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por Manuel David Orrio, Cooperativa de Periodistas Independientes
LA HABANA,
julio - La reciente visita a La Habana del Cardenal Pio Laghi, Prefecto de la
Congregación Romana, de hecho Ministro de Educación del Vaticano,
ha puesto sobre el tapete en la Cuba de Fidel Castro, como nunca, el tema de la
libertad de enseñanza y la ausencia de ésta en la tierra de José
Martí.
Mencionado como uno de los probables sucesores de Juan Pablo II, el Prefecto
ofreció una conferencia ante profesores y maestros católicos,
donde a través de la defensa del derecho de los padres a decidir sobre la
educación de sus hijos, promovió abiertamente la libertad de cátedra.
"Sin perjuicio, en cuanto a ésta, de la inspección y
reglamentación que al estado corresponda y que las establezca". Así
no lo dijo el Cardenal, sino la Constitución... de 1940.
Llamó la atención que el Prefecto de la Congregación
Romana no se entrevistara con Fidel Castro --no se hizo público, si
sucedió-- lo cual es muy lógico: nada tiene por decirse,
considerando sus muy encontradas posiciones acerca de la libertad de enseñanza.
Curiosamente, la prensa oficiosa hizo como los tres monitos respecto a la
visita cardenalicia: no oyó, no vio, no habló. Pero reportó
en primera plana la del presidente Castro a la Nunciatura Apostólica, con
motivo de una recepción por la festividad de San Pedro y San Pablo. Así
es la vida: me quiere, no me quiere...
Un mínimo conocimiento de la historia de Cuba permite saber que la
promoción de la libertad de cátedra forma parte de la cultura
nacional y las tradiciones independentistas y patrióticas de la isla. La
enseñanza regimentada fue la preferencia de la Colonia Española.
Contra ella, también, se alzaron los mambises, decididos a bendecir en
las sesiones espirituales de hoy a quienes los recuerden, no obstante otros
llamen anexionistas a los de buena memoria. Por allá, por la revista
Vitral, sacaron desde un armario un término decimonónico, digno de
circularse para nombrar a los nostálgicos de la Colonia, ésos que
siguen fieles al silicio y la penitencia: integristas.
Sin embargo, defender la libertad de enseñanza desde posiciones no
comunistas, pudiera tornarse en lugar común. Lo chic es hacerlo desde ese
tan mentado marxismo de Carlos Marx, ya que en La Habana se han dado eventos teóricos
sobre esa doctrina. Por ejemplo, el autor de El Capital escribió en su Crítica
al Programa de Gotha: "Eso de 'educación popular a cargo del
Estado' es absolutamente inadmisible. ¡Una cosa es determinar, por medio de
una ley general, los recursos de las escuelas públicas, las condiciones
de capacidad del personal docente, las materias de enseñanza, etc., y
velar por el cumplimiento de estas prescripciones legales, como se hace en los
Estados Unidos, y otra cosa, completamente distinta, es nombrar al Estado
educador del pueblo! Lejos de esto, lo que hay que hacer es sustraer a la
escuela a toda influencia por parte del gobierno y de la iglesia... el Estado es
el que necesita recibir del pueblo una educación muy severa".
No hubiera asombrado un condescendiente aplauso del Prefecto de la
Congregación Romana si algún habanero hubiera de repetir estas
palabras del viejo Marx. Claro, acompañado el palmoteo de una sonrisa
cardenalicia de dientes para afuera, como se hace ante aliados potenciales y de
fuerza aún desconocida, famosos por su visceral anticlericalismo. A fin
de cuentas, aliado es aliado, sobre todo si es útil para demostrar que en
materia de enseñanza, el Partido Comunista de Cuba está muy lejos
de ser lo que proclama.
Anécdota del tour cardenalicio en temporada baja fue la asistencia de
la licenciada Miriam García Chávez a la conferencia impartida por
el Prefecto. Titular del independiente Colegio de Pedagogos de Cuba e invitada
formalmente a la sesión magisterial, tuvo la oportunidad de informar
sobre las vicisitudes y demandas de dicho Colegio. Eso es un dato, una apertura
de un mínimo espacio, y una oportunidad para que los dómines
independientes precisen su programa: los mismos quieren despolitización
de la enseñanza, lo cual sería una contradicción formal
respecto al derecho de los padres a decidir sobre la educación de sus
hijos, también defendido por ellos. Pero tal desencuentro se diluye si se
alza la bandera de la libertad de cátedra, a tono con la Constitución
de 1940. Otra anécdota, o el chiste de ocasión, de autoría
de los degenerados humoristas del país: "El mundo se está
abriendo a Cuba; pero Cuba no se está abriendo... ¡Asere, hay que
abrirla!"
Por lo pronto, "el cuartico está igualito". Permanece la
esperanza en las travesuras de Juan Pablo, y mi hijo Miguel David sigue hablando
de política, al cuello la pañoleta de pionero por el comunismo.
Dudo mucho, a juzgar por lo que oigo, sea como el Che.
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