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por Manuel Vázquez Portal, Cooperativa de Periodistas
Independientes
LA HABANA,
julio - La psicología tropical tiene sus características propias,
sobre ello abundó sin cortapisas el eminente Don Fernando Ortiz. En la
bobería y el choteo veía el eminente sabio la mayor parte de
nuestras desgracias. También el sobresaliente Jorge Mañach
achacaba al choteo gran parte de nuestras características. Esas maneras
jaraneras, negligentes e irresponsables, han marcado a lo largo de nuestra
historia los resultados de nuestras gestiones sociales y quizás a esa
abulia perniciosa, a ese choteo inconsecuente, se deba la capacidad de
resistencia que tiene el pueblo cubano para soportar, aún riendo, las más
catastróficas realidades.
Su manía de no penetrar en sus esencias, por considerarlo una bobada,
lo mantiene inmunizado contra la consecuente rebelión que conlleva toda
crisis que afecte la estabilidad material y afectiva del hombre. Su incapacidad
para el análisis profundo y abarcador, en el cual se tenga en cuenta toda
la gnosología de un fenómeno, lo pone de inmediato frente a la
improvisación, la impostura y, por supuesto, el inconsecuente choteo,
propio de quien no comprende, no le interesa comprender y además no toma
en cuenta los efectos de su irresponsabilidad.
Estas armas en manos de una avispado manipulador son de una eficacia
gubernamental insospechable. Basta una hábil lisonja sobre la capacidad
de solución sin meditación para que el vanidoso abúlico lo
tire todo a joda y haga, sin pensar, exactamente lo que se espera de un jaranero
empedernido. Con un chiste sobre la realidad cree haberla modificado, con un
mote simpático sobre un siniestro personaje cree haberlo eliminado, con
una frasecita ingeniosa, casi siempre plagiada, en medio de una discusión,
cree haber llegado al meollo del asunto o por lo menos haber convencido,
conmovido, al auditorio.
La molicie, sobre todo de pensamiento, de este habitante endémico de
la isla lo pone en condiciones para aceptar cuanto no le de preocupaciones que
lo saquen de su habitual inercia. De ahí que el pícaro de toda
laya encuentre rebaño propicio a la hora de mantenerlos en el redil
deseado. Y si de política se trata, basta con tres elogios que destaquen
la inteligencia, la heroicidad y el patriotismo de la muchedumbre para que ésta,
enceguecida, respalde aquello que se le brindó ya pensado, no importa lo
que ocurra mañana.
Pero como la picaresca es algo que parece venirnos de aquellos hidalgos
venidos a menos que se enrolaron en la aventura de la colonización y de
los también tropicales negros traídos del Africa, nadie escapa a
la tentación de vivir lánguidamente a orillas de un río,
bajo la fronda magnificente, esperando que el pez salte del agua y nos caiga en
la boca. Y como todos tememos perder la ocasión de estar ahí para
que salte el pez, la espera se vuelve filosofía; la oportunidad, promesa,
y la negligencia, escudo. Nadie se mueve aunque el río se seque y los árboles
se desojen. La costumbre los inmoviliza, el temor a perder lo que no tienen los
paraliza. Únicamente así se explica que se eternice la idiotez que
en esta parte del mundo llaman heroica resistencia.
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