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Por Manuel Vázquez Portal, Cooperativa de Periodistas
Independientes
LA HABANA, agosto - Mire señor, se lo puedo explicar mil veces, no
lograría entenderlo. Usted viene de la lógica, esto es la
materialización de las imaginaciones de Kafka. Macondo es racional
comparado con mi país, no trate de aplicar sus razones a las sin razones
de mi isla. Cuando digo, por ejemplo, mi isla, sé que es ajena. Pero como
en ella he nacido, sufrido, envejecido, sigo con la manía de creer que es
mi isla.
Le cuento. La otra tarde andaba yo con mi amigo Peteco. El es licenciado en
matemática pura. Hace tiempo creíamos que era un genio, pero ni
trabajo tiene. Usa tanto pelo y tanta barba que parece un susto vestido de
persona. El llegó con una muchacha española que se llama Marina.
Ella es grabadora y vino a Cuba porque hará su tesis de grado sobre el
grabado cubano.
Yo conversaba con una muchacha hawaiiana, que se llama Amelia y que vino a
Cuba a hacer su tesis sobre la literatura para niños en Cuba. Los invité
a tomarnos un café, un buen anfitrión no puede menos que hacerlo.
Enrumbamos por la Calle de los Mercaderes hacia arriba. Llegamos al restaurado y
rimbombante, eusébico, Café Habana. Cuando fuimos a entrar, un
portero nos detuvo y nos dijo que allí no podíamos consumir.
Expliqué que Peteco y yo éramos cubanos y que yo era el que pagaría.
No lo admitió. Agregó que allí se pagaba en pesos y que los
extranjeros no podían consumir. Le pregunté por qué. Me
dijo que ésa era la orientación.
Peteco quiso hablar con el administrador. Gerente, le dijeron y que viniera
al otro día a las 3 de la tarde. Fue muy divertido. Mi dinero no sirve
para invitar a un extranjero, sin embargo, el dinero del extranjero sí
sirve para invitarme a lugares donde yo no puedo entrar. Estoy obligado, aun en
mi país que me empeño en decir que es mío, a hacer el ridículo.
¿Pasa esto en cualquier otro lugar del mundo? No pretenda entenderlo.
Aquí pasan cosas que si se las cuentan no podría usted comprender
nada. Y eso que me tiré por lo bajito, para no enredarle mucho la pita.
Es mejor que usted disfrute de los días que usted pasará por acá
sin tratar de entender. Hágase la idea que vino usted de vacaciones al
delirio. No trate de aplicar la lógica, se volvería un delirante.
Esto, para entenderlo, hay que vivirlo. Y vivirlo tiene el precio de la locura.
Y discúlpeme ahora un momentico, por favor, que ya es hora de tomar mis
psicofármacos.
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