando la doctora, agitada, sudorosa, llegó
a la consulta, sentimos un alivio como si de repente fueran a terminar todas
nuestras angustias. La enfermera, circunspecta, tomó una tablilla y fue
anotando por orden de llegada a los atribulados pacientes.
A las ocho y media entró el primero. El chirrido espeluznante del
obturador se sentía afuera. Los nervios empezaron a hacer su trabajito de
zapa para atemorizarnos más. Entró el segundo. Salió
inmediatamente, iba despotricando ininteligiblemente. Con el tercero volvió
a sonar la torturadora maquinita. Yo era el cuarto. Entré. El sillón.
Me senté. Pensé que era un cosmonauta. No iría a las
estrellas, pero en pocos minutos las estaría viendo a manos de aquella señora
si sonreía. Abrí la boca como un sinsonte hambriento. Ya la
doctora venía hacia mí con sus instrumentos de tortura. La puerta
se abrió. Una voz gangosa dijo: "Seño, la merienda". La
doctora puso los instrumentos sobre una bandeja y salió disparada.
Al regreso venía furiosa: "¿A quién se le ocurre
mandar cinco panes cuando aquí somos como veinte?" Evidentemente no
había alcanzado merienda. Cerré la boca, apreté fuertemente
las mandíbulas.
"¿Usted qué tiene?", me preguntó.
"La muela", le respondí sin aflojar los dientes.
"No tenemos amalgamas para muelas. ¿Quieres traérmela? No
hay anestesia, estamos empastando dientes solamente."
Me levanté como un resorte, se me había olvidado el dolor de
la noche anterior. En la cola del camello me volvió la punzada. Recordé
a Patricia, una doctora que cobra diez dólares por pieza. Allí me
fui, rogándole a Dios que hubiera merendado y estuviera de mejor humor.
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