CUBANET

Diciembre 3, 1998

Contrapunto cubano entre turismo y delincuencia

por Manuel David Orrio, Cooperativa de Periodistas Independientes

LA HABANA, diciembre - Un contrapunto cubano parece estar desarrollándose entre turismo y delincuencia. Por estos días hace correr a ciertos funcionarios del gobierno de Fidel Castro.

Como es conocido, el último verano trajo acontecimientos sorpresivos. Ante el asombro y la conmoción de la opinión pública, descubrióse que Cuba no es el paraíso de seguridad ciudadana promovido por tour operadores de aquí y acullá.

De la noche a la mañana, se hizo visible un país donde se puede morir asesinado de modo bárbaro por un quítame allá esas pajas. Casos célebres, el de la esposa del pastor evangélico y el del comerciante de vídeos de Miramar. Otros asesinatos permanecen en lo oscuro, como el del anciano de Buenavista que fue ahorcado con alambre de púas.

La prensa oficiosa, por su parte, más o menos ha cubierto algunos de esos episodios y reconocido a regañadientes lo que los periodistas independientes llevaban denunciando desde hace más de un año: creciente delincuencia, barrios convertidos en fortalezas por iniciativa de sus vecinos, y corrupción a más y mejor.

En programas de Radio Martí dedicados al análisis del fenómeno delictivo se mencionaron algunos estimados de carácter no oficial a partir de datos del gobierno. De acuerdo con esos números, hoy podría estarse cometiendo un delito por cada menos de 50 habitantes, aunque en algunos lugares del país ese índice podría ser aún más preocupante. Existen calles de La Habana donde una de cada cinco familias ha sido víctima de un hurto o de un robo con fuerza.

Salvo cifras muy parciales, a lo largo de años no se han divulgado estadísticas de criminalidad que realmente merezcan ese nombre. Sin embargo, ha sido posible constatar una tendencia ascendente a la comisión de hechos delictivos, cuyo punto de partida se ubica en los tempranos 70, y un pronóstico de incremento del delito hacia el año 2000.

Más allá de consideraciones sociológicas, para el gobierno de Fidel Castro aparece, ahora, una cuestión de orden práctico. ¿Cómo promover el turismo en país de inseguridad creciente, de acuerdo con el sentir ciudadano?

A primera vista, no parece un reto de mayor cuantía. Otros países del mundo son plazas turísticas importantes pese a exhibir elevados índices delictivos. Pero esas naciones, a diferencia de la isla, no ocultan sus problemas. Incluso, forman parte de la información que brindan a los extranjeros interesados en visitarles. Es decir, que el turista conoce no sólo las bondades sino los peligros que le aguardan en la calle.

Un sondeo informal realizado entre 15 arrendadores de viviendas de los municipios Plaza y Centro Habana reveló que entre los extranjeros que han empleado sus servicios existe un estado de opinión: quienes han sido víctimas de hechos delictivos no estaban informados del estado de la criminalidad y, en consecuencia, no tomaron precauciones para minimizar la posibilidad de un atraco. Esa es, principalmente, su queja.

La más elemental lógica hace pensar que con sólo brindar información íntegra y fidedigna sobre el estado de la criminalidad, el estado de Fidel Castro ganaría dos puntos en favor del turismo: mejorar el índice de retorno, al ofrecer un producto turístico sin engaños ni sorpresas desagradables -lo conocido es lo que más se vende--; y crear a nivel de la sociedad una conciencia informada de la magnitud real del problema, lo cual conduciría hacia un conjunto de soluciones tarde o temprano.

A primera vista, maravilloso… pero; en Cuba, siempre hay un pero. La apertura de los archivos del crimen sería interpretada por el cubano de a pie -siempre vigilante sobre el grado efectivo de censura-como una autorización para el debate y la exigencia de responsabilidades, nadie sabe si conducente a la defenestración de altos funcionarios de particular confiabilidad histórica, por lo general al timón de la represión y de la ideología. Dos nombres se mencionan, a sotto voce, entre militantes de base del Partido Comunista: Abelardo Colomé Ibarra y José Ramón Machado Ventura. Dos bastiones -según se dice-del fundamentalismo tropical cubano, y parte del equilibrio más o menos ecológico entre las facciones de la nomenclatura que contienden con permiso del comandante.

Así, puede ser que el contrapunto cubano entre turismo y delincuencia sea parte de esa rebatiña de poder entre fundamentalistas y aperturistas del partido de Fidel Castro, signadas por la conversión de un asunto meramente cívico en un bele-bele de alta política… municipal y espesa.

Por ver está qué sucederá. Entre tanto, se desarrolla el contrapunto. El pueblo, por su parte, crea mecanismos de autodefensa. Cual si buscara, a tientas, un modo de autogobierno.




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