Julio 10, 1998

La muela


por Pablo Cedeño, Cooperativa de Periodistas Independientes

LA HABANA, julio – Cuando en Cuba se trata de persuadir a alguien usando los más elegantes giros del lenguaje, el alguien se vuelve de repente y suelta: "Deja la muela, mi socio". Pero si la persuasión es sobre un tema del que el persuador está persuadido, el alguien se vira y espeta: "Ya viene éste con la misma muela". Mas cuando se trata de un fervoroso galanteador, cualquiera afirma: "Fulano tiene tremenda muela". Y si es alguien que por entretenerse nos consume demasiado tiempo hablando, explicamos: "Nos metió una muela de dos horas".

En fin, que la cháchara, la verborrea, el discurso, acá en Cuba se llama muela. Ahora, lo que sí es un verdadero dolor de muela es tener que atenderse una muela con un estomatólogo de policlínica de barrio. Ahí no hay muela que explique la muela que hay que dar ni que te dan, para al fin terminar arreglándote la pieza con un odontólogo privado, y clandestino, por supuesto.

El otro día madrugué, no porque me guste madrugar, sino porque la bicúspide superior derecha me dio una perreta que no me dejó dormir en toda la noche. Y asistí a la consulta estomatológica de mi policlínica. No fui el único, cuando llegué ya había varios pacientes. Parece que las muelas estaban sublevadas ese día, a causa de un jurel enlatado de origen chileno que vino a la bodega y que puso a gozar a las encías. Entre las seis y las ocho de la mañana, la espera se hizo interminable. Cuando la doctora, agitada, sudorosa, llegó a la consulta, sentimos un alivio como si de repente fueran a terminar todas nuestras angustias. La enfermera, circunspecta, tomó una tablilla y fue anotando por orden de llegada a los atribulados pacientes.

A las ocho y media entró el primero. El chirrido espeluznante del obturador se sentía afuera. Los nervios empezaron a hacer su trabajito de zapa para atemorizarnos más. Entró el segundo. Salió inmediatamente, iba despotricando ininteligiblemente. Con el tercero volvió a sonar la torturadora maquinita. Yo era el cuarto. Entré. El sillón. Me senté. Pensé que era un cosmonauta. No iría a las estrellas, pero en pocos minutos las estaría viendo a manos de aquella señora si sonreía. Abrí la boca como un sinsonte hambriento. Ya la doctora venía hacia mí con sus instrumentos de tortura. La puerta se abrió. Una voz gangosa dijo: "Seño, la merienda". La doctora puso los instrumentos sobre una bandeja y salió disparada.

Al regreso venía furiosa: "¿A quién se le ocurre mandar cinco panes cuando aquí somos como veinte?" Evidentemente no había alcanzado merienda. Cerré la boca, apreté fuertemente las mandíbulas.

"¿Usted qué tiene?", me preguntó.

"La muela", le respondí sin aflojar los dientes.

"No tenemos amalgamas para muelas. ¿Quieres traérmela? No hay anestesia, estamos empastando dientes solamente."

Me levanté como un resorte, se me había olvidado el dolor de la noche anterior. En la cola del camello me volvió la punzada. Recordé a Patricia, una doctora que cobra diez dólares por pieza. Allí me fui, rogándole a Dios que hubiera merendado y estuviera de mejor humor.



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