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por Manuel David Orrio, Cooperativa de Periodistas Independientes
LA HABANA, diciembre - Un contrapunto cubano parece estar desarrollándose
entre turismo y delincuencia. Por estos días hace correr a ciertos
funcionarios del gobierno de Fidel Castro.
Como es conocido, el último verano trajo acontecimientos sorpresivos.
Ante el asombro y la conmoción de la opinión pública,
descubrióse que Cuba no es el paraíso de seguridad ciudadana
promovido por tour operadores de aquí y acullá.
De la noche a la mañana, se hizo visible un país donde se
puede morir asesinado de modo bárbaro por un quítame allá
esas pajas. Casos célebres, el de la esposa del pastor evangélico
y el del comerciante de vídeos de Miramar. Otros asesinatos permanecen en
lo oscuro, como el del anciano de Buenavista que fue ahorcado con alambre de púas.
La prensa oficiosa, por su parte, más o menos ha cubierto algunos de
esos episodios y reconocido a regañadientes lo que los periodistas
independientes llevaban denunciando desde hace más de un año:
creciente delincuencia, barrios convertidos en fortalezas por iniciativa de sus
vecinos, y corrupción a más y mejor.
En programas de Radio Martí dedicados al análisis del fenómeno
delictivo se mencionaron algunos estimados de carácter no oficial a
partir de datos del gobierno. De acuerdo con esos números, hoy podría
estarse cometiendo un delito por cada menos de 50 habitantes, aunque en algunos
lugares del país ese índice podría ser aún más
preocupante. Existen calles de La Habana donde una de cada cinco familias ha
sido víctima de un hurto o de un robo con fuerza.
Salvo cifras muy parciales, a lo largo de años no se han divulgado
estadísticas de criminalidad que realmente merezcan ese nombre. Sin
embargo, ha sido posible constatar una tendencia ascendente a la comisión
de hechos delictivos, cuyo punto de partida se ubica en los tempranos 70, y un
pronóstico de incremento del delito hacia el año 2000.
Más allá de consideraciones sociológicas, para el
gobierno de Fidel Castro aparece, ahora, una cuestión de orden práctico.
¿Cómo promover el turismo en país de inseguridad creciente,
de acuerdo con el sentir ciudadano?
A primera vista, no parece un reto de mayor cuantía. Otros países
del mundo son plazas turísticas importantes pese a exhibir elevados índices
delictivos. Pero esas naciones, a diferencia de la isla, no ocultan sus
problemas. Incluso, forman parte de la información que brindan a los
extranjeros interesados en visitarles. Es decir, que el turista conoce no sólo
las bondades sino los peligros que le aguardan en la calle.
Un sondeo informal realizado entre 15 arrendadores de viviendas de los
municipios Plaza y Centro Habana reveló que entre los extranjeros que han
empleado sus servicios existe un estado de opinión: quienes han sido víctimas
de hechos delictivos no estaban informados del estado de la criminalidad y, en
consecuencia, no tomaron precauciones para minimizar la posibilidad de un
atraco. Esa es, principalmente, su queja.
La más elemental lógica hace pensar que con sólo
brindar información íntegra y fidedigna sobre el estado de la
criminalidad, el estado de Fidel Castro ganaría dos puntos en favor del
turismo: mejorar el índice de retorno, al ofrecer un producto turístico
sin engaños ni sorpresas desagradables -lo conocido es lo que más
se vende--; y crear a nivel de la sociedad una conciencia informada de la
magnitud real del problema, lo cual conduciría hacia un conjunto de
soluciones tarde o temprano.
A primera vista, maravilloso
pero; en Cuba, siempre hay un pero. La
apertura de los archivos del crimen sería interpretada por el cubano de a
pie -siempre vigilante sobre el grado efectivo de censura-como una autorización
para el debate y la exigencia de responsabilidades, nadie sabe si conducente a
la defenestración de altos funcionarios de particular confiabilidad histórica,
por lo general al timón de la represión y de la ideología.
Dos nombres se mencionan, a sotto voce, entre militantes de base del Partido
Comunista: Abelardo Colomé Ibarra y José Ramón Machado
Ventura. Dos bastiones -según se dice-del fundamentalismo tropical
cubano, y parte del equilibrio más o menos ecológico entre las
facciones de la nomenclatura que contienden con permiso del comandante.
Así, puede ser que el contrapunto cubano entre turismo y delincuencia
sea parte de esa rebatiña de poder entre fundamentalistas y aperturistas
del partido de Fidel Castro, signadas por la conversión de un asunto
meramente cívico en un bele-bele de alta política
municipal
y espesa.
Por ver está qué sucederá. Entre tanto, se desarrolla
el contrapunto. El pueblo, por su parte, crea mecanismos de autodefensa. Cual si
buscara, a tientas, un modo de autogobierno.
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